—No necesitas una lista
descriptiva, ¿eh?—Preguntó Nicholas con pena mientras ella continuaba
mirándolo con una llama de furia.—Bien. Mi principal queja son tus
hábitos nocturnos, que hasta ahora no han sido un problema. Pero
necesito que empieces a quedarte más cerca de la casa durante la noche
en vez de aventurarte por la montaña.
—¿Por qué?—Miley se movió incómoda.
Nicholas
podía ver la negación creciendo en sus desconfiados ojos verdes, la
necesidad de escapar que estaba creciendo en su cuerpo. Él no podía
permitirlo. Casi había tenido un ataque sabiendo que ella se estaba
enfrentando al bastardo lanzador de misiles. Y según Merinus, Callan
estaba más que preocupado con el incremento del calor, preocupado de que
disminuyera su precaución, su habilidad para rastrear y pelear
efectivamente.
—Eso
debería ser bastante obvio—gruñó mientras se acercaba a ella.—Si hay
problemas, necesito que evacues a Merinus, Roni y Cassie. Además,
necesitamos asegurarnos de que la manada principal se mantiene intacta
sin importar qué. Eso significa que tú también, mi guisante de olor.
Miley hizo una mueca ante el apodo.
—Nicholas,
ahórrate la mie/rda—saltó, provocando que él la mirara con divertida
sorpresa.—Me quieres aquí para tu conveniencia, nada más. Sigues
esperando que si estoy lo suficientemente cerca será más difícil para mí
negarme a tu sesión calculada de foll/ar.
Él
estaba rezando porque ella lo hiciera. Se preguntó si debería
explicarle la diferencia entre una esperanza y un rezo. Entonces decidió
que tal vez sería mejor, considerando el lento aumento de furia en su
expresión, que se mantuviera fuera de ahí.
Él ladeó su cabeza, mirándola con curiosidad
—Bueno, está esa consideración, compañera—él arrastró las palabras.
—¿Alguna
vez has considerado el hecho de que tal vez las hembras no se emparejen
realmente?—finalmente le preguntó ella sardónica.—Tal vez cualquier
hombre baste cuando pega. Quiero decir, hay tan pocas mujeres, y tantos
hombres en esta etapa. Tal vez tengamos que concebir con todos vosotros.
Él
se detuvo. Podía sentir la furia pulsando en sus venas de tan solo
pensar en eso. Si otro hombre siquiera trataba de tocarla, él perdería
toda semblanza de control y trataría de matarlo.
—No
lo creo—dijo con los dientes cerrados mientras lo pensaba.—Si ese fuera
el caso, estarías fuera foll/ando cualquier cosa con una erección. En
vez de eso, estás tan húmeda por mí que apenas puedes caminar sin
correrte.
Ella levantó su cabeza, mirándolo con fría burla
—Te estás sobreestimando.
—Y
tú estás subestimando mi inteligencia—él saltó.—No cometas ese error, Miley. Si tienes el cerebro que sé que está funcionando en esa
caliente cabecita tuya, entonces sabrás que ya revisé cada ángulo sobre
este tema. Sé a quién necesitas. Sé que esa pequeña hormona flotando en
mi cuerpo que nos une está ahí por una razón. No me presiones en esto.
Ella tragó tensamente.
—Eso no es posible. Fue un beso. Eso es todo.
Nicholas sonrió tenso.
—Uno
es todo lo que hizo falta. No niegues que estás más caliente que nunca.
Apuesto que tu co/ño está tan malditamente húmedo que podría ahogarme
en él cuando ponga mi boca allá abajo.
Su cara ardió en llamas, sus ojos brillando con los fuegos que rugían dentro de ella.
—Detente—ella respiró dura y profundamente mientras se apartaba de él.
—Deja
de huir de mí, Miley—susurró suavemente mientras su brazo se
enganchaba en la cintura de ella, atrayéndola hacia él.—Ya no te dejaré
hacer eso. No hay razón para correr.
—Mira—ella
presionó sus manos contra el pecho de él como si fuera a empujarlo.—Te
lo dije anoche, no puedo arriesgar esto. Ninguno de nosotros puede. No
sabemos qué pasará, Nicholas.
—No
me importa qué pasará, Miley—y eso era el final de la línea en lo
que a él concernía.—¿No estás cansada de estar lastimada? ¿De estar
dolorida? Podríamos calmar el calor, nena.
Él
bajó su cabeza, mordisqueando su oreja, dejando a sus labios susurrar
sobre la pequeña coraza mientras ella se estremecía en respuesta. Los
dedos de ella se enroscaron contra el pecho de él, sus uñas masajeándole
a través de la delgada tela de su camisa casi inconscientemente.
—Ambos
podríamos arrepentirnos mucho después—su voz era un pequeño y caliente
suspiro de necesidad femenina.—No puedo meterme en esto sin más,
Nicholas.
—Cariño,
ayer chupé cada dulce gota de esa droga de tu lengua y por la noche te
fo/llé hasta que explotaste sobre mí—le dijo duramente, sus manos
recorriendo su espalda, sobrevolando sus nalgas mientras permitía a sus
dedos apretarse en las suaves curvas.—Si eso no era meterse dentro,
entonces ¿qué es? Bésame, Miley. No sigas castigándonos así.
Ella
estaba respirando tan duro y rápido como él cuando él levantó su cabeza
lo suficiente para mirarla. Sus ojos estaban aturdidos, entrecerrados,
sus suaves labios rosas separados y brillando con humedad. Él lamió sus
propios labios, muriéndose por probarla, por hacer la única cosa que la
pondría tan salvaje que los quemaría vivos a ambos.
La mirada de ella se centró en sus labios, volviéndose somnolienta, su rostro suavizándose con pasión mientras los miraba.
—Podría
comerte viva—le dijo con gentileza.—Desde tus labios hasta tu co/ño,
chupar cada gota de humedad de ellos y entonces ponerte caliente y
húmeda otra vez antes de deslizar mi po/lla tan dentro de ti que nunca
podrás imaginar rechazarme otra vez. La idea de eso, la necesidad de
eso, tenía a su cuerpo en llamas, sin mencionar lo que le estaba
haciendo a la erección que palpitaba agónicamente entre sus muslos. Y
ella estaba pensando en eso. Él podía ver la lujuria derramándose en sus
ojos, suavizándola contra él mientras un gemido escapaba de su
garganta.
* * * * *
Miley miró las ardientes profundidades de los ojos de Nicholas, viendo la
determinación, la lujuria bramando a través de su cuerpo. Su expresión
era tensa, la carne ajustada sobre sus pómulos, sus ojos entrecerrados,
sus labios cargados de sensualidad. Él estaba duro y excitado y ella
presentía que él se estaba preparando para cambiar drásticamente las
reglas del juego al que estaban jugando.
—Éste no es el lugar apropiado para esto—dijo empujando sus hombros.
Si
ella pudiera poner distancia entre ellos entonces podría pelear contra
los efectos del calor por lo menos durante otro día. Un día podría
convertirse en dos, dos en más. Los fuegos hormonales rugiendo en su
cuerpo nunca duraban más de un mes; ella ya llevaba dos semanas. Si
pudiera mantenerlo lejos por un poco más.
—Es el lugar perfecto para ello.
Él
la soltó, pero antes de que ella pudiera recobrar su libertad él estaba
junto a la fuerte puerta de acero, echando la llave cuidadosamente
antes de girarse hacia ella, sus dedos yendo hacia los botones de su
camisa.
—¡Maldición, Nicholas!—ella saltó.—Los sillones no son cómodos para foll/ar. Espera hasta que encontremos una cama.
—Entonces
ven a mí cuando esté cerca de una cama—le dijo, su voz corta e
impaciente.—Ahora quítate eso, Miley, o estarás usando mi camisa y
nada más cuando nos vayamos, porque te arrancaré la ropa.
Una
chispeante consciencia surgió a través de su cuerpo; hasta los dedos de
sus pies hormiguearon con el tono exigente en su voz.
—Cálmate—siseó.—No voy a dejarte foll/arme aquí. Todos sabrán lo que hicimos cuando nos vayamos.
—Entonces
tú puedes foll/arme a mí—gruñó, avanzando hacia ella.—Pero no te irás
de aquí hasta que haya disparado cada maldita gota de semilla que está
atormentando a mi po/lla en tu co/ño. Así que desnúdate, nena, porque
justo ahora mi control está en una rienda muy corta.
La
lujuria la golpeó en el estómago. Tenía que ser el calor el que causaba
semejante reacción. Si él hubiera dicho algo tan *beep* en cualquier
otra ocasión ella lo hubiera pateado. Después de arrancarle los ojos.
Pero ahora, sus piernas se debilitaron y su respiración se detuvo ante
la exigencia sexual y ella se sintió tan estable como un fideo mientras
se movía alrededor del cuarto, tratando de mantener una distancia
razonable.
—Has perdido la cabeza—trató de gruñir, de inyectar algo de furia en su voz, pero en su lugar salió sin aliento y jadeante.
Él
dejó caer su camisa de sus hombros. Fuertes, anchos hombros. Hombros
que se flexionaban con fortaleza y brillaban con salud. Él era un
excitado, determinado macho en su cúspide y había decidido foll/ar. Su
co/ño dolió ante el pensamiento. La fuerza de las contracciones llenas
de necesidad que flexionaban dentro de su vag/ina le advirtió de que no
podría pelear tan fuertemente como necesitaba hacerlo.
—He
perdido mi paciencia—la corrigió, sus ojos oscureciéndose mientras, de
alguna forma, había logrado colocarla más cerca del sillón de lo que
ella quería estar.—Voy a dejarte toda desnuda, Miley, y una vez que
tenga mis manos sobre ti ambos sabemos que no tardará mucho. Después de
que arranque esos pantalones de tus largas y lindas piernas entonces voy
a enterrar mi boca tan dentro de tu húmedo co/ño que no habrá una
pulgada que no conozca mi toque.
Ella se estremeció. ¿Estremecerse? Demonios, estaba temblando, al borde del clímax sólo por la fuerza de sus palabras.
—Nicholas—dijo,
trató de escurrirse alrededor de él antes que pudiera detenerla. Era
como si él supiera lo que ella haría antes que lo hiciera.—Esto es una
locura. Nunca controlaremos esto si actúas de esta forma.
—¿Quién
dice que quiero controlarlo?—le preguntó diabólicamente.—No, nena. Sin
control. Sin pensar. Sin excusas. Sólo tú y yo tan calientes como la
lava y quemando el mundo a nuestro alrededor. Ahora, ¿vas a desnudarte o
lo hago yo?
Él se
quitó las zapatillas de cuero que había usado para la junta. Fue
entonces cuando ella supo que él había arreglado esto con anticipación.
Nicholas nunca, nunca usaba zapatillas alrededor del complejo. Él usaba
las resistentes botas de cuero que protegían sus pies y piernas mientras
trabajaba.
Le hubiera
replicado algo odioso si sus manos no hubieran ido a su cinturón, el
cuero deslizándose de la hebilla mientras sus dedos soltaban el primer
botón de sus pantalones.
—Maldita
seas, mi po/lla está ardiendo.—él estaba casi gruñendo mientras soltaba
el botón de sus pantalones.—Y tú aún estás vestida, Miley. No me
hagas arrancarte esas ropas.
Miley tragó tensamente mientras los pantalones y calzoncillos de él eran
pateados lejos de su duro cuerpo. Su po/lla se estiró hacia ella, pesada
e hinchada, la morada cabeza con forma de ciruela húmeda con semen y
viéndose demasiado tentadora para la comodidad de ella.
—Nicholas—susurró, apenas logrando no gemir con necesidad.—Ésta no es una buena idea.
—Es
la mejor idea que he tenido en ocho años—le informó, con voz dura
mientras se movía demasiado rápido para que ella pudiera evadirse.
Antes
de que ella pudiera correr, antes de que siquiera considerara pelear,
él la tenía acostada en el amplio sillón, las manos de él al borde de su
top mientras lo empujaba por encima de sus senos.
—Demonios, sí—él murmuró, sus manos encerrando sus senos mientras sus labios bajaban hacia los de ella.
Ella
podría haber peleado, se aseguró a sí misma. Podía haberlo empujado,
pelear hasta la puerta; podría haber escapado. ¿Una mentira para salvar
su orgullo? ¿Importaba?, se preguntó. Porque un segundo después los
labios de él cubrieron los de ella y el escape fue la última cosa en su
mente.Él no le dio una oportunidad de
oponérsele, pero Miley sabía que nunca debería haberla esperado. Sus
labios se inclinaron sobre los de ella, su lengua se sumergió más allá
de sus labios cuando abrió la boca, retorciéndose inmediatamente con la
de ella.
Su
lengua era fresca, tranquilizadora contra la suya cuando la caricia
comenzó a rozarse contra las glándulas inflamadas, permitiendo a la
hormona contenida allí liberarse. Miley había pensado que eso sería
suficiente, que el pequeño alivio le daría una oportunidad de recobrar
su control. Fue lo contrario a eso. Todo dentro de ella se apretó y
llameó en anhelo. Necesitaba más. Lo necesitaba chupando la hormona,
internándose dentro de él. Las demandas poderosas de la naturaleza
fueron más de lo que pudo negar.
Sus brazos se envolvieron alrededor de sus hombros, sus manos
enredándose en su pelo mientras ella luchaba por la dominación en al
menos esta única cosa. Su lengua batalló y se retorció mientras
lloriqueos y gimoteos escapaban de su garganta hasta que él le permitió
deslizar su lengua dentro de sus labios expectantes.
El primer trazo de su boca sobre la extensión inflamada hizo que su
cuerpo se arqueara tenso. La sensación desgarró a través de ella, un
placer tan abrumador anudó su vientre con un estremecimiento convulsivo
de agonizante hambre. Sus pechos estaban tan sensibles que cada toque de
sus dedos sobre sus pezones causaba un grito indefenso que hacía eco
dentro de sus labios, tan desesperada por el choque de su po/lla contra
su co/ño que ella estaba empujando sus pantalones, batallando para
quitarlos de entre ellos y que él pudiera zambullirse dentro de ella.
Sus lenguas se retorcieron dentro de su boca mientras los labios de él
chupaban el fluido especiado que provenía de las glándulas copulativas.
Eso calmó la sensibilidad, el calor que parecía llenar su propia lengua,
pero sólo aumentó el calor a todo lo largo de su cuerpo.
Ella no estaba pensando, tan ávida, tan hambrienta de él ahora que
ninguna cosa importaba excepto el duro empuje que sabía estaba por
venir.
—Todavía
no—el gruñido que rasgó su garganta cuando él separó sus labios fue
rudo, gutural.—Primero… lo que yo he soñado, Miley.
Él desgarró el top de ella un segundo antes de que él bajara sus
pantalones. Él los llevó a sus tobillos antes de darse cuenta que iba a
tener que desatar sus botas y quitarlas primero.
—Jo/der—gruñó.
Colocando sus manos en las rodillas de ella, las subió, luego las
separó todo lo que pudo mientras bajaba su boca hacia las inflamadas y
húmedas curvas de su dolorido co/ño.
Su lengua rodeó su clít/oris con un anillo de exquisito fuego mientras ronroneaba su apreciación.
—Estás tan malditamente mojada que podría ahogarme en ti—gruñó antes de lamer otra vez.
Fue una caricia firme y destructiva que iba aproximándose y
aproximándose a su congestionado clít/oris, las sensaciones haciendo que
sus caderas se contorsionaran mientras él avivaba el fuego más alto,
más caliente en su vag/ina.
—Nicholas, no puedo resistirlo—jadeó, sus manos empuñando los cojines
del sofá mientras luchaba por mantener su cordura.—Por favor, no me
tortures con esto.
Una risa ruda vibró contra su carne mojada.
—¿Torturarte?—le
preguntó guturalmente.—Miley, cariño, no entiendes, si no te saboreo
voy a perder la razón. Todo en lo que puedo pensar es en el sabor de tu
beso, de tu pequeño y caliente co/ño. Cómo gritarás por mí, cómo te
correrás en mi boca. Córrete por mí, nena, sacia mis ansias y luego
saciaré las tuyas.
Ella gritó su nombre mientras su lengua se retorcía a través de su co/ño, un lametazo lento, apreciativo mientras él
ronroneaba de placer.
—Jod/er. Adictivo—gimió.—Nunca he olvidado, Miley, tu dulce sabor, tu calor. Moriré necesitándote…
La cabeza de Miley golpeó contra el sofá mientras ella alzaba la voz
en creciente demanda. Su cuerpo estaba extendido, tenso, cada célula
apretándose en rápidos arcos de placer a través de ella.
Ella luchó por acercarse más, aplastar su carne dolorida en su boca. La
cercana urgencia, la necesidad de liberación, el agarre, los brutales
espasmos de necesidad flexionando su vientre estaban matándola. Su
clít/oris era un nudo inflamado de apasionada necesidad, su vag/ina un
caldero apretado de lujuria.
—Nicholas. Dios mío. No lo puedo aguantar…—sus piernas estaban
atrapadas por su propia ropa, sus rodillas mantenidas extendidas por sus
manos mientras él devoraba el espeso jarabe de su respuesta, tomándolo
en su boca, lamiendo y gimiendo contra ella, ahondado en las
profundidades abrasadoras de su vag/ina por más.
—Nicholas, por favor—casi gritó su nombre. No podía padecer las
convulsiones despiadadas en su vientre más ya. Su cuerpo estaba muy
exigente y sólo una única cosa lo haría o la podría aliviar.—Por favor.
Por Favor, Nicholas. Fóll/ame. Te lo ruego…
Él gimió impotente, su lengua zambulléndose profunda y duramente dentro
de su vag/ina, foll/ándola con una urgencia demencial. Ella nunca había
sabido de cualquier cosa tan caliente, o de un hambre tan profunda.
Su lengua atizó los fuegos más calientes, comiendo en ella, chapoteando
en ella, hasta que los pequeños temblores de sensación agitaron su
cuerpo despiadadamente.
—No puedo conseguir suficiente de ti—gimió mientras arrastraba su
cabeza desde su pulsante co/ño.—Estoy hambriento de ti, Miley.
Él se elevó a la altura de sus rodillas, su po/lla pesada y
congestionada cuando él la trató de alcanzar, obligándola a volverse
mientras ella se quedaba sin aliento por la sorpresa. Él tiró de los
cordones de una bota, la quitó y luego deslizó completamente su pierna
fuera de los pantalones mientras él se ubicaba entre sus muslos.
Hubo pocos preliminares. La necesidad era demasiada explosiva, ella los
había obligado a esperar demasiado tiempo y Nicholas tenía hambre. Su
pe/ne se zambulló dentro de ella, abriéndose paso a la fuerza en sus
músculos apretados como un puño, estirándola con brutales choques
mientras su espalda se arqueaba, sus caderas trabajando furiosamente
mientras él luchaba por detener el clímax.
Miley no pudo restringir su grito de placer o la contorsión de sus
caderas. Ella ubicó su co/ño sobre el grueso émbolo de su po/lla dentro y
fuera de su vag/ina. Sus piernas abrazaron las caderas de él, su
espalda se arqueó, y en pocos minutos ella se disolvió. Duro, explosivo,
los estremecimientos del orgasmo apretaron su cuerpo para acercarse a
un punto de ruptura cuando el placer la atravesó. No sólo placer…
éxtasis, una sensibilidad cegadora que nunca habría creído posible si no
la hubiera experimentado por sí misma. Era casi interminable,
contracción tras contracción tensándose alrededor de su pujante erección
hasta que la atrapó profundo dentro de ella, ordeñando cada caída de la
espesa y cremosa semilla atrapada dentro de sus pelotas.
Las manos de él eran fuertes sobre sus caderas, su masculinidad gemía
áspera y surgió bruscamente de las profundidades de su pecho cuando su
cuerpo se estremeció encima de ella por largos segundos. Finalmente,
dichosamente, los violentos temblores de estremecedor placer cesaron,
permitiéndole a él colapsar sobre ella, la boca de él en su cuello
mientras luchaba por respirar. Y estaba todavía duro.
Miley parpadeó lágrimas de fatigado conocimiento. Los varones de la
Especie eran excepcionalmente poderosos, creados para aguantar,
permitiéndoles mantenerse firmes bajo el intenso erotismo del calor
copulativo. ¿Cómo lo resistiría Nicholas?
—Voy a foll/arte hasta que ninguno de nosotros pueda moverse—murmuró en
su cuello mientras comenzaba a empujar dentro de ella otra vez.—Hasta
que no quede nada de ti o de mí, Miley. Sólo de nosotros. Sólo el
conocimiento de que nunca…—un duro empuje la elevó hacia él con un grito
débil de creciente hambre—nunca—más profundo, más duro,—me negarás
hacerte el amor otra vez.
Nicholas la ayudó a vestirse y
la llevó a su cuarto horas más tarde. Miley estaba agotada, exhausta
en sus brazos y su po/lla todavía dura, rugiente por la necesidad de
enterrarse en su interior otra vez. La desnudó y la dejó arropada en la
cama, se sentó pesadamente en la silla al lado de ella después de
desvestirse y clavó sus ojos en ella.
Ella
dormía profundamente, tan profundamente que el movimiento apenas la
molestó. Las sombras oscuras debajo de sus ojos eran la prueba de las
noches que había pasado sin dormir en estas semanas. Noches pasadas
rondando en su dormitorio o vagando por la montaña. Exactamente como él
había pasado las suyas.
Nicholas
recostó su cabeza cansadamente contra el respaldo de la silla y cerró
sus ojos. Su erección latió como un maldito dolor de muelas. No podía
obtener más de ella. No podía derramar su semilla dentro de ella lo
suficientemente rápido o lo suficientemente duro como para satisfacerse.
Sonrió
lentamente. Lo mataría, pero demonios, valía la pena. Ella estaba tan
apretada y caliente, encajaba perfectamente, tomando su po/lla como un
guante sedoso y haciéndolo esforzarse para acomodar su longitud
enteramente en su interior. No importaba lo preparada y mojada que ella
estuviera, se apretaba como un puño alrededor de su erección.
Él no era excesivamente grande, pero no estaba mal dotado tampoco.
La observó, su corazón pesaba ahora, sus emociones tan mezcladas como su deseo.
Sólo
Dios sabía cuanto la amaba. La amaba tanto que su corazón se había
quebrado dentro de su pecho cuando pensó que estaba muerta. Él no había
querido vivir, no había querido seguir, le había dolido tanto estar sin
ella. Cada célula de su cuerpo había llevado luto durante ocho largos y
vacíos años.
La noche
en que ella se abrió paso desde las sombras en Sandy Hook él había
respirado por primera vez desde que la había perdido. Su corazón había
empezado a latir otra vez, la sangre había refrescado su cuerpo,
recordándole que estaba vivo después de esa hibernación emocional en la
que había entrado. De repente, nada era más importante que tocarla,
abrazarla. Ser parte de ella. Y ella lo había odiado. Él lo había visto
en sus ojos, un dolor tan oscurecido en el alma, una furia que él nunca
podría extinguir.
Él
hizo una mueca al pensar en las razones de su odio. Poniéndose de pie
cogió unos pantalones flojos de chándal y se los puso, sobresaltándose
cuando su po/lla hizo sobresalir la tela apartándola de su cuerpo.
Yendo a las puertas del balcón se quedó mirando en la oscuridad silenciosamente.
Había
perdido a su niño, había sido violada, había sufrido por culpa de una
reacción contra las drogas que los científicos le habían dado de manera
tan violenta que casi le había matado. Y aun después de escapar, su
tormento no había terminado. Había resistido los años de creciente
excitación tan intensa que el dolor físico había sido destructivo. Había
sufrido en formas que él nunca podría imaginar, y a veces se preguntaba
si alguna vez acabaría.
Nicholas
cruzo los brazos sobre su pecho suspirando cansadamente. La había
obligado a aceptar el calor del apareamiento. Había tomado su beso,
sabiendo que no tendría alternativa después de que la hormona fuera
compartida entre ellos. ¿Acaso él era mejor que los guardas que la
habían violado en esos laboratorios?
—Nicholas—él se giró rápidamente ante su voz.
Ella estaba recostada observándolo, los ojos verdes ensombrecidos al vislumbrar su cuerpo excitado.
—Te duele—ella dijo suavemente, apartando las mantas hacia atrás y dejando su cuerpo desnudo.
—No—él estuvo allí antes de que ella terminara el movimiento.—Deberías dormir, amor. Estás exhausta.
Ella frunció el ceño, confusa.
—Estás excitado, Nicholas.
—He estado así durante los últimos ocho años—dijo sonriendo sardónicamente.—Unas cuantas horas más no me lastimarán.
Su
mirada brilló con emoción antes de ser rápidamente ocultada por las
gruesas y rubísimas, casi blancas pestañas que él tanto amaba.
—¿Qué ocurre si no se pasa?—le preguntó.—¿Cómo puedes soportarlo, Nicholas?
Sacudiendo
la cabeza, él fue a su lado, apoyando sus hombros contra el cabecero y
apretándola contra su pecho. Ella se resistió sólo un segundo antes de
tumbarse desgarbadamente sobre él. Casi deshuesada, como la perezosa
gatita que ella debería ser, pensó él con una sonrisa abierta. No le
molestaría que estuviese sobre él las veinticuatro horas del día, siete
días a la semana.
—Miley,
he estado así desde antes de nuestro primer beso. He tenido mucho
tiempo para hacerme a la idea. Pasará un buen rato antes de que hayamos
saciado el hambre que ha aumentado con los años—le dijo con un hilo
diversión.—No te preocupes por mí. Preocúpate por ti ahora. No quiero
lastimarte más. No puedo soportar ver la excitación y la necesidad
oscureciendo tus ojos cuando lo que mas quiero es aliviarte de la manera
que pueda.
Él besó la
parte superior de su cabeza, mientras que la maraña de su cabello
cubría su pecho. Sus dedos lo habían ensuciado, había deshecho la trenza
apretada en que ella lo sujetaba. Su cuerpo estaba relajado, caliente y
satinado contra su carne. Sus pelotas se apretaron con la necesidad de
hacerla gritar su nombre otra vez.
Ella
guardó silencio por largos minutos, pensando. Eso lo preocupaba. Miley nunca fracasaba en mandarle a la mie/rda cuando se ponía a
pensar. La mente de la mujer era como una trampa de acero, siempre lista
y efectiva como el demonio. Pero ella era una hembra y él estaría
condenado si conseguía entender la mente de una hembra ni tan siquiera
por una vez. Tal vez foll/arla no era una mala idea. Al menos así
dejaría de pensar.
—Pensé
que me habías dejado—dijo ella finalmente, con voz baja y ronca por la
emoción.—Durante mucho tiempo, pensé que simplemente te habías ido. Al
principio, dolió, pero tenía al bebé…—su voz se interrumpió mientras los
brazos de él se tensaban a su alrededor.
Todo
en Nicholas se hizo pedazos otra vez ante el dolor de su voz. Él
enterró su cabeza en su pelo y libró la emoción que lo rasgaba.
—Pude
haber sobrevivido con nuestro bebé, Nicholas—murmuró.—Soñé con un
pequeño niño que se parecía a ti y reía como lo haces tú—él podía oír la
pena, profunda en el alma, los sueños que ella había enterrado tan
profundamente dentro de ella.—Morí en esos laboratorios, Nicholas. No
puedes resucitar algo que ya no alberga vida.
Nicholas
sacudió su cabeza, la sombra de una sonrisa cruzó sus labios. Si,
jod/ida lógica femenina, pensó, y no por primera vez. Y la de esta mujer
seguro que iba a volverle loco.
—Miley,
cariño, estoy seguro de que te crees cada una de las palabras que salen
de tu boca—finalmente dijo.—Pero ésa es la mie/rda más grande que
alguna vez oí en mi vida.
Ella se tensó y se habría levantado de su pecho si él no la hubiese mantenido quieta.
—Quédate
donde estás antes de que llene tu boca con mi po/lla, así no tendría
que escuchar más tonterías—le advirtió.—Muerta. Si estuvieras
muerta, Miley, entonces no te dolería. No estarías herida. Y no te
importaría nada lo caliente y excitado que yo pueda estar, o si esa
maldita hormona que has metido en mí puede o no herirme. No te
preocuparías jod/idamente de mí, te irías y acabarías con esto.
Él
podía sentir la ira creciendo en ella. Mejor la ira que esa maldita
certeza de que no había amor dentro de ella. Él no aceptaría eso. Él no
la dejaría aceptar eso.
—Eres
un imbécil, Nicholas—se apartó dando tumbos, alejándose de él, sus ojos
brillando intensamente de furia.—¿Crees que siempre tienes razón? No
has sobrevivido estos años conmigo…
—Debería
haberlo hecho—gruñó detrás de ella, sorprendido de lo rápido que su
lujuria estaba empezando a crecer ahora.—No estaba con contigo por tu
elección, Miley. Tú optaste por no dejarme saber. Tú fuiste la que
decidió dejarme creer que estabas muerta. Tú, cariño, así que no trates
de culparme a mí por no estar junto a ti.
—Oh
sí, debería haber llamado.—Oh, hola, Nicholas, nene, sobreviví al fuego
y aborté involuntariamente a nuestro bebé. ¿Vendrías a foll/arme de
nuevo, incluso si creo que me mentiste y me dejaste para comenzar de
nuevo?——dijo ella dura, sarcásticamente.—Ni hablar, semental.
Semental. Su po/lla tembló. Él le mostraría a su semental.
—Eso habría funcionado para mí—dijo, observándola cuidadosamente.
Su
rostro estaba sonrosado, sus ojos brillando intensa, peligrosamente.
Pero él podía ver su excitación creciendo, el sudor que humedecía su
frente, sus rosados pezones duros. Su boca se hacía agua por cubrirlos,
chuparlos, oírla gritar y rogar por su po/lla.
—Me
apuesto algo a que sí—lo abofeteó y tan rápido como lo hizo él se
movió, empujándola hacia la cama, restringiendo sus manos contra el
colchón y montando sobre ella a horcajadas.—Quítate de mí, imb/écil
redomado. Merinus está en lo cierto; eres un est/úpido, simple y
llanamente. No merece la pena hablar contigo.
—Entonces
no hables—dijo él furioso.—Porque, demonios si tiene algún sentido para
mi lo que dices cuando hablas. Da un buen uso a esa boquita inteligente
y bésame en lugar de eso.
—No—ella trató de hacerse hacia adelante, una última débil protesta antes de que él pudiera inclinarse hacia ella.
Los
ojos de él se estrecharon por largos segundos, oscureciéndose más
mientras ella miraba la enojada determinación surgir en su expresión. Él
la empujó hasta que ella se reclinó de nuevo, acercándose a ella, su
po/lla apuntando a la convulsionante entrada de su co/ño.
—Por
ahora. Sólo esto por ahora—su voz estaba consumida con la lujuria.—No
estoy tomando—él jadeó con dureza.—Estoy dando. Mira, gatita, mírame
dar.
Los ojos de ella
bajaron hacia sus muslos abiertos, agrandándose cuando la cabeza de su
po/lla abrió los resbalosos labios de su co/ño.
—Nicholas…—ella
levantó sus caderas, subiendo sus pies hasta que descansaron en el filo
del sillón, abriéndose más, permitiéndole mirar mientras él empezaba a
hundirse en las ardientes profundidades de su co/ño.
—Mira
qué bonito—los pulgares de él abrieron los rosados pliegues hasta que
ella pudo sentir la cabeza de su erección estrechando la pequeña entrada
de su vag/ina mientras él empezaba a empujar dentro de ella.—El más
ajustado, más caliente pequeño co/ño en el que he estado, Miley.
Succióname hasta donde pueda llegar.
Ella
se agarró los tobillos con una sujeción desesperada. Ella no podía
tocarlo, no podía permitirse esa debilidad. Su cabeza se giró hacia el
respaldo del sillón, sus caderas agitándose cuando él empezó a
adentrarse en ella.
—Más—ella
estaba jadeando mientras él se movía lentamente, haciéndola sentir cada
centímetro de sus tejidos abrirse alrededor de la ancha cabeza.
Ella
podía sentir la protesta de los músculos no usados dando paso a la
amplitud dura como el acero. La codiciosa capa de fluido facilitó el
camino dentro de ella, el pulso de la satinada cabeza de la po/lla
mientras entraba en el angosto canal.
—No—él
estaba respirando con dureza, tomándola tan despacio que ella estaba
temblando, sus caderas sacudiéndose mientras las manos de él sostenían
las de ella, manteniéndolas en sus tobillos.—No quieres besarme, no me
dejas lamer tu suave co/ño, así que ahora voy a hacerlo así.—Su voz era
oscura, tan rasposa que acariciaba los sentidos de ella como una amante
mano firme.
Él la
estaba matando. Estrechándola poco a poco, haciendo que las paredes de
su co/ño tuvieran espasmos y se flexionaran con codicia extática
mientras él trabajaba despacio hacia adentro.
—Maldición,
gatita, eres tan bonita—sus ojos estaban brillantes, su rostro empapado
de sudor, sus largas pestañas eran picos húmedos mientras él la
miraba.—No hay nada más sexy que ver a tu dulce co/ño tomarme.
¿Recuerdas eso, Miley? ¿Recuerdas lo sexy que fue la primera vez? Es
aún más caliente ahora. Lo juro, creo que estás más estrecha que nunca.
El
sudor corría en surcos lentos por los lados de su cara, a lo largo de
las cicatrices de su pecho cuando él de repente entró en ella hasta la
empuñadura. Miley saltó contra él, luchando por respirar mientras su
co/ño se ajustaba alrededor de la poco familiar anchura.
Ella
lo miró, gimoteando por lo profundo que él la llenaba, necesitando que
él la tomara violentamente, que golpeara su carne tan fuerte y profundo
dentro de ella como fuera posible.
—Por favor—ella casi lloraba por la necesidad.
Él sonrió tensamente.
—Sé
cómo lo necesitas, Miley. Sé lo que necesitas. Ríndete ante mí y lo
tendrás ahora. Niégamelo y esperarás hasta que yo no pueda aguantar para
tenerlo.
Sus ojos se agrandaron
—¿Qué?—ella
lloriqueó, sus caderas tirando, luchando por la fricción que ella
necesitaba mientras él movía sus caderas en círculos ajustados, duros,
machacando la cabeza de su po/lla contra la cerviz aferrada.
—Sólo
un beso—él le canturreó suavemente mientras el nudo de necesidad se
estrechaba en su matriz.—Dame tu beso, Miley, y te jod/eré hasta que
estés gritando porque no sabes si es placer o dolor.
Su beso, su destrucción.
—Nicholas,
no me hagas esto—ella podía sentir las lágrimas agolpándose en sus
ojos, su cuerpo fuera de control, su co/ño contrayéndose alrededor de su
po/lla mientras él se deslizaba despacio hacia la entrada de nuevo
antes de regresar despacio, abriéndola toda de nuevo.—Por favor, duele,
duele tanto—ella estaba llorando e impotente para detenerlo. Los toques
en su matriz la estaban matando. Cuanto más la provocaba, más duros se
hacían.
Los ojos de él
bajaron a su abdomen, mirando las duras convulsiones de los músculos
cada vez que su po/lla golpeaba contra su cerviz.
—Lo
siento—ella gritó, la emoción y el miedo abrumándola.—Lo siento,
Nicholas. No puedo. No puedo darte lo que quieres. No puedo…
Él
maldijo. Un bajo, horrible sonido de aceptación desolada antes de que
él saliera de su cuerpo. Antes de que ella pudiera gritar en protesta él
la empujó hacia delante, la giró, la sostuvo contra el sillón y
embistió hasta el fondo.
La
espalda de ella se arqueó mientras un grito se arrancaba de su
garganta. Ahora su po/lla era una longitud de éxtasis dura como el
hierro arremetiendo en ella. Sus manos agarraron las caderas de ella,
casi lastimando con su fuerza mientras él la jod/ía tan duro y rápido
que ella juró que él chocaría contra su misma matriz. Y aún ella
necesitaba más. Ella chilló con necesidad mientras empujaba hacia atrás
en cada golpe, llevándolo más duro, más profundo, sintiendo su orgasmo
estrecharse en su matriz con cada empuje.
—Maldita
seas—él se inclinó sobre ella, sus dedos metiéndose entre sus muslos.
Localizando el duro e hinchado capullo de su clít/oris, él empezó a
frotarlo con caricias firmes y destructoras mientras arrasaba con el
tierno canal de su co/ño.
Ella
estaba muriendo. Miley sintió su cuerpo tensarse, sintió el fuego
hacer erupción en su matriz, y entonces explotar tan duro y rápido que
ella no pudo hacer nada sino aullar dentro de la tormenta que la estaba
arrollando.
—Sí.
Jod/er, sí. Miley. Córrete por mí, nena. Sí. Oh nena…—él la estaba
llenando. Chorreando dentro de ella mientras continuaba cabalgándola a
través de su orgasmo, cada lance enviándolo hasta las mismas
profundidades de su co/ño mientras él disparaba un río de espesa semilla
caliente a la boca de su matriz antes de retroceder y regresar hacia
delante por otro.
El
cuerpo de ella lo estaba absorbiendo. Su orgasmo la atravesó, sacudiendo
sus huesos y dejándola débil, exhausta, mientras yacía en los cojines
del sillón. Los músculos de su co/ño se flexionaron, ordeñaron la carne
de él mientras se mantenía en lo profundo para un último chorro de
descarga y se colapsaba sobre ella.
—Esto
no funcionará por mucho—él le advirtió.—Tú sabes que no, Miley.
Necesitas más que sólo la po/lla y la semilla caliente. Tu cuerpo y tu
mente necesitan más. No lo puedes negar por siempre.
Ella
sacudió su cabeza, temblando ante la verdad de sus palabras. Ella haría
que fuera suficiente. Si esto era todo lo que ella tendría, entonces
sería suficiente.
Él se retiró de ella despacio, su carne reblandecida saliendo de la sujeción de ella mientras él exhalaba con dificultad.
—¿Estás bien ahora?—su mano pasó suave sobre las curvas del trasero de ella.
Ella
asintió rápidamente. Tenía que alejarse de él. Tenía que tener un
minuto para entender exactamente qué había pasado y dónde ella había
perdido cada medida de sentido común que poseía.
—¿Necesitas
más?—ella podía sentir el hambre que palpitaba en su voz. Su co/ño
gritaba que sí. Su cabeza rogaba que no. Ella sacudió su cabeza, sus
dedos clavados en los cojines del sillón.
—Bien—su
voz era dura, desolada.—Ve a la consulta del doctor mañana a primera
hora. Allá te veré. Puedes esconderte de mí todo lo que quieras, pero
maldita sea si tu salud sufre por eso.
Él
se estaba vistiendo. Ella podía escucharlo detrás de ella mientras ella
permitía a su cuerpo acomodarse contra el suelo, su cabeza descansando
en el sillón lejos de él. No podía mirarlo, no podía enfrentar lo que
acababa de permitir que sucediera.
—Maldita
seas por ser tan necia—él finalmente maldijo.—Si me necesitas, Miley, sabes dónde encontrarme—la mezcla de sarcasmo y furia la
tenían temblando con temor.
Ella
a propósito no había realmente presionado a Nicholas en los pasados
seis meses. Lo había dejado hacer sus comentarios de listo, lo había
dejado atormentarla con su presencia y sus frases continuamente
enojadas. Pero no había contestado. No le había contestado porque sabía
que, cuando lo hiciera, ella dispararía la dominancia que él tenía tan
estrechamente controlada. La dominancia que ella acababa de disparar con
su negativa a compartir el calor con él. Con su negativa a ceder a las
necesidades que se rebelaban a través de su cuerpo.
La
puerta de la habitación se cerró tras él cuando se fue, dejándola
desnuda, los jirones de su bata colgando de un hombro, la semilla de él
escurriendo de su aporreado co/ño. Pero el dolor se había ido. Al menos,
por ahora.
Miley pataleó desde los
laboratorios del sótano ya tarde a la mañana siguiente después del
intenso examen y del proceso ritual de extracción de sangre que había
hecho Martin. El hombre tenía que ser parte vampiro para necesitar toda
esa sangre.
Prescindiendo
del ascensor subió rápidamente el corto trecho de las escaleras,
saliendo justo más allá de la amplia entrada y directamente a través de
la cocina.
—Lo prometiste—escuchó la grave y acongojada voz de Cassie.
—Sé
que lo prometí, chiquilla—Nicholas dijo con suavidad, su voz vagando
hacia el pasillo.—Pero Dash y mami tuvieron que moverse de nuevo. Nos
llamarán tan pronto se acomoden. Lo prometo, todo está bien, pero
necesitamos asegurarnos de que estarán seguros también.
—Pero necesito a mi mami—Cassie le dijo con lógica irrefutable.—El hada la extraña.
Miley su tonta huida hacia el peligro el día anterior.
—Y
el hada tiene buena razón de extrañarla—Nicholas dijo gentilmente, su
normalmente rasposa voz suave como el terciopelo.—De cualquier forma se
dirigirán a casa en un día más o menos. Envié a Merc y a Tanner sólo
para ayudar a Dash a cuidar a tu mami. Les dije, no importa lo que pase,
se pondrán delante de la mami de Cassie, y ellos dijeron que lo harían.
¿Piensas que dejarían que le pasara algo?
Miley inclinó su cabeza, sus ojos cerrándose mientras la voz de él tranquilizaba hasta sus desgastados nervios.
—No—dijo
Cassie vacilante.—Merc y Tanner y Dash la protegerán. Pero yo soy su
niñita, Nicholas. Ella debe arroparme. Y decirme cuando está bien
comerme mi chocolate para que no me duela la barriga…—los ojos de Miley se abrieron de golpe, su corazón encogiéndose con el sonido de
las incipientes lágrimas.
—¿Disculpa?—Nicholas adoptó un tono de falsa ofensa.—¿Has tenido algún dolor de barriga?
Miley sacudió su cabeza. Ellos habían mantenido el chocolate estrictamente fuera de su alcance.
—Bueno, no…
—¿Y no consigues bastante chocolate?—él le preguntó entonces, causando que los ojos de Miley se estrecharan en advertencia.
—Sí.
Esas Oreos son las mejores, Nicholas. Doble chocolate—el suspiro de
felicidad hizo que Miley mirara hacia la puerta sorprendida.
Seguramente Nicholas no estaba pasándole chocolate a esa niña. Él no lo
haría.
—Buena niña. Entonces, ¿cuál es tu veneno? ¿Leche?
—Sí, por favor. Y cuatro galletas esta vez—la niñita contestó.
—¿Cuatro?—su
voz se llenó de risa.—¿Doble chocolate? No lo creo, mi niña. Dos dobles
o cuatro normales. Tú decides. Y no me recuerdes que supuestamente no
debes comer más de una hoy. Podría sentir que necesito seguir
practicando como decir no a las pequeñas niñas astutas.
—Podría llorar—la amenaza de la pequeña niña se encontró con silencio.
—Podrías
llorar más fuerte cuando no haya galletas—él gruñó.—No intentes
chantajearme, pequeña estafadora—Cassie soltó una risita ante su tono
brusco.—Ayudé a criar a Merinus. No puedes salirme con una amenaza que
ella no haya inventado antes. Esa mujer era un terror con dos piernas.
Sólo puedes aspirar a alcanzar su astucia.
—Puedo
hacerlo mejor, pero me gustas. Aunque me hayas nalgueado. Eso no es
entrenamiento de papi, Nicholas—la niñita rió.—Está bien, cuatro
normales ahora. Dos dobles después.
—¿Quién
dijo algo acerca de después? Límite de seis al día, pequeña. Ya te
comiste dos. Y si te escondes de Dawn cuando venga a recogerte, te
cortaré el suministro de raíz. Nalguear podría no ser entrenamiento de
papi, pero la disciplina entra en alguna parte, listilla.
—Chú,
eres tan duro como Mami. ¿Estás seguro de que no eres ya un papi,
Nicholas?—las palabras de la niñita rompieron el corazón de Miley.
—No,
nena, no soy un papi—su tono suave y arrepentido destruyó su
alma.—Vamos, tiempo de galletas antes de que Merrie llegue. Ella curtirá
nuestros traseros si no somos cuidadosos.
—Te
amo, Nicholas—la niñita suspiró.—Pero si no hablo con mi mami pronto,
no vas a tener el suficiente chocolate para sobornarme. Las niñas
pequeñas necesitan a sus mamis.
—Sí, nena, lo hacen—acordó suavemente.—Más que nada, las niñas pequeñas necesitan a sus mamis.
Miley agachó su cabeza, su mano tapando su boca mientras se giraba y se
apresuraba al patio trasero de la casa y al aire de la mañana tardía.
Las lágrimas oprimieron su pecho, congestionaron su garganta. Un golpe
filoso de agonía rompió su alma mientras su vientre pulsaba con pena.
Si
no puedes proteger al hijo de otro, ¿cómo puedes esperar proteger el
tuyo? Las furiosas palabras de él después de la casi muerte de Cassie
aún tenían el poder de atravesar su alma. Él estaba en lo correcto. Ella
debió estar lista para cualquier cosa que Cassie tramara. Todos sabían
lo perfecto que era su oído; ella debió haber pensado, debió haber
atrapado a la niña antes de que atravesara la puerta.
Él
había estado furioso, tan aterrorizado como ella lo estaba cuando
Cassie se le escapó. Miley sabía que sus palabras no tenían intención
de ser tan hirientes como lo habían sido, ni de que los recuerdos
surgieran en ella tan desoladores y negros como lo habían hecho.
Su
hijo. Ella se detuvo a la sombra de uno de los viejos robles, sus manos
presionando su plano abdomen mientras su matriz se convulsionaba por la
necesidad. El calor estaba creciendo de nuevo. Ella no podía concebir,
nunca concebiría debido a su propia torpeza. ¿Acaso era el pago
desdeñoso del destino por no haber protegido al niño que ella había
llevado la primera vez? Ella creía firmemente en el destino, en el pago
ganado por todos y cada uno de los crímenes contra la naturaleza. Y tal y
como ahora el mundo estaba pagando, tal y como la naturaleza demandaba
la supervivencia de las especies que la ciencia había creado, ¿estaba el
destino cobrando su propio pago porque ella no había protegido la vida
que le había sido dada?
—Miley, ¿estás bien?—la voz
de Callan llegó a través de la unidad de comunicación que ella se había
colocado en la cabeza antes de dejar su dormitorio.
Ella
inspiró profundamente. Si él estaba viendo los puntos en los monitores
dentro de la sala de comunicaciones, él sabría dónde estaba ella y se
preocuparía por que ella no se estuviera dirigiendo a la junta que él
había programado.
—Estoy bien—luchó por mantener su voz clara, mantener su respiración calmada.—Estoy en camino.
—Te estaremos esperando, entonces—le respondió quedamente, aunque ella sabía que no lo había engañado.
Demonios,
Doc probablemente le contó acerca de los resultados de las pruebas, lo
cual sólo haría peor las cosas. El incremento de la hormona en su
sistema era dramático. Muy pronto, ella no sería capaz de pelear;
estaría de rodillas rogando a Nicholas que la foll/ara.
Las
hormonas en el sistema de Nicholas, aunque incrementadas, no parecían
afectarlo tan drásticamente como a ella. Aún más preocupante era la
extraña sensibilidad alrededor de su vientre, un ligero hinchamiento en
el área de las trompas de Falopio que se habían vuelto más sensibles.
El
calor estaba cambiando también. La necesidad era mucho más fiera de lo
que había sido en esta fase. Ella debería haber tenido dos semanas más
antes de entrar en la fase completa, y aun entonces, nunca había sido
como esto. Esto iba más allá del dolor.
Más allá del hambre. Era un fuego dentro de ella que sólo la descarga de Nicholas había apagado, y entonces, sólo por un rato.
Ella
tomó aliento con dureza y continuó hacia la sala de comunicaciones y la
junta que Callan había solicitado. El ataque de misiles, seguido tan
cerca por la llegada de Seth Lawrence, estaba preocupándolo igual que a
Nicholas. La información obtenida del atacante del misil había sido todo
menos reconfortante. El saber que alguna persona o grupo desconocido
estaban contratando asesinos para entrar al complejo y matar a Merinus,
Roni y la niña era francamente aterrador. Aumentaba las apuestas en un
juego de por sí peligroso.
* * * *
Nicholas
encendió de nuevo las luces y miró las expresiones en las cuatro
personas reunidas en la oficina improvisada después de un resumen sobre
el asesino que había atacado días antes y de Aaron y Seth Lawrence.
El
asesino era una irritación. Un inepto don nadie que había encontrado
las cuevas que se abrían desde el otro lado de la montaña y llegaban al
territorio de las Especies. Eso se tendría que resolver. Aaron y Seth
eran un asunto más grande. El hijo, Nicholas se inclinaba a confiar en
él. El padre era otro asunto totalmente distinto. Su opinión pública
sobre las Especies era bien conocida, su opinión de que deberían ser
encerrados de nuevo y bien vigilados había sido vocalizada públicamente
varias veces.
—Dobla
los guardias en los bosques—dijo Callan, su voz vibrando con un gruñido
furioso.—Pon a una unidad a buscar otras cuevas en la propiedad, otras
entradas de las que no seamos conscientes. Quien sea que ataque, tendrá
que atravesar nuestro perímetro de seguridad antes de atacar la casa.
Asegurémonos de que no pasará de nuevo. Pon guardias extra en la casa de
huéspedes también. Asegúrate de que la comitiva de Lawrence se quede
quieta.
—Seth no lastimaría a su hermana—Dawn los sorprendió a todos cuando habló.
Su
voz era firme, y llevaba un filo de acero que se había desarrollado
lentamente después de la muerte de Dayan. Sus ojos ámbar los miraron a
todos, las sombras del pasado aún girando en las profundidades, aunque
ya no evitaba los ojos de ellos.
—¿Qué te hace decir eso?—Preguntó Nicholas; su voz, aunque interrogante, tampoco rechazó de inmediato su opinión.
Ella se echó atrás el fleco de suave cabello café claro que caía sobre su frente.
—No
puedo explicarlo—Dawn sacudió su cabeza.—Puedes oler la verdad tan
fácil como una mentira—le dijo, su voz grave.—Él no está mintiendo,
Nicholas.
—Él no es el único aquí, tampoco—Nicholas le recordó.—¿Qué hay de los otros?
Ella parecía sorprendida de que él le preguntara su opinión.
—No sé acerca de los otros—dijo finalmente, nerviosa.—Algunas personas son más fáciles de leer.
Él asintió rápidamente
—Está
bien, entonces tú serás la sombra del hijo, pondré a los otros sobre el
padre y el chofer. Hazme saber qué sientes, Dawn. Estamos todos juntos
en esto. Combinamos nuestras fortalezas y debilidades. Así es como
sobreviviremos.
Él era
consciente del sobresalto de sorpresa de Dawn, la lenta confianza que
se irguió en su mirada mientras lo veía atentamente. Pero la mirada de Miley era una caricia física.
Ella
estaba alucinando por la forma en que él trató a Dawn, pero Nicholas no
estaba de acuerdo con los otros y con su intención de protegerla de
todas y cada una las penurias de la vida. Había sido lastimada muy duro y
demasiado a menudo en el pasado. Protegerla sólo haría daño a la mujer
que lentamente emergía de su concha.
—Eso
es todo—Dijo Nicholas con decisión mientras todos se ponían de pie. Su
mirada se estrechó sobre su pareja.—Excepto para ti—le dirigió a Miley una sonrisa burlona, sardónica a pesar de la excitación
creciente que tensaba su cuerpo.—Aún necesito hablar contigo.
Ella
levantó una ceja. Él no le había hablado desde la noche anterior pero
había notado su nerviosismo e irritabilidad mientras la junta
progresaba. Ella estaba tan caliente que casi resplandecía.
Él
la miró ahora, su mirada tocando sus hinchados senos, sus pezones que
empujaban contra la oscura tela de su uniforme, la forma en que su
mirada, cuando tocó la de él, se volvió hambrienta. Aunque no más
hambrienta que la de él, estaba seguro.
Él
estaba hambriento por el sabor de ella. Su propia lujuria sólo se había
incrementado desde que la había tomado la noche anterior; la necesidad
por el único, oscuro sabor de su beso lo estaba volviendo loco.
—No
pelees con ella, Nicholas—Gruño Callan mientras se movió hacia la
puerta con los otros.—Nos está costando mucho tratar con ella.
Miley apretó los dientes mientras miraba a su líder de manada.
—Eso no es cierto—saltó.
Callan resopló
—Díselo a alguien que no tenga cicatrices por estar peleando contigo, hermanita. Podría creerlo.
Un
pequeño gruñido de advertencia fue su única respuesta mientras Callan
rió por la bajo y dejó la habitación, dejando a Nicholas a solas con
ella. Él había visto la interacción entre hermanos, viendo el afecto, el
lazo familiar entre ellos. Justo como el que él compartía con Merinus.
—¿Qué
quieres?—Miley estaba condenadamente irritable, pensó, justo como
Callan había advertido. Él también sabía que la irritabilidad era uno de
los signos que acompañaban a su creciente calor.
—Bueno,
esa es una pregunta con peso—Nicholas sonrió lentamente mientras la
consideraba.—¿Quieres una lista por escrito o tienes tiempo para una
verbal? Podría ponerme bastante descriptivo verbalmente.
Ella
se ruborizó. Una corriente de suave rosa cubrió su cara mientras
cruzaba sus brazos sobre sus obviamente sensibles senos y lo miraba con
precaución. Ella era en partes iguales inocencia y seducción. Lo volvía
loco ver la fluida sensualidad en cada movimiento, aunque también la
completa inocencia de lo endemoniadamente sexy que estaba mientras lo
miraba con esa cautelosa sorpresa.
La
había foll/ado la noche anterior hasta que ella se corrió, gritando en
los cojines del sillón mientras su estrecho co/ño se apretaba en su
po/lla bramante. Él no la había besado. No había probado el calor
líquido que corría entre los muslos de ella y ahora él estaba hambriento
por eso. No esperaría mucho más.
subi en mi otro blog por favor pasen y digan si les gusta http://ihopefinditnovelasniley.blogspot.com/2013/01/perfecta-cap40.html
Ella era la esposa de otro
hombre ahora. Llevaba a un niño, sería madre y se enfrentaría a más
peligro del que él alguna vez pudo haber visualizado. Pero ella era
todavía la niñita a la que él había sobornado con chocolate. La joven
mujer a la que había sostenido cuando lloraba por la pérdida de la madre
de ambos. La misma que le había llamado imbécil la mayor parte de su
vida. Luchó para no apretarla demasiado fuerte mientras sus brazos la
rodeaban.
Él sintió el
olor de polvo de bebé y chocolate durante un momento. Los aromas que
habían sido únicos en Merinus cuando era niña. Un precoz manojo de
energía que se había metido en más problemas de los que siete hombres
habían podido mantenerla alejada.
Él besó su frente amablemente antes de empujarla hacia la puerta.
—Vete dentro. Necesitas descansar o aterrorizar a Callan. No estar aquí fuera analizando mi cabeza.
Ella no se rió como él esperaba, y tampoco se fue hacia la casa.
—Estoy
asustada, Nicholas—dijo suavemente mientras le miraba preocupada, con
sus manos descansando protectoramente sobre el monte de su
estómago.—Estoy asustada por ti. No puedes seguir así, y tampoco puede Miley. Quiero que nuestro hijo esté a salvo; que nuestras vidas
tengan algo de paz. Hasta que esta cosa entre tú y Miley se resuelva,
eso no va a pasar.
—Dale
algo de tiempo, Merinus—le dijo él gentilmente.—Vete dentro. Necesito
encargarme de algunas cosas antes de irme a la cama yo también. Estoy
derrotado.
Sin embargo, dormir era la última cosa en su mente.
—Buenas
noches, Nicholas—dijo Merinus suavemente.—Si tienes la oportunidad,
vete a ver a Cassie pronto. Está destrozada por la idea de que estés
enfadado con ella. Está convencida de que ha salvado vidas. Y sólo es
una niña pequeña.
Ella
posiblemente había salvado vidas. La de él y la de Lawrence. Si no
hubiera sido por la alerta de que Cassie estaba corriendo hacia ellos,
él hubiera estado en la línea de fuego cuando las balas empezaron a
volar. Sólo la alerta y su intento de interceptar a la niñita habían
salvado su propia vida.
—Iré
a verla pronto—prometió, endureciéndose él mismo contra las lágrimas
que sabía que vería en los ojos de la pequeña niña y su ruego por su
mami.
—Merc y Tanner
se irán por la mañana hacia la posición de Dash y Elizabeth. Instalaré a
Cassie con Dawn si está bien. Creo que les irá bien juntas—le dijo
Merinus suavemente.
La
ausencia de Merc y Tanner dejaría una debilidad dentro del grupo como
un todo; él sólo podía esperar que la situación en California se
resolviera sola pronto.
—Dawn
es una buena opción—estuvo de acuerdo.—Afortunadamente no tendremos más
visitantes sorpresa para colocar a Cassie en reacciones como la de hoy.
Todavía no puedo imaginarme por qué se metió a sí misma en una
situación tan malditamente loca.
—Porque
su hada se lo dijo—dijo Merinus con preocupación.—Y eso, Nicholas, me
aterra. Se está metiendo demasiado dentro de sí misma y en ese asunto
del hada. Tenemos que hablar de eso con su madre cuando la recojan. Va a
acabar lastimandose.
O ponerle a él al borde de la locura. Miley ya lo tenía tambaleándose; Cassie perfectamente podría empujarle del todo.
—Discutiré eso con Dash también—prometió Nicholas.—Adelante, veré a Cassie pronto.
Él
vio como Merinus entraba en la casa, una sombra oscura, pesada por el
niño y rica por la vida. Sacudió la cabeza antes de seguirla y subir
rápidamente las escaleras hacia la habitación de Cassie. Postergarlo no
lo haría más fácil.
Él
abrió la puerta del dormitorio de la niña, encogiéndosele el corazón
ante la vista de ella doblada en la mitad de la gran cama, sus ojos
azules cautivos mientras le miraba fijamente, con lágrimas cayendo por
su cara.
—Hey, cachorra—saludó suavemente mientras se movía y se sentaba en el borde de la cama.—¿Quieres que me vaya?
Ella sacudió su cabeza con fuerza.
—Lo
siento, Nicholas—su respiración estaba entrecortada por las
lágrimas.—Tenía que decírtelo. Puedes zurrarme todo el tiempo, pero
tenía que hacerlo.
Maldición, ella iba a ser todo un elemento cuando creciera, pensó él, terca como el infierno.
—Siento
haberte zurrado—él la miró fijamente, con el corazón roto al pensar en
la zurra que le había dado a su trasero.—Me aterrorizaste, Cassie. No sé
si hubiera podido seguir con mi vida si te hubiera pasado algo.
Ella asintió lentamente.
—Lo
sé, Nicholas. Pero eso es lo mismo que yo pienso. Estaría siempre
llorando si tú fueras herido. Y Miley también lloraría. Ella llora
demasiado. Casi tanto como lo hago yo por las noches.
Él la miró sorprendido.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque
la puedo oír cuando toda la casa está en silencio y ella sale fuera a
su balcón—susurró ella.—A veces, suena como si le doliera horriblemente,
también, Nicholas. Creo que su corazón está roto, como el mío cuando
pensé que mi mami no podría salvarme de ese hombre malo.
Las
habitaciones estaban insonorizadas en su mayor parte, cortesía del
Consejo. Pero a Cassie le gustaba abrir la puerta la rendija que
permitían los cerrojos de seguridad. Si Miley estaba en su balcón,
algunas habitaciones más allá, era fácil para Cassie oírla.
—Creo
que deberías decirle que ya no estás más enfadado con ella, Nicholas—la
pequeña niña dijo, solemnemente.—Heriste sus sentimientos realmente
mucho.
Él había herido mucho más que sus sentimientos, y lo sabía.
—Ven aquí y dame un abrazo. Me aseguraré de que Dawn te dé una galleta mañana. Pero eso es todo. Una. Has roto las normas.
Ella saltó a sus brazos, abrazándole fuertemente y plantando un sonoro beso en su mejilla.
—Mi
mami lo acabará todo pronto—susurró ella en su oreja.—Y mi papi Dash
necesitará que yo vaya con él realmente rápido, para que mami esté
feliz. Tienes que arreglarte con Miley, Nicholas. No quiero que estés
solo cuando me vaya. Mi hada se preocupa por ti.
El
se puso rígido, viendo como ella se acurrucaba de nuevo bajo las
mantas, mirándole con ojos que eran demasiado ancianos, demasiado
conocedores.
—Cassie, sobre esa hada—dijo con vacilación.
—Tú
tienes también tu hada, Nicholas—le dijo ella, su voz infantil
contradiciendo el conocimiento en sus ojos.—A veces la veo. Tiene todo
ese precioso pelo negro que parece una nube alrededor de su cara. Es
como el pelo de Merinus. Y tiene ojos azules, y huele realmente a rosas.
No como el perfume. El olor real.
El
se paró. A pesar de la fiebre que le hacía correr hacia Miley, del
peligro que podía sentir acercándose y sus propias preocupaciones sobre
Cassie, no pudo detener el asombro que llenó su sistema. Su madre olía a
rosas. El olor real de las rosas. Las que ella amaba tanto que todavía
llenaban el patio delantero de la casa de su padre.
—Rosas, ¿eh?—preguntó, suavemente.
—Ella
te hablará si le dejas—dijo Cassie con suavidad, sus ojos cerrándose
por el sueño ahora.—Porque ella te ama. Igual que mi hada me ama a mí…
Nicholas
se puso de pie, sacudiendo su cabeza confusamente. Demonios, esa niña
podría destruir ejércitos si se lo proponía. Respiró profundamente,
remetió las sábanas alrededor de ella y salió de la habitación.
Tenía una cita con su compañera.
Miley pudo retrasar el dolor
hasta tarde esa noche. Aunque ella sabía que venía. Tenía suficiente
experiencia con los síntomas del calor de apareamiento para saber qué
pasaría.
Después del
explosivo episodio en el cobertizo de armas, el resto del día estuvo tan
ocupado, tan lleno con la lucha por sobrevivir que ella fue capaz de
dirigir todos sus sentidos a su trabajo, en vez de a la incrementada
excitación que empezó a formarse. Pero cuando cayó la oscuridad y el
agotamiento tiraba de su cuerpo, le pegó más duro que nunca.
Su
útero se contraía dolorosamente. Vida. Ella podía sentir su cuerpo
gritando por el pulso de vida del semen de Nicholas derramándose en
ella, su po/lla latiendo, hinchándose dentro de ella, chorreando dentro
de ella. Ella no quería sus dedos, quería su gruesa erección. Ella
quería todo de él, viniendo sobre ella, sujetándola, tomándola con
erótica furia.
Ella
gimió mientras paseaba por su habitación; su carne estaba casi
electrificada, demasiado sensible y necesitada de su toque. Ella se
había quitado el uniforme más temprano, se duchó y vistió con el suave,
ligero algodón de una de las largas batas que ella prefería usar. El
material estilo túnica caía hasta sus pies, con largas aperturas que
llegaban hasta sus rodillas y le daban libertad de movimiento.
El
corpiño flotaba sobre sus senos, rozando sus pezones gentilmente
mientras los pequeños tirantes sobre sus hombros lo mantenían en su
lugar. Entre sus muslos, sus jugos empapaban las pequeñas bragas que
ella vestía. Casi haciéndolas inútiles. Su co/ño estaba tan resbaladizo
que ella sabía que chuparía la po/lla de Nicholas hasta sus
profundidades en segundos.
Ella
cerró los ojos mientras se acostaba en el sillón de su sala de estar,
su cabeza acomodada en el grueso brazo, sus muslos apretados. Sus senos
estaban torturados, duras curvas de calor radiante tenían a sus pezones
casi saltando a través del material de la oscura bata.
Su
lengua estaba palpitando, hinchada y a cada rato ella podía sentir y
probar el pulso de la odiada hormona en su boca. Escupirla no ayudaba;
ella lo había intentado antes. No había nada que ella podía hacer
excepto sufrir por las noches y mantenerse tan lejos de Nicholas como
fuera posible cuando se volvía tan intenso.
Debería
haberse mantenido alejada de él anoche y corrido duro y rápido esta
tarde. El recuerdo de su po/lla entrando en su boca, palpitando contra
su lengua, tan dura y caliente, la tuvo mordiendo un gemido de hambre
abrumadora. Lo habría chupado hasta terminar si él no hubiera estado tan
débil.
Había estado
poseída, tan hambrienta por el sabor de su semilla chorreando en su boca
que había perdido su cordura. En su lugar, había perdido el control. No
había sido más fuerte esta tarde.
Odiaba
esto. Envolvió sus brazos a través de sus senos, poniendo su cuerpo en
una posición fetal mientras luchaba contra la necesidad de ir hacia él.
Él era su compañero, su mente gritaba en protesta por su negación. Ve a
él.
Sacudió su cabeza.
No lo haría. No podía. El calor duraba un mes para ella; no tenía idea
de cuánto tiempo afectaría a Nicholas, qué le haría a él. Él casi había
muerto por ella una vez. Ponía su vida en riesgo por la familia de ella a
diario. No podía enfrentarse a la idea de que él podría ser herido
nuevamente, en formas que ella no podía anticipar.
Sentándose
con un gruñido, pasó sus dedos por su cabello húmedo y luchó por alejar
a él de su mente—los bronceados contornos de su musculoso cuerpo, la
gruesa longitud de su miembro, sus labios mientras susurraban sobre los
de ella y su erección empujando dentro de su codicioso co/ño. Sus manos,
sosteniéndola mientras la jod/ía con embates duros, profundos.
—Oh demonios…—susurró, maldiciendo su hambre cuando un corto y abrupto toque sonó en la puerta.
Levantando
su cabeza miró con resignación cuando la puerta se abrió y Nicholas
entró. Sus ojos se agrandaron con alarma mientras miraba el cicatrizado
pecho, después más abajo a los ondulados músculos de su abdomen y la
tensa longitud de su erección levantando una tienda en los pantalones de
gimnasia que él usaba. Él cerró la puerta, colocando el cerrojo en su
lugar.
—Dios, no me
hagas esto—ella sacudió su cabeza desesperadamente mientras él empujaba
los pantalones grises sobre la carne pulsante y bajo sus poderosos
muslos.
—¿Verte sufrir entonces?—él preguntó quedamente.
—Mejor yo sola que nosotros dos—gimoteó.—Por favor, Nicholas.
—Quítate la bata—él avanzó hacia ella.
Ella no podía respirar por la excitación. Él se veía salvaje, determinado.
—No puedo—ella tembló mientras él se le acercaba, parado frente a ella, su po/lla brillando con el semen goteando en la punta.
Miley se lamió los labios con hambre.
—¿Qué alivia el dolor, Miley?—él le preguntó.—¿Qué lo hace mejor?
Ella
sacudió su cabeza. Nada lo aliviaba, pero ella no podía quitar sus ojos
de la brillante cabeza con forma de seta de su po/lla.
—El
semen de tu compañero lo alivia—le dijo suavemente.—La descarga sexual y
mi semilla derramándose dentro de ti. Puedo darte eso, Miley—él se
acercó mientras los labios de ella se abrían involuntariamente.
—No
puedo forzarte—dijo suavemente.—No voy a forzarte, pero por Dios que
haré que estés tan caliente que no podrás caminar derecha si no lo haces
voluntariamente. No voy a dejarte escapar. Quítate la bata, Miley.
Déjame darte cada gota de lo que necesitas.
Lo
que ella necesitaba era su po/lla golpeando duro y profundo dentro de
ella, bombeando en ella en un orgasmo devastador, su semilla llenando su
hambrienta matriz con rico, potente calor.
—Nicholas…—ella
gimió desesperadamente mientras su lengua recorría sus labios,
humedeciéndolos un segundo antes de que la punta de la erección de él
los rozara.
Con un
grito torturado ella se inclinó hacia delante y envolvió la cabeza con
su boca, succionándola, probando la salada dulzura de su semen en su
lengua mientras se mezclaba con el potente condimento de la hormona que
se liberaba en su boca.
Ah,
Dios. Ella movió su lengua sobre la dura carne, codiciosa por cada
lamida ahora, cada sabor, cada desgarrado gemido de la boca de él
mientras ella empezaba a consumir cada centímetro que presionaba hacia
su garganta. Ella quería más. Necesitaba todo de él. Sus manos agarraron
las caderas de él mientras lo succionaba con fuerza, llenando su boca
pero sin lograr tomar toda la longitud.
—Miley, nena—las manos de él le agarraron el cabello.—Oh sí, gatita, traga mi po/lla. Cómetela toda, nena.
Las
palabras explícitas incendiaron su mente. Antes, durante la noche en
los laboratorios, él se había reprimido. Ella lo había sentido
reprimirse tanto en sus necesidades como en sus palabras. No se estaba
reprimiendo ahora. La estaba tomando, mostrándole el hombre que era y la
necesidad vibrando en su cuerpo.
Miley tomó la amplia cabeza profundamente en su boca, su lengua trabajando en
el sensible lado inferior mientras trataba de abrir su garganta para
él. Él estaba empujando dentro y fuera con largos, controlados empujes,
su respiración dura y pesada, rasposa entre los sonidos sorbientes,
suspirantes de húmeda hambre que salían de los labios de ella.
—Ah
sí. Trágalo, nena—su po/lla estaba palpitando con fuerza, pulsando
contra el fondo de la garganta de ella con cada entrada.—Ordeña mi
po/lla con esa linda boca. Vamos, nena, tómala. Tómalo todo, corazón.
Él
se movía más rápido ahora, más duro, su carne hinchándose en la lengua
mientras ella chupaba y lamía con codicioso abandono hasta que sintió el
primer pulso caliente de fluido cremoso hacer erupción en su garganta.
Las
manos de él estaban enredadas en el cabello de ella ahora,
sosteniéndola cerca, deslizando su po/lla tan profundo como era posible
en su garganta mientras le soltaba chorro tras chorro de caliente
líquido sedoso.
Miley tragó desesperadamente, saboreándolo en su lengua, en su boca, rellena
con el exceso de su descarga mientras él gritaba sobre ella.
Cuando
él retrocedió de sus aún succionantes labios, se agachó. Tomó el
corpiño de su bata con ambas manos y lo arrancó de su cuerpo.
—Nicholas…—su
protesta estaba llena de miedo mientras él se arrodillaba, las manos
tomando los muslos de ella y jalando sus caderas hacia el filo del
sillón.
Él miró hacia la carne desnuda de su montículo, sus labios hinchados con pasión, sus ojos oscureciéndose con lujuria.
—Quiero probarte—él susurró.—Como lo hice antes, mi boca enterrada en tu co/ño, mi lengua llevándote al orgasmo.
Él
la consumiría. El pánico se expandió dentro de ella. Ella estaba tan
húmeda, extremadamente jugosa por su necesidad. Ese fluido contenía la
misma hormona que secretaban las glándulas de su lengua, sólo que menos
potente.
—¡Mataré a los jo/didos
bastardos!—furioso, Nicholas forzó la pesada longitud de su po/lla de
vuelta a sus pantalones. Rápidamente cerró el material, se abrochó
correctamente el cinturón y cogió uno de los rifles de la pared junto
con un cargador.
Él colocó de un golpe las municiones en su lugar, lo comprobó y se apartó rápidamente de ella.
—Nicholas—agarrando su cinturón y su arma enfundada del estante, Miley saltó al piso y se apresuró detrás de él.
—Quieta—él
se volvió hacia ella, sus ojos resplandeciendo.—Después de que mate a
cualquiera que se haya atrevido a disparar esas sirenas, estarás
jod/ida, Miley. Acéptalo y estate malditamente preparada para ello.
Porque no voy a esperar mucho más.
Miley se quedó quieta, asombrada, mientras le veía desaparecer tras la
puerta. Perdió preciosos segundos mientras peleaba por intentar
encontrar sentido a lo que había sucedido y a la repentina furia de
Nicholas. La hormona.
Un
grito se desgarró en su garganta mientras salía a la carrera tras él,
sacando su revolver de su funda mientras alcanzaba la puerta a tiempo de
ver el Jeep girando en la pequeña zona de aparcamiento frente al
cobertizo. Agarró fuertemente la unidad de comunicación de su cinturón y
la ajustó a su oreja mientras corría hacia otro Jeep.
—¡Informe!—ella gritó en el micrófono cuando lo colocó en sus labios.
—Tenemos
intrusos—Tamber mantuvo el control mientras informaba a Miley.—La
brecha ha sido en las puertas principales. Repito, tenemos una brecha.
Todas las unidades disponibles al recinto principal. Tenemos una brecha.
Las
sirenas estallaban mientras las Especies iban saliendo de los
barracones y corrían a pie o en Jeeps hacia las puertas principales
donde una larga, negra y estirada limusina había conseguido romper la
barrera.
—¡Que alguien detenga a Nicholas!—gritó Miley en el micrófono.—¿Callan, dónde diablos estás?
Ella
estaba casi al borde de las lágrimas mientras golpeaba el Jeep para que
parara, a casi un acre de donde la limusina estaba rodeada.
—Callan, maldito seas. Coge a Nicholas. Ahora. No es racional. Callan, ¿dónde estás?
Ella recorrió la distancia mientras las voces se alzaban y se iban tomando posiciones rodeando el vehículo.
—¡Miley,
quédate abajo!—Callan ordenó repentinamente, su voz dura a través del
micrófono.—Mantente atrás. Nicholas está controlado. Vete a la casa con
Cassie. Necesitamos a Merc aquí fuera.
Ella
se detuvo ante el tono de advertencia en la voz de Callan. Su pecho se
tensó con miedo. Merc era el más fuerte de las Especies. Seis pies y
medio, su cuerpo circundado de músculos. Él era también el tirador más
fino en el recinto. Adiestrado como un asesino, hasta ahora nadie podía
golpear su objetivo. ¿Qué diablos ocurría que necesitaban a Merc?
Ella cambió de dirección hacia la casa, encontrando a Merc mientras él salía de ella, con el rifle en la mano.
—Merc—ella se paró, quedándose mirándole fijamente, aterrorizada.—Nicholas…
—Entra con Cassie, Miley. Nicholas puede cuidarse—él se apresuró tras ella, corriendo hacia la torre en medio del patio.
El
nido del francotirador. Miley rechinó sus dientes furiosamente
mientras entraba corriendo en la casa, sólo para ser recibida por el
inconsolable llanto de Cassie mientras gemía pidiendo a su mami en los
brazos de Merinus.
Varios
de los más jóvenes de las Especias permanecían dentro del recinto
atestando el vestíbulo, clavando los ojos en ella, buscando directrices.
Ella
cambió el canal en el equipo de comunicaciones rápidamente, yendo
directamente a una línea privada con Tamber. El acceso a la línea era
sólo para los que tenían los más altos niveles de seguridad.
—¿Tamber, qué demonios ves?—la colocación de Tamber dentro del cobertizo de comunicaciones le ponía en condiciones de ver todo.
—Tenemos la limusina rodeada sin ningún movimiento hasta ahora—informó.
Miley se trasladó a una de las largas ventanas delante de la puerta,
observando cuidadosamente la actividad afuera. Estaban demasiados lejos
de las puertas principales para ver exactamente lo que ocurría, pero con
más de cien Especies rodeando el vehículo, no iban lejos. Eran blancos
facilísimos para la furia de Nicholas.
—Obtén para mi una línea directa con Callan—ordenó.—Esto es prioritario, Tamber. ¡Tengo que hablar con él ahora!
El
control de Nicholas había sido inexistente cuando salió del cobertizo.
La hormona había hecho estragos en su lógica. Normalmente templado, su
control había estado fuera de vista cuando él la dejó.
—La línea directa… en…—Tamber respondió mientras el bajo zumbido indicaba el cambio.
—Callan. Maldita sea, ¿estás ahí?—no podía aguantar el miedo creciendo dentro de ella.
—Rápido, Miley—él lanzó tersamente la respuesta, dándole a ella el visto
bueno para atrapar su atención por valiosos segundos.
Ella giró en el cuarto, respirando rudamente, la furia y la violencia brillando a través de su sistema.
—Él
me besó, Callan—le dijo rápidamente.—Él no era racional cuando dejó el
cobertizo, quizá no sea razonable ahora. Tienes que sacarlo de allí.
El silencio era grueso, discordante con el zumbido mecánico de la unidad mientras ella esperaba.
—Hijo de pu/ta, si su oportunidad no apesta…—él maldijo.
Miley no podía estar más de acuerdo. Pero Nicholas nunca había tenido la idea
de cualquier otro de un horario. Siempre había ido por libre, como
quiera que hubiera conseguido manejarlo. Tal y como había hecho esta
vez.
—Estoy de acuerdo—ella lanzó.—Ahora sácale de allí.
Un
segundo más tarde, _Miley se tensó, sus ojos ampliándose mientras se
disparaban tiros y un infierno se desataba dentro y fuera.
—¡Cassie,
no!—el grito asustado de Merinus precedió a un manojo pequeño de
determinada energía cuando ella se apartó de los brazos de Merinus y fue
hacia la puerta.
El
aullido de un lobo joven enfurecido se hizo eco a través de la casa un
instante antes de que ella evadiese el agarre de Miley, torciera
claramente hacia la puerta y volara fuera hacia la soleada pesadilla que
la esperaba.
Horas más tarde, Nicholas
todavía podía sentir el sobrecogedor terror que le había llenado cuando
oyó el anuncio a gritos de que Cassie había escapado de la casa. Al
mismo tiempo, a uno de los jóvenes de las Especies le entró el pánico y
envió una ráfaga de balas mientras la puerta de la limusina empezaba a
abrirse. Una niñita, más de cien pseudoanimalísticos guerreros
endurecidos en la batalla y nadie había podido cogerla antes de que se
metiera en el oscuro interior del coche un segundo antes de que la
puerta se cerrara de golpe.
Nicholas
estaba sentado a solas ahora, la escena repitiéndose en su mente
mientras las cercanas consecuencias de las acciones de ella golpeaban su
cerebro. Ella pudo haber muerto. Allí mismo, delante de sus ojos, ese
precioso manojo de energía podía haber muerto.
Se
puso de pie con una ola de energía, restringida, vibrando con violencia
mientras metía sus puños en los bolsillos de los vaqueros, ignorando el
relámpago de dolor en su inflamada po/lla ante la tensión del material.
Primero,
había fallado al proteger a su propio hijo no nacido y ahora casi había
fallado con Cassie. No importaba que la situación se hubiera hecho
rápidamente difusa y los intrusos hubieran resultado ser el irritado
medio hermano de Roni, Seth Lawrence, y su largamente perdido padre.
Las
Especies podrían haber echado a los intrusos de la propiedad, nadie lo
hubiera cuestionado, y luego arreglar una reunión fuera de la hacienda
entre Roni y su hermano. Esta opción ya no era posible. Cassie lo había
impedido.
—Cassie
todavía está llorando—Merinus salió al porche, su voz suave en la
creciente oscuridad mientras Nicholas se volvía hacia ella.
Nicholas encorvó sus hombros contra la culpabilidad que lo devoraba vivo.
—Al
menos está viva para llorar—finalmente contestó, tan malditamente
enfadado consigo mismo, con Miley y con una niña inocente que a penas
podía darse cuenta de lo que pasaba. Él todavía podía verla corriendo,
su cara llena de lágrimas, el miedo contorsionando su expresión en una
mueca mientras se lanzaba contra los hombres y las mujeres que
intentaban detenerla antes de que desapareciera en lo que podían haber
sido los brazos del enemigo.
—Ella
se está poniendo enferma, Nicholas—le dijo Merinus mientras se acercaba
más a él, inclinando su embarazado cuerpo contra su costado.—No es más
que una niña pequeña. Una que cree en sí misma tanto como para hacer lo
que siente que está bien. Sabía que no había peligro…
—No,
maldita sea—maldijo él rudamente.—Ella no sabía nada de eso, Merinus.
Podía haber muerto…—el se rompió, sacudiendo su cabeza mientras se
apartaba de ella.—Demonios. Viví un millar de muertes cuando Miley
nos alertó de que estaba fuera. Las balas rasgaban alrededor como si
fuera una maldita zona de guerra y ella se lanza a sí misma dentro de un
vehículo desconocido. Si hubiera tenido algo para vomitar, creo que lo
hubiera hecho entonces….
Él
se apartó de ella. Había zurrado a Cassie. Sacudió la cabeza contra ese
conocimiento. Cuando la tuvo de vuelta en sus brazos la había llevado
derecha a su habitación, la había colocado de pie y la había zurrado dos
veces antes de ordenarle que fuera derecha a la cama. Luego había
gritado a Miley. Duras, amargas palabras que habían salido de su
pecho mientras veía como los ojos de ella se volvían blancos de asombro.
Se
suponía que tenías que mantenerla contenida. Malditos demonios, había
cuatro de vosotros vigilándola. ¿No hubiera podido uno de vosotros
mantenerla contenida durante diez jo/didos minutos? Le había lanzado las
palabras furiosamente.
—Dios,
soy un bastardo—murmuró.—No soy sólo un *beep*, Merinus. Soy el peor
bastardo que alguna vez ha existido. Alguien debería dispararme.
Ella suspiró pesadamente detrás de él.
—Eres
humano—dijo finalmente suavemente.—Sé que compartiste un beso con Miley. Puedo imaginar lo que estás pasando sin la carga de proteger a
todos que has colocado sobre tus hombros, Nicholas. No puedes
protegernos a todos tú solo. La mie/rda pasa. Eso es lo que solías
decirme a mí. Todo lo que puedes hacer es estar tan preparado como sea
posible cuando se descargue y pasar a través de la peste de la mejor
manera que puedas.
Él
gruñó ante eso. Era un arrogante asno autoritario, daba la impresión.
Miró fijamente hacia el oscurecido patio, hacia la alta cerca que se
extendía bajo la línea del bosque, los guardias vigilando el área. Era
como una campo armado, no mucho mejor en sus restricciones que lo que
habían sido los laboratorios del Consejo.
En
lo más lejano del complejo principal, las luces brillaban en una de las
pequeñas casas de huéspedes. Seth Lawrence, su padre y su conductor
estaban ahora bajo estrecha vigilancia mientras Taber y Dawn intentaban
convencer a Seth y Aaron Lawrence de que ahora mismo, a Roni no se le
diría quiénes eran o por qué estaban allí.
No
era tanto porque Seth Lawrence hubiera hecho caso omiso a todas sus
demandas de esperar antes de forzar ese encuentro. Eran los malditos
pelos de la nuca de Nicholas. Se habían erizado en advertencia, haciendo
que su nuca sufriera una picazón que no se iba. Estaba de acuerdo con
los miedos de Taber sobre no permitir todavía ese encuentro. La salud
física de Roni había sido precaria la primera vez que llegó al complejo.
La
mayoría del tiempo ella había afrontado el calor copulativo junto con
el cansancio extenuante, y los excesos sexuales y el resultante embarazo
la habían agotado. Pero no era ésa la única preocupación de Nicholas
sobre los Lawrence. La oportunidad estaba acabada. Dos mujeres
compañeras embarazadas, la única niña de la Especie de los Lobos viva
que se conocía allí con ellos, y ahora esto.
—Demonios. Vi a Cassie correr hacia ese coche y ¿sabes lo que pasó por mi mente, Merinus?—preguntó dolorosamente.
Merinus suspiró profundamente.
—Que
habías fallado—ella le sorprendió con esa respuesta.—No pudiste
proteger al tuyo, y ahora no habías protegido tampoco a Cassie.
Él se volvió lentamente hacia ella.
—Sí—dijo, respirando con dificultad.—¿Pero cómo lo has sabido?
—Porque
es lo mismo que Miley me dijo antes de encerrarse en su
habitación—le respondió ella gentilmente, obligándole a abrazarla
mientras se movía hacia sus brazos.
El beso la destruyó. Los gritos
silenciosos de protesta, de miedo, rebotaron a través de su mente, pero
por su cuerpo, su carne, ignoró cada ruego demandante de parar. La
lengua de él se introdujo en su boca, un alivio refrescante contra el
fiero dolor de la suya, tan tentadora, tan tranquilizadora que ella
estuvo perdida.
No fue
como nada que ella hubiera sentido antes; incluso ese primer beso que
habían compartido hacía tanto tiempo fue sólo una débil variante de
éste. La debilitó, hizo que sus sentidos gritaran con el creciente calor
que corría a través de su cuerpo, estallando en su vientre y creciendo
incluso más brillante.
Una
conflagración creció dentro de ella cuando sus labios y lengua se
combinaron para volverla loca por la hambrienta sensualidad que azotó su
cuerpo. Ella no podía oponerse a él tanto como a sí misma. No mientras
sus labios cubrieran los de ella. Su lengua tentaba y acariciaba,
enloqueciéndola con la necesidad de sentir sus labios retorciéndose
sobre los de ella, llegando a la carne inflamada de la lengua,
aliviándola de la hormona que ahora pulsaba y latía dentro de sus
glándulas hinchadas.
Años
de necesidad, de demanda brutal causada por la naturaleza misma de lo
que ella era subieron a la superficie. La batalla por la supremacía
empezó entonces. Su lengua se enredó con la suya, pero no era lo que
ella necesitaba. Acarició y enfrió la carne de su propio ardor, pero, de
nuevo, ella necesitaba más. Luchó para empujarlo, para ganar el
control, para alcanzar la victoria de encerrar sus labios, chupándolo
con su boca, aliviando las glándulas tortuosamente hinchadas que
parecían llenarse aún más.
Sus
manos se apretaron en su pelo, sosteniéndola contra él, sin embargo
había algo más, no cualquier necesidad. Sus brazos trenzadas alrededor
de su cuello, sujetándole cerca, sus uñas metiéndose en su cabello con
la cordura resbalando aún más y más lejos.
Su
anhelo por él creció. Su sabor, su toque. Se convirtió en una tempestad
rugiente, apartando los temores, las objeciones y la razón, mientras el
calor incandescente estallaba a través de su cuerpo.
Con
un grito victorioso, ella empujó su lengua dentro de sus labios y se
disolvió. Instantáneamente Nicholas estaba allí. Sus labios la
atraparon, su boca atrayéndola. La hormona atrapada dentro de las
glándulas inflamadas se vertió libremente mientras sus caderas
avanzaban, su pe/ne empujando fuerte e insistentemente contra la húmeda
tela de sus pantalones, la protuberante cabeza dividiendo los labios de
su co/ño mientras presionaba en su interior tan profundamente como el
material permitía.
Miley trataba de frotarse ahora contra su cuerpo. El embelesado placer que se
esparcía a través de ella mientras Nicholas ama/mantaba su lengua
estaba conduciéndola casi más allá de lo que ella podría resistir. Su
co/ño derramó su gruesa esencia contra la cabeza de su pe/ne, atrapada
en tela. Sus manos lo acercaron a ella, su cabeza cayendo hacia atrás
mientras él luchaba por obtener cada gota del afrodisíaco de ella.
En
lo profundo de su mente ella sabía que el terror vendría más tarde. El
miedo por Nicholas, le enviaría a ella cada miedo que alguna vez había
conocido. Por ahora, sin embargo, sólo existía su beso, sus gruñidos de
creciente excitación masculina, su po/lla endurecida presionando contra
su co/ño, sus manos apartando su top, el dolor aliviándose en su lengua
pero creciendo en su vientre.
Sus
ojos lucharon por abrirse cuando él apartó su cabeza de ella. Un
quejido escapó de ella, el miedo asomando ante el calor que crecía entre
ellos. La cara de él estaba enrojecida, pesada ahora con lujuria, sus
ojos casi negros, dilatados por el efecto instantáneo de la hormona
absorbiéndose en su sistema.
—Nicholas—ella
murmuró su nombre con un atisbo de desesperación mientras él la
obligaba a bajar los brazos y luego tiraba del top sobre sus hombros. El
elástico material se estiró apretado, obstaculizando sus movimientos
mientras sus pechos asomaban por el borde de la tela sintética.
—No
hables—sus manos levantaron los montículos inflamados.—Cada vez que
hablas piensas. No pienses, jod/er, Miley, sólo siente.
—¿Qué has hecho, Nicholas?—ella se estremeció mientras su lengua golpeaba un duro y extremadamente sensible pezón.
—Lo
que debería haber hecho seis meses atrás—él gruñó, asombrándola con la
cólera escondida detrás de sus palabras, la necesidad vibrando en su
voz.—Maldita seas, Miley. ¿Cómo sobreviviste a esto sola, nena? Dulce
nena… Si no te tengo moriré ahora mismo.
Ella
gritó mientras el hambre se volvía voraz. Sus labios rodearon su pezón,
agarrándose a él fuerte y profundamente mientras sus manos se
dirigieron a la cintura de sus pantalones ajustados. Su pe/ne latía, la
cabeza literalmente pulsando mientras trataba de enterrarse más profundo
en su co/ño, de vencer al material de sus pantalones entre ellos,
amenazando con rasgar la tela mientras su co/ño se calentaba
destructivamente.
La
hormona. Miley lloriqueó mientras el placer gritaba a través de su
cuerpo. Su boca agarró su pezón, sus dientes raspando, la lengua
lamiendo, mientras un puño brutal de sensaciones tensaba su vientre.
¿Cómo
funcionaría él? ¿Cómo lo haría ella? El calor era proporcionalmente más
fuerte en ella que lo que había sido en Merinus. El agonizante dolor
pronto se rasgaría a través de su vientre mientras su cuerpo batallaba
por concebir. Era un hueco inútil, y no importaba cuán fértil la hormona
quisiera hacerla, nunca podría sostener nueva vida.
Sin
embargo, el pensamiento de la nueva vida que ella nunca podría ayudar a
crear fue destruido por su toque. Él estaba descontrolado. Ellos
estaban descontrolados. Sus manos fueron duras mientras peleaba por
deslizar sus pantalones sobre sus caderas mientras la mantenía apretada
contra él, un fuerte y fiero gruñido saliendo de su garganta.
Nicholas
la mantuvo segura, su boca, sus dientes y su lengua atormentando la
carne dura que él tenía cautiva. Su pezón estaba volviéndose tan
sensible, tan inflamando que el placer era casi un dolor, empujándola
más alto mientras la sobrecogía.
Ella
podía sentir su corazón corriendo a velocidad, la sangre borboteando a
través de sus venas mientras sus dientes raspaban sobre la cresta
enhiesta antes de agarrarla amablemente, manteniéndola cautiva mientras
su lengua daba un golpecito sobre ella en una demanda hambrienta.
Miley se contorsionó en sus brazos. Ella necesitaba estar más cerca. Podía
sentir la masa remolineante de sensaciones creciendo en su vientre,
pulsando con una demanda que no podía negar. No por más tiempo.
Sus
brazos estaban amarrados a su cuerpo por la tela tensa de las mangas de
su top, pero su mano alcanzó escapar, agarrando los musculosos
antebrazos de Nicholas mientras él consumía sus pechos.
Él
introdujo la dura punta más profundamente en su boca, succionando con
movimientos fuertes, hambrientos mientras su lengua continuaba
atormentándola. Ella podía sentir cada golpecito rápido de su lengua
llevándola más cerca de la inconsciencia. Estaba indefensa para luchar
contra eso. Indefensa contra eso.
—Por favor…—ella lloriqueó, pero no supo si la súplica era para que él parase o la tomase más profundo.
Su
cabeza retrocedió mientras ella jadeaba por respirar, estremeciéndose
mientras sus dientes raspaban la punta tierna, enviando blancas y
calientes llamaradas desde su pecho hasta su vientre hasta que se
convulsionó en un caliente y agonizante éxtasis. Sus gritos resonaron
alrededor de ella mientras ella se tensaba, se estremecía, clavando sus
uñas en los fuertes brazos que sujetaba mientras campanas y sirenas
comenzaban a aullar a su alrededor.
¿Sirenas?
La
boca de Nicholas liberó su pezón con una sensación de suave
deslizamiento mientras levantaba la cabeza, un gruñido saliendo de sus
labios mientras Miley repentinamente se daba cuenta de que las
sirenas venían del exterior. Advirtiendo, estridente, el sistema de
alarma aulló a través del recinto, resonando alrededor de ellos mientras
las voces que se alzaban fuera del cobertizo finalmente penetraban en
la neblina de lujuria que los envolvía.
La
mirada de ella voló hacia él, sus manos tratando de alcanzarle mientras
su cerebro reconocía el hecho que ahora existía peligro rodeándolos.
Peligro para los ocupantes de la casa, Cassie, Merinus y Roni y sus
bebés nonatos. La mente de ella peleó para aceptar la repentina
interrupción, la necesidad de proteger en vez de fo/llar, la necesidad
de luchar en vez de tocar.
El
último pensamiento fue como un cuchillazo en su alma mientras Nicholas
repentinamente apartaba los tirantes del top de sus hinchados pechos
hacia sus hombros y ella se ajustaba el escote. Él luchaba por
controlarse a sí mismo. Ella lo podía ver en la emoción rugiente
brillando intensamente en sus ojos dilatados, la mueca de disgusto que
tensaba su enrojecida cara mientras la furia comenzaba a envolverle.