miércoles, 4 de septiembre de 2013

Magia en Ti - Cap: 24


Esa tarde fue el comienzo de un noviazgo muy caro. Siempre con cincuenta dólares en la mano, Nicholas empezó a ir a recoger a Miley al salón cada vez más temprano por las noches. La llevaba a pasear. Almorzaban a lo largo de los  bajíos Creek. A veces iban a caballo. Una vez incluso la  acompañó a casa para visitar a su familia y asistir al circo que había llegado a Grants Pass. En esa ocasión, fue maravillosamente paciente con Jason, lo que le valió el favor de María Graham.

Miley sabía que su objetivo era hacerle ver lo mucho que se había perdido y quería mostrarle la vida que podrían tener juntos. Y tuvo más éxito en eso de lo que se atrevió a revelarle. El anhelo que se encendió en su interior era más aterrador que cualquier otra cosa que había experimentado nunca. Estaba convencida de que terminaría en dolor. ¿De qué otra manera podría terminar? Nicholas podría fingir que no se preocupaba por su pasado. Pero ningún hombre puede fingir para siempre. Más pronto o más tarde, se alejaría de ella. Era tan inevitable como las estrellas que salen en una noche despejada.

Sólo que él no se apartó, y los días pasaron de largo, avanzando en julio y el calor de las vacaciones de verano. Miley trató de mantenerse apartada de Nicholas. Ella realmente lo hizo. Pero Nicholas no era fácil de evadir, ni siquiera por una experta como ella, tan buena en la práctica de escapar hacia su tierra de fantasía.
Como había percibido desde el principio, Nicholas no era un hombre que permitiese que una mujer se mantuviese al margen de él. Poco a poco, se fragmentaron  las paredes que había levantado a su alrededor, llegando hasta sus secretos más profundos, la obligó a mirar de frente a las emociones desnudas que nunca había revelado a nadie.

Una noche después de asistir al circo en Grants Pass, la cogió con la guardia baja, diciendo:
—Es una pena lo de Jason. Él es un niño perfecto en todo lo demás. Guapo, muy bien proporcionado. Lo que es una broma cruel de la naturaleza para él, haber nacido con una mente defectuosa.
Antes de lo que ella pensaba, Miley contestó.
—Pero él no nació de esa manera.

En el instante en que hablaba se dio cuenta que le había puesto una pequeña trampa. Se acercaban a Shallows Creek, y para cubrir su derrota, Miley se apresuró a adelantarse. Vio una gran roca en la orilla arenosa, y fue a apoyarse en ella. Fingió disfrutar del cielo estrellado y la noche de verano, sonriendo nerviosa.
—Se está muy bien aquí afuera. Ahora me alegro de que me pidieses que viniera.
En realidad la invitación había sido más un ultimátum, pero Miley no tenía nada que ganar argumentando la cuestión. Nicholas se saldría con la suya. Sí, lo hubiera hecho, se habría enterado de que es lo que aprendió de él en las últimas semanas. Aquí, últimamente, sin embargo, el pensamiento la llenó de temor. Ella había empezado a sospechar que al final iba a ganar, que finalmente se casaría con él, no porque ella sintiera que era sabio, sino porque iba a arrinconarla en una esquina y a no permitirle otra opción. Tenía una racha despiadada cuando le convenía.

Sus nervios saltaron cuando llegó a su lado y se apoyó contra la roca. Vestido todo de negro, que parecía ser su atuendo favorito, parecía aun mas imponente y siniestro en la oscuridad nocturna. La pálida luz de la luna rebotaba en la mandíbula fuerte y cuadrada, en el  puente de la nariz. Su pelo oscuro brillaba o se oscurecía con cada movimiento de su cabeza.
Sus hombros anchos, sus piernas potentes y magras, que parecían infinitamente largas, brazos musculosos que podían ofrecer consuelo a una mujer o convertirse en su peor pesadilla, dependiendo de su capricho.

Miley jugaba nerviosamente con un botón de su blusa, muy consciente del hombre a su lado y a todo lo que se refería su intención. Casi podía sentir cómo se cernía y se cerraba sobre ella, y casi predecir su próximo movimiento.
—Ah cierto. Yo casi lo había olvidado. Jason no nació con su invalidez, ¿verdad? Sarampión, ¿igual que tu madre?
Allí estaba, el sujeto que había conocido al principio, de vuelta de nuevo, a la carga. Sólo se sorprendió que hubiese esperado tanto tiempo. Est/úpida, más que est/úpida. ¿Por qué no se había mantenido callada? Debía de haber sido simple frenar la lengua. 

Pero con Nicholas alrededor, constantemente esperando a que ella diese un resbalón, era casi imposible escapar a su maldita curiosidad.
—Sin embargo, tú te culpas de ello por tu estupidez. Una enfermedad es cosa del azar. O ¿no es así? ¿Cómo puede una persona ser responsable por que otra persona enferme de sarampión?
Miley se apartó de la roca con una fría sensación de pánico. En este punto de la corriente no había ninguna curva, y el agua se arremolinaba contra un afloramiento de la piedra que impedía su prisa. Ella caminó hasta el borde de la piscina chapoteando aún.
—Oh, mira. Peces pequeños.
Al verla, el corazón de Nicholas se rompió un poco. Sabía que Miley se culpaba a sí misma por la invalidez de Jasón, igual que asumía la responsabilidad de la ceguera de su madre. Lo supo desde el primer día que había visitado su casa y encontró a su familia. Ella se había referido a sus sentimientos de culpa, pero había tenido cuidado en evitar el tema desde entonces.
Sabía que ella tendría la impresión que era despiadado. La manera en que estaba pasando los dedos por su vestido, era síntoma inequívoco de su nerviosismo y su renuencia a hablar del tema. Tenía la sensación de que había mucho más debajo de la superficie de Miley.
—¿Que pasó, Miley? ¿Enfermaste en primer lugar, o qué?
Dios, cómo se odiaba por ser tan implacable. Pero tenía que serlo. Cuantas más capas se despegaban de Miley, más le fascinaba. Lo que aparecía en el exterior de la mujer, apenas era la punta de un enorme iceberg.
—No fue una simple cuestión de que yo enfermarse en primer lugar — finalmente admitió en voz baja, temblorosa—.Fue mi culpa, y después nunca volvió a ser igual.
¿Su culpa? Allí estaba otra vez, una admisión de culpa por algo que no pudo haber causado. Nicholas miró su espalda esbelta, que ahora estaba rígidamente recta, como si esperase  un golpe físico. ¿Cómo podía tener la culpa de una enfermedad? No tenía ningún sentido. Absolutamente ninguno. Pero no había duda de que para ella todo tenía un perfecto sentido.
—¿Por qué que fue tu culpa, cariño?
—Yo lo traje—.  Su voz se volvió estridente y rota. La vio tomar una respiración profunda antes de intentarlo de nuevo. —Yo lo traje a casa. El sarampión. Contagié a todo el mundo. Fue por mi culpa que todos se enfermaron.

Nicholas cerró los ojos por un momento. Índigo y él habían cogido el sarampión de niños y no sufrieron efectos negativos, pero hasta hoy en día podía recordar lo frenética que su madre había estado. En algunos casos la enfermedad era peligrosa, dejando a sus víctimas ciegas, a veces sordas. Y en los muy jóvenes, las fuertes fiebres a veces destruía sus mentes. ¿Pero la culpa por infectar a la propia familia, ya que los contagió por primera vez? Era una locura.
Antes de considerar el impacto en ella, juró y dijo:
—¿Cómo diablos puedes culparte a ti misma por contagiar a todo el mundo con el sarampión, por el amor de Cristo?
Ella se sacudió como si la hubiera abofeteado.
—Simplemente, por que sí.
Nicholas no estaba dispuesto a conformarse con eso como respuesta.
—Mentira, porque sí. Los ataques de las enfermedades son al azar. Si te estás culpando por eso, es una locura.

Ella se volvió hacia él. En la estela de la luna, sus ojos eran enormes ventanas en la oscuridad, en contraste con su palidez. Su boca se torció y se estremeció cuando se esforzó para formar palabras que se enredaron en su garganta y estalló cuando incoherentes sollozos, atraparon el sonido.
—Una… una epidemia — finalmente logró decir — .Causé una epidemia de sarampión. Jasón era sólo un bebé.
—No se puede ser responsable de una epidemia, cariño.
—Sí.
En sus ojos, vio un mundo de dolor. Deseaba ir a ella para envolverla en sus brazos, demostrarle que nada ni nadie podría hacerle mas daño. Pero sabía que no estaba preparada para eso, y que estallaría en pánico si lo intentaba.
—Lo empecé, —dijo abruptamente— la epidemia. Yo fui la que propagó la enfermedad.
Nicholas sintió como si estuviese luchando contra una serpiente enroscada, inseguro de su próximo movimiento y temiendo hacerle daño.
—¿Puedes explicarme cómo fuiste la responsable?
—¿Qué hay que explicar? Y además, por tu tono, te estás burlando de mí.  No lo entiendes en absoluto.
Ella quizás tenía algo de razón. Por lo inverosímil de sus afirmaciones quizás se estuviese burlando, y seguro como el infierno no lo entendía.
—Bueno, yo también puedo explicarme. —Él alzó las manos — Lo siento. Pero de donde yo provengo, la enfermedad elige a sus víctimas. No es culpa de nadie. No puedo comprender cómo es diferente en el caso de tu familia.
Sin embargo seguía rígida con la tensión, a continuación se frotó las sienes girando para alejarse, como si no pudiese soportar mirarlo.
—Yo asistía a la escuela como interna en Jacksonville. Mis padres no podían pagar la matrícula, y yo realmente no quería estar lejos de casa, pero insistieron porque querían que yo tuviera la mejor educación posible.

Obviamente, atrapada por los recuerdos, su voz adquirió un tono lejano, y se paseaba sin rumbo fijo en torno a él, deteniéndose para empujar una piedrecita con la punta del pie, luego, al pasar, tocar las hojas brillantes de una rama caída de laurel.
—Era una niña testaruda—, murmuró.
Nicholas sonrió con tristeza ante esa revelación, ya que no era nuevo para él. Era igual de terca como adulta. Nadie lo sabía mejor que él.
—Me molestaba que me mandaran a la escuela. Yo estaba terriblemente nostálgica durante la semana y cada fin de semana cuando mi padre venía a buscarme a casa para una visita, le rogaba para no volver. Él hacía oídos sordos, y yo crecí rebelde. Nada serio. Sólo tenía doce años, por lo que mis rebeliones eran suficientemente inofensivas.—Ella volvió a respirar hondo— Sólo que al final, no era tan inofensiva, después de todo.

Nicholas sintió la sensación de que se había perdido en el pasado y no quería arriesgarse a hablar.
—Había una familia que vivía en las afueras de Jacksonville que se apellidaban los Hobbs. El padre era un bebedor empedernido, y la madre tenía una desagradable reputación. Un día, cuando me escabullí de la academia, conocí a su hija, Trina, y nos hicimos amigas rápidamente. Cuando mis padres se enteraron de mi amistad y de mis escapadas, se preocuparon mucho y me prohibieron juntarme con ella. No porque fuese una mala niña, sino porque temían que pudieran llegar a hacerme daño. Su padre era famoso por sus borracheras.

Arrancó un puñado de hojas de laurel y cerró el puño, apretandolas. Cuando abrió de nuevo los dedos, su expresión revelaba un dolor que le corría por lo más profundo, Nicholas sufrió por ella.
—Resentida como estaba, yo no obedecí a mis padres y me reunía con Trina en cada oportunidad que tuve. Un día ella no estaba en el lugar donde solíamos jugar y fui a su casa para ver lo que la retenía. Uno de los niños menores abrió la puerta, y cuando entré, pude oler la enfermedad. Viendo en la mala situación que estaban, hice lo que pude para ayudar —levantó las manos en un gesto de impotencia— .Por desgracia, era demasiado inexperta para ser una enfermera, para reconocer los síntomas o para conocer el riesgo al que me estaba exponiendo. Unos días más tarde, Trina se recuperó, y ella y yo comenzamos a reunirnos en secreto otra vez.
Nicholas sentía lo que iba a venir.
—Cuando empecé a sentirme mal, ni siquiera pensé en esos pocos minutos que había pasado dentro de la casa de los Hobbs. Apenas estuve allí muy poco tiempo.
Se volvió mirándolo como si agonizara.
—Fue un viernes por la noche cuando la enfermedad dio la cara. Sólo al principio me sentía de mal humor y me sonrojé un poco. Papá vino a buscarme al internado, y me fui con él, sin imaginar que iba a traer a casa una enfermedad que casi  mata a mi hermano pequeño y a mi madre.
—Oh, Miley.
La luz de la luna se reflejaba en las lágrimas que brotaban de sus ojos.
—Todos en la academia, que no eran inmunes, se enfermaron también, y se llevaron la enfermedad a sus casas, con sus familias, también. El sarampión golpeó Jacksonville y Grants Pass con saña, respetando sólo a los que eran inmunes. No todos sufrieron efectos duraderos. Pero en mi familia la enfermedad fue devastadora.

Un nudo de emoción se formó en su garganta y Nicholas lo tragó. La sensación no desaparecía.
—Miley, es probable que esto hubiera ocurrido de todos modos. No se puede…
—Sí se puede. Fue culpa mía. Desobedecí a mis padres. Fui a la casa de Hobbs. Cogí el sarampión y lo llevé a mi casa y a toda la gente que me rodeaba. ¿Cómo no sentirme culpable por eso?
—Eras muy joven, no entendías aun el alcance de tus actos.
—Que se lo digan a Jason —replicó ella con voz trémula.—Era un niño brillante. Estaba aprendiendo a caminar cuando ocurrió. Después ni siquiera podía sostener la lengua dentro de su boca. Dile a Jason que no pretendía hacerle daño, Nicholas. Con mi obstinación, se destruyó su vida e hizo que mi madre se quedase ciega —ella dio un estridente grito agudo, una risa aguda…—Y lo que fue peor, por fin obtuve mi deseo. Después de eso, Papá ya no me envió a la escuela. Me alojé en casa para cuidar de mi madre y hermanos y hermanas, mientras trabajaba tratando de pagar todas las cuentas —su pequeño rostro se retorció por el dolor— y él murió tratando de pagar.
—Querido Dios, Miley. No fue tu culpa.
—Sí. Se mire por donde se mire, todo fue culpa mía. Los Hobbs no se mezclaban mucho con la gente del pueblo en Jacksonville. Si no hubiese sido por mi contacto con ellos, la enfermedad podría haber seguido su curso dentro de su familia, y no haber salido de las cuatro paredes de su cabaña.
—Eso es muy poco probable.
—    Sin embargo nunca lo sabremos, ¿verdad?
Empujó con enojo  un rizo rebelde que había caído sobre su frente. Entonces, como si una presa hubiese reventado en su interior, las palabras comenzaron a brotar.
—Sólo unos meses más tarde, papá se cayó de la torre. Nos quedamos sin dinero. Y mamá estaba ciega, no podía trabajar. Yo era la mayor y la responsabilidad de alimentar a mi familia me tocó a mí. Jason estaba enfermo y necesitaba un elixir especial para reconstituir su sistema. Era horriblemente caro. El doctor me dio varias botellas de forma gratuita, y varios de los vecinos nos compraron unas cuantas botellas después de eso. Para poner comida en la mesa, yo trabajaba lavando ropa y limpiando algunas casas. Por un tiempo sobrevivimos.

Nicholas se apartó de la roca. Durante semanas había estado tratando que desenterrara todo esto fuera, pero ahora que ella estaba dispuesta a contarle, deseaba casi que no tener que oírlo.
—Miley, cariño, las cosas suceden. Hay cosas que no podemos cambiar.
—Uno de las mejores clientes de la lavandería era la dueña del burdel —susurró apenas—. En la iglesia, aquel domingo, el Predicador Elías habló de las hermanas que caían en el pecado y de los fuegos ardientes de Satanás que envolvería a los incautos que se aventuraban cerca del establecimiento. Nunca me habían dado el trabajo de lavandera de allí porque tenía miedo de ir cerca. Pero un día en la calle, esta mujer maquillada me detuvo. Ella dijo que había oído acerca de mi servicio de lavandería y quería ser cliente. El trabajo que me dio significaba un aumento sustancial en mi capacidad de obtener ingresos, así que no me atreví a decir que no. A la semana siguiente, tenía miedo de llamar a la puerta de atrás para recoger la ropa de cama, pero necesitaba tanto el dinero, que me vi obligada a ello. La señora parecía una buena mujer, y cada vez que me veía, me decía que podía ganar mucho más dinero siendo amable con un caballero de lo que nunca podría hacer con la colada. Ella me dijo que me pusiese un vestido bonito y que le hiciese una visita cualquier sábado por la noche. Me prometió que conseguiría siete dólares por lo menos. Siete malditos dólares sonaban como una fortuna para mí.

Nicholas dio un paso hacia ella y luego vaciló. Se mantenía tan tensa que temía que pudiera romperse si la tocaba.
—Los vecinos no podían continuar ayudándome a comprar la medicina de Jason por mucho tiempo, y, finalmente, llegó el momento en que tuve que elegir entre poner comida sobre la mesa o mantenerlo abastecido con el elixir. Pocos días después de que dejó de tomarlo, él comenzó a perder fuerza, y poco después, empezó a enfermar. El doctor dijo que podía morir sin los reconstituyentes de la sangre —sus labios temblaban, torcidos en una sonrisa llena de lágrimas— yo sabía como podía conseguir siete dólares. Todo lo que tenía que hacer era ponerme un vestido bonito y ser amable con un caballero. Un sábado por la noche, fue lo que hice —ella hizo un gesto vago— yo. . .El caballero era muy educado y amable hasta que me subí con él. En el momento que me di cuenta de lo que significa ser “bonita”, lo que me suponía, ya era demasiado tarde. Había pagado a la dueña por mi compañía, y él no aceptaría un no por respuesta.
—Jesucristo.
Temblando violentamente, se abrazó a su cintura. A pesar que su mirada parecía estar fija en su rostro, Nicholas tenía la sensación de que ya no lo veía.
—Él pagó treinta dólares para ser el primero –susurró— las niñas inocentes se pagan caras en esos lugares. Y yo sólo obtendría la mitad del precio. Quince dólares enteros. Sólo que no pude recogerlo hasta la mañana. Cuando el caballero salió de la habitación, no me podía mover, y mucho menos levantarme. El segundo hombre encontró fácil tenerme, y así lo hizo el tercero. Dejé de contar entonces, y cerré mi mente a lo que estaba sucediendo. Al amanecer, conseguí veinte dólares por la molestia —ella soltó una risa que sonó histérica —después de todo eso, la señora me engañó. Se suponía que debía recibir la mitad de todo, y no importa cómo lo pensase, veinte no era suficiente.

Nicholas deseaba poder cerrar su mente. Mejor aún, le gustaría poder volver atrás en el tiempo y matar a los hijos de pu/ta con sus propias manos. ¿Qué tipo de monstruo podría usar a una niña de esa manera? ¿Qué tipo de mujer podría inducirla a una trampa?
—Un par de semanas más tarde, los veinte dólares se había acabado —dijo con voz hueca. Habíamos tenido crédito en la tienda, y me atrasé con el pago de la factura. La medicina de  Jason costaba muy cara. Antes de darme cuenta,  el elixir casi se había acabado. El precioso vestido que llevaba la primera vez se había arruinado del todo, pero no tenía otro. Cuando Jason comenzó a enfermar de nuevo, me lo puse y volví a ser amable con los caballeros. Tenía miedo, pero era eso o ver morir a mi hermano pequeño. Así que fui.

Nicholas tenía ganas de llorar por ella y por la niña que había sido una vez.
—Oh, cariño…
—No fue tan malo —le aseguró— .Mientras subía las escaleras con el cliente en primer lugar, ya no era tan ignorante como lo había sido la otra vez. Estaba muy asustada y me temblaban las rodillas. Para no echar a correr, pensé en mi papá. Durante el verano, los domingos siempre nos llevaba a un prado para hacer un picnic después de la iglesia. A mí siempre me encantó. Así me lo imaginaba cuando subía. Tan claro como una imagen en mi mente. Un escondite precioso dentro de mi cabeza, donde nada podía tocarme. Aquella noche no fue tan malo. Y la siguiente vez fue aún más fácil. Puse toda mi imaginación en los sueños de mi cabeza, en su mayoría de la pradera, pero a veces otras cosas. Muy pronto, esos lugares parecían tan reales, que no quería volver a salir de ellos y enfrentarme a la realidad. ¿No es eso una locura? Sólo quería permanecer en mis lugares secretos y pretender que nada de esto había pasado.
—¡No! —susurró Nicholas con voz ronca— tú no estás loca, cariño. Y doy gracias a Dios que pudieses encontrar una manera de ocultarte de todo aquello.
Ella parpadeó, como si le diesen una sacudida mental.

—De todos modos, tuve que regresar cada vez más veces, más noches. Mi familia me necesitaba.
—¿Cuánto tiempo trabajaste en el burdel en Grants Pass? —preguntó.
—Unos pocos meses. Porque yo vivía en constante temor de que mi familia pudiera conocer lo que estaba haciendo, con el tiempo llegué a Tierra de Jonas para trabajar con May Belle. He estado aquí durante casi ocho años, creo. Pero, ¿quién los ha contado?
—Yo los he contado —dijo en voz baja y cerró la distancia que quedaba entre ellos tomándola por los hombros. —Yo –repitió— y ojalá pudiera hacer retrasar el reloj, Miley. Ojalá pudiera volver el tiempo atrás y deshacer todo el daño que te han hecho.
—Nadie puede hacer eso —dijo ella con voz débil.
—No – admitió— pero puedo cambiar las cosas desde este momento, si sólo me das una oportunidad. ¿Vas a confiar en mí lo suficiente como para hacerlo?

Levantó la mirada hasta la de él. Al ver el dolor allí, fue un pequeño consuelo para Nicholas pues notó su conciencia también. La estaba tocando, y ella no estaba tratando de esconderse de él. El lugar secreto, de ella, dentro de su cabeza, la llamaba. Y tenía razón, todo aquello podía parecer una locura. Pero Nicholas sabía que también era la verdad absoluta.

Esta mujer que se llamaba a si misma una pu/ta, que ya no  creía en nada bueno de la vida, que iba a llegar a él, era todavía una niña, de alguna manera una niña pequeña, escondiéndose de la fealdad que su mente no podía aceptar. Sería su trabajo mostrarle que la fealdad puede ser algo indescriptiblemente hermoso, en los brazos del hombre adecuado.

Él era ese hombre. Se había sentido seguro de ello durante mucho tiempo, y todo lo que quedaba era convencer a Miley de eso mismo.
—Me gustaría confiar en ti, Nicholas  En verdad me gustaría —susurró.
Nicholas sonrió con tristeza.
—Entonces, ¿qué te detiene?
—Tengo miedo.
Le temblaba la voz en esa última palabra, lo que le dijo cuán horrible era en realidad el miedo que tenía dentro.
—¿De qué, Miley? —preguntó con suavidad— hasta ahora, había sido una noche de pura honestidad, y oró para que ella continuase en la misma línea. —¿De mí? ¿De que te toque?
—La parte emocional, sí.

Casi sonrió de nuevo. Su expresión dijo, más clara que las palabras, que el mero pensamiento de cualquier cosa física entre ellos la horrorizaba. Sólo que no era para sonreír. Nada de lo que le causó tanto dolor podía tomarse a la ligera, aunque él lo viera como un absurdo.
—Yo nunca haría algo que no te agradase  —le aseguró.
—No me gusta nada de eso.
—Ya veo —y así lo hizo con demasiada claridad. El problema era que Miley no lo hacía. —Miley, con el hombre adecuado, puede ser mágico.
Ella dio un ligero estremecimiento.


Magia en Ti - Cap: 23


Nicholas pasó el día siguiente agonizando sobre el descubrimiento que había hecho sobre Miley. A pesar que la vio a su regreso a Tierra de Jonas en la diligencia a finales de la tarde,  no la visitó en el salón esa noche. La dulce y encantadora chica venía en un paquete con otras ocho personas, y si se casara con ella, la naturaleza tenía que seguir su curso. Finalmente, algún día, los bebés llegarían. Antes de que se diera cuenta, tendría dos grandes familias que mantener. Eso fue un pensamiento aterrador. Es cierto que había hecho buen negocio en la madera. Ya era propietario de una extensión de tierra, y con lo que tenía en el banco en este momento, podría comprar un poco más. Cosechando con cuidado, los árboles le producirían un ingreso estable y respetable para los próximos años.

El problema era que había soñado con una fortuna, no un ingreso modesto. Sus sentimientos por Miley amenazaban sus sueños. Al final, Nicholas hizo lo que siempre había hecho cuando no le veía solución a un problema, llevó el asunto ante su padre. Sin mencionar nombres, explicó que había venido fijándose mucho en una mujer joven que tenía a ocho personas que dependían de ella.

Una mirada de complicidad asomó a los ojos de Cazador.
 — Esta joven mujer debe tener un buen trabajo, si gana lo suficiente para mantener a ocho personas.
—De todos modos —Nicholas terminó bruscamente— si me caso con ella, tendría que asumir la responsabilidad de su familia y al hacerlo, temo ver que todos mis sueños de construir un imperio de la madera se convierta en polvo.

Estaban sentados en un banco de arena de los bajíos Creek. La luz de la luna iluminaba  la noche, derramando en una niebla de plata sobre el torrente de agua y salpicando el susurro de las hojas de los árboles. En algún lugar de la oscuridad, un pájaro, perturbado en su descanso, chirrió frenéticamente, haciendo que Nicholas  se preguntara si un animal de presa había encontrado su nido. Era un mundo duro en el que vivían, pensó con tristeza. Los indefensos siempre serían las víctimas. Sus pensamientos se dirigieron a Miley, y un dolor hondo le dio de lleno. ¿Por qué no hay nada sencillo en la vida? ¿Por qué tenía que elegir entre sus sueños y la mujer que quería? No era justo. Simplemente no lo era, sin importar cómo lo mirase, ni justo para Miley ni para él.

Cazador sorprendió a Nicholas  aplastando a un mosquito. Después se frotó el músculo del hombro y sonrió, mostrando en la oscuridad unos dientes blancos.
—Ellos van a por este Comanche, ¿eh?
Nicholas palmeó a otro de los chupadores de sangre sobre sí mismo y se rió.
—A ellos también les gusta este Comanche.
Cazador movió los pies embutidos en mocasines y reposó  sus poderosos brazos sobre las rodillas. Nicholas asumió la misma posición, al igual que él, con sus piernas dobladas llegando tan alto como su padre y con sus brazos cruzados igual de bien musculados. Otra ola de tristeza se apoderó de él, porque cuando era niño había creído que cuando llegase a ser tan grande como su padre, iba a ser todopoderoso y omnisciente.

Desafortunadamente, ese no era el caso.
El silencio se estableció entre ellos, sólo interrumpido por los gorjeos ocasionales de las aves y el sonido del agua corriendo. Un olor a moho, moho del suelo boscoso y detrás de ellos flotaban en el aire de la noche húmeda para mezclarse con el olor fresco del verano y del renacimiento de la naturaleza. Nicholas respiró hondo, confortado por el sentido de atemporalidad. La tierra de Dios produce la vida en un ciclo sin fin, las cosas nacen, y mueren, y la vida misma es la respuesta. Hizo que sus propias preocupaciones pareciesen más pequeñas y menos importantes cuando las comparaba con el círculo de la vida misma.
Cuando Cazador finalmente habló, cómo acostumbraba, no dio una respuesta directa, sino que volvió con una pregunta.
—Cuando seas un maderero rico, hijo mío, ¿con quien vas a compartir la alegría?
Nicholas sonrió ligeramente. Confiaba en su padre para ir hacia un problema desde el lado equivocado.
—No he pensado en eso. Hasta que tenga la madera, es como poner el carro delante del caballo, ¿no?
—¡Ah! — dijo Cazador— . Esa son algunas de las sabias palabras de tu madre, ¿no?
—Creo que se las he oído a ella, sí.
Cazador asintió con la cabeza.
—Ella es una mujer muy tonta a veces.
Nicholas arqueó una ceja. Nunca había oído a su padre  referirse a su madre como a alguien con falta de inteligencia.
—Vamos de nuevo.
—Su estupidez no es porque no tenga cerebro —prosiguió Cazador—, sino porque se crió con los tabeboh dentro de las paredes de madera, y a ella no se le enseñaron las verdades simples. Ignorancia, creo que ella lo llama. Yo lo llamo estupidez.
—Yo me crié dentro de las paredes de madera.
—Sí, y a veces eres bastante est/úpido.—Su padre se volvió a mirarlo, sus ojos azul oscuro casi negros en la oscuridad y pulidos como el azabache. —Si no tienes carro, ¿por qué necesitas un caballo para tirar de él?

Tomado por sorpresa, Nicholas, consideró unos segundos, y a continuación se echó a reír.
—En otras palabras, si no tengo a nadie con quien compartir todas mis riquezas, ¿para qué molestarse en conseguirlas?
Cazador se encogió de hombros.
—¿Vas a alejarte del verdadero amor para llenar tus bolsillos? Un día, tus bolsillos estarán llenos, pero tu corazón vacío. Las verdaderas riquezas en la vida son el amor y la alegría. Con esta mujer que tiene a ocho personas para alimentar tendrás mucho amor y mucha risa en tu hogar. Cuando vengan los bebés, el amor y la alegría se multiplicarán por cien. Vas a ser rico, más rico que si sólo piensas en lo material, y serás feliz. Un hombre feliz no tiene necesidad de dinero.
—El dinero es un mal necesario.
—Tener lo suficiente para sobrevivir es necesario. Más que eso no lo es. Sigue a tu corazón, Nicholas, no a est/úpidos sueños. Cuando llegue el invierno para el cabello y la sabiduría a tus ojos, el dinero no va a calmar tú soledad. La mujer que te ama lo hará.
—¿Por qué no puede un hombre tener tanto dinero como amor? —argumentó Nicholas.
—El amor nace desde un lugar oculto. No elegimos a la mujer, el lugar, o el tiempo. Aléjate de buscar sueños, y dale la oportunidad al amor, antes de que se haya perdido para ti, para siempre.
Nicholas suspiró.
—A veces, padre, eres un idealista incurable.
—¿Sólo a veces? Estoy decepcionado por escucharlo. Trato de serlo siempre.
Con esto, Cazador se puso en pie. Nicholas levantó la vista.
—¿Ya te vas? No hemos hecho más que empezar a hablar.
—He terminado. No tengo otras palabras dentro de mí.
Nicholas negó con la cabeza.
—Así como así, ¿has dicho tu frase, y ahora es mi problema?
—Es tu corazón y por lo tanto tu decisión. Tú debes llegar por ti mismo. Te puedo señalar el mapa, pero debes elegir el camino que vas a caminar. Apenas empieces, asegúrate de fijar tus ojos muy por delante de ti, hijo mío, y ver a dónde vas.
Las sombras se tragaron a Cazador cuando dio media vuelta y se alejó.

Al quedarse solo para tomar su decisión, Nicholas oscilaba, convencido por un momento de que debería elegir a Miley, y al siguiente estaba reacio a renunciar a sus sueños.

Luchando con sus emociones enredadas, evitó a Miley otro día completo, con la esperanza de que el problema y sus soluciones pudieran definirse más claramente para él,  necesitaba tiempo para pensar las cosas.
Mientras tanto, Miley creía que lo inevitable había ocurrido. Nicholas Jonas había recuperado sus sentidos. No había otra explicación. Era como May Belle siempre había dicho, una vez pu/ta, pu/ta para siempre. Miley lo había sabido desde el primer día. Durante un tiempo breve, Nicholas casi la había convencido de que podría tener una oportunidad para hacer otra cosa, y dejar atrás su vida como pros/tituta en Tierra de Jonas, la realidad dolía más de lo que quería admitir.

Tonto. Era muy tonto. Grabando corazones en retorcidos y viejos árboles. Paseando bajo la luz de la luna. Esas cosas no eran para ella. Ella había renunciado a toda esperanza cuando tenía trece años. ¿Por qué estaba triste por aquellas cosas, si para empezar, nunca había tenido derecho a ellas, nunca habían sido suyas? No tenía sentido, se aseguró. Ninguno en absoluto. Aun así,Miley se encontró sentada cerca de su ventana toda la mañana y la tarde, con la mirada fija en la casa de madera en el extremo de la ciudad. La casa de los Jonas. La casa de Nicholas  Se lo imaginó sentado con sus padres en el suave resplandor de la luz de la lámpara, la noche anterior, uniéndose a ellos para la cena en la mesa, y luego retirarse a una cómoda cama para dormir toda la noche bajo colchas de retazos de colores. Miley nunca había visto el interior de la casa, pero conociendo a Nicholas y a Índigo, dentro de su mente la había pintado de oro, un lugar donde había amor y calor en abundancia.

El dolor de la soledad interior de Miley era tan agudo, que casi se sentía enferma. En el desayuno había sido incapaz de tomar un solo bocado del huevo, y sólo mordisqueó el pan tostado. Incluso mucho más,  la comida le había hecho rebelarse el estómago. Penas de amor, se burlaba. Allí estaba, con veintidós años de edad y bebiendo los vientos por un hombre. En el almuerzo realizó un esfuerzo más, decidida a comer, pero sólo se las arregló para consumir alrededor de un tercio de lo que había en su plato.

Pocos minutos después de dejar la bandeja de los alimentos consumidos fuera de su puerta en el pasillo, May Belle le hizo una visita. Parecido a un barco a toda vela en su vestido blanco voluminoso, irrumpiendo en la habitación, trayendo consigo el aroma irresistible de las rosas, su perfume favorito.
—¿Te sientes mal?  — exigió saber — Gus dice que no has comido nada.

Miley le acercó la silla de la ventana y le indicó a May Belle que se uniese a ella en la mesa.
—Un poco enclenque, supongo. Principalmente sólo estoy un poco triste.
May Belle parecía aliviada.
—Gracias a Dios. Lo primero que piensas cuando una chica deja su comida es que está embarazada.
—Muérdete la lengua, —Miley se echó a reír y sacudió la cabeza — no esta chica. Siempre uso las esponjas empapadas en vinagre, nunca me olvido de lavarme, y me tomo una dosis nocturna de los polvos.
May Belle sonrió.
—Sí, pero incluso mis recursos no son seguros, cariño.
—Me han servido bien durante ocho años. En verdad, May Belle, estoy de mal humor. Ya  pasará.
—Si te sientes de mal humor. ¿Por qué no vas a visitar a Índigo? Sal de aquí por un tiempo. Te podría hacer mucho bien.
—He estado fuera todo el fin de semana.
May Belle reposicionó la peineta de carey en su pelo cobrizo, sus ojos azules cansados estaban llenos de preocupación.
—¿Está todo bien en casa? ¿Cómo lo esta haciendo Jason?
Miley suspiró.
—Lo está haciendo muy bien. El médico encontró un elixir nuevo para él. Es caro, pero mamá siente que realmente está mejorando, y Alaina ya comenzó a dárselo.
—¿Y los otros niños?

Miley se dio cuenta de lo sombrío que debía de ser su mirar y se dio una sacudida mental dura. Su camino había sido claro desde poco después del día que su padre murió, y estaba siendo completamente tonta por desear que las cosas hubieran sucedido de otra manera.
—Todo el mundo en casa está muy bien, May Belle—, aseguró a la mujer mayor con una sonrisa.—Estoy teniendo uno de esos días tontos, uno de esos de valla blanca. Todas los tenemos de vez en cuando, ¿no?
En el negocio, había un dicho una valla blanca al día una expresión utilizada por las prostitutas para describir el anhelo que a veces tenían por una familia y unos hijos propios y un hogar. La boca de May Belle se apretó.
—Jesús. Déjame adivinar. ¿Alto, moreno y apuesto, por lo que las mujeres abandonan todo por él, y caen como los árboles a sus pies?
Miley tiró un poco del encaje amarillento en sus puños.
—Est/úpida de mí, ¿no? Podría chasquear los dedos y tener a cualquier mujer que quisiera. Es una locura pensar que podría realmente enamorarse de mí.
—Es un Jonas. De tal palo, tal astilla.
Miley encontró con la mirada a su amiga.
—¿Y eso qué significa?
May Belle se encogió de hombros.
—Es la misma canción, pero con una melodía diferente. Siempre, siempre. Tal vez Nicholas es como él—. Sus ojos se suavizaron. —Cariño, ¿sabes? Siempre te he advertido que no te vayas a tragar cualquier mentira que te diga un hombre, la mayoría sólo quiere un rato gratis con una de nosotras. Y yo quería decir cada palabra que dije. Pero eso no quiere decir que no haya un buen hombre o dos por ahí. Si cualquier hombre en este lugar, es una persona recta, yo apostaría mi dinero a Cazador de Jonas. Nicholas,podría ser igual a él en eso.

El corazón de Miley se encogió.
—Él sabe de mi familia. No le he visto el pelo desde entonces.
May Belle parecía tener en cuenta eso.
—Quizás necesite tiempo hasta que po/nga las cosas ordenadas en su mente, ¿no te parece?
—Salió corriendo, más bien—.  Como ya no podían soportar estar mas tiempo quieta, Miley se puso en pie y comenzó a caminar—. ¡Oh, May Belle! Nadie en su sano juicio me querría. Yo soy una pu/ta. Y si sólo fuese eso, también está ahí mi familia. Las dos cosas combinadas son sólo un obstáculo demasiado grande.
—Vamos a ver. ¿Quién sabe? Tal vez Dios miró hacia abajo y dijo, Esa chica Miley, ella no pertenece a esa vida. Tal vez él está haciendo un milagro, ¿eh?
Tuvo miedo de creer en ello, aunque fuese por un momento, Miley sintió la amargura a su alrededor cubriéndola como una capa.
—Dios no hace milagros para las pu/tas, May Belle. Si crees en eso, porque no aceptas la propuesta de Shorty y manda al diablo este lugar.
—Hasta ahí quería yo llegar.
Luchando contra una oleada de náusea, Miley se abrazó a su cintura.
—No tengo cómo pagar para recomponer mi corazón roto — susurró miserablemente— Todo lo que quiero es el milagro de que Nicholas se mantenga alejado de mí. Él es como una poción mágica. Un sorbo y estoy bajo su hechizo. Caminar a su lado es buscarme problemas. Me hizo olvidar por unos minutos que  soy una fracasada.
                                                           **   
A la tarde siguiente, Miley abrió la puerta para responder a unos golpes rápidos y le encontró de pie, con dificultad para ver en el pasillo oscuro. Con un ojo, lo miró a través de la estrecha abertura, su corazón latió como el de una colegiala.
—Ya he visto tu cara — dijo en voz baja — .Conozco hasta tu nombre real. ¿Es realmente necesario hablar conmigo a través de la puerta medio cerrada?
Siempre consciente de que desde la planta baja alguien pudiese vislumbrar su rostro, si no tenía cuidado, Miley se apartó de la puerta para permitirle la entrada. Cuando  entró en la habitación y cerró la puerta detrás de él, se relajó un poco. Pero sólo un poco.
—¿Qué quieres, Nicholas?
En respuesta, se acercó a su cómoda y dejó caer una pila de monedas de oro. Ella no tenía necesidad de contarlos para saber que esa era la cantidad correcta. A medida que se volvió a mirarla, arqueó una ceja.
—Quiero lo mismo de ti que desde el principio.
Cruzándose de brazos, Miley giró de inmediato.
—Te pedí que te mantuvieses alejado de mí. Si quieres jugar, búscate a alguien que siga las reglas. Yo ya tengo suficientes problemas siguiendo las mías.
—Tus reglas apestan — disparó él—. De aquí en adelante, vas a comenzar a seguir un conjunto diferente, a saber, las mías.
—Vete —dijo con voz débil.
—Sólo si te vienes conmigo.
—No puedo hacer eso, y tú lo sabes. Tengo una familia que depende de mí. Yo…
—Deja que yo me preocupe por tu familia.
—¿Tú?
—Ese es el trabajo del marido.
Miley sólo podía mirarle, muy segura de que no había oído bien.
—Te vas a casar conmigo —añadió con dulzura.
—Podemos hacerlo hoy mismo, o lo puedes dejar para más adelante. No me importa. Pero a partir de este momento en adelante, ya no venderás tu cuerpo en este infierno para apoyar a tu familia. Sin porqués y sin peros.
Con la columna rígida, Miley se obligó a cumplir con su mirada.
—¿Por quién me tomas, por una tonta? Desde que conociste a mi familia, tu sombra no ha oscurecido mi puerta.
—Tu no tienes una puerta. Esa es una de las cosas que tengo la intención de rectificar.
Ella optó por fingir que no había dicho eso.
—Ahora, aquí estás tú, de repente ¿exigiendo que me case?
—Eso es, correcto.
—Lo siento. Pero yo sé cómo termina siempre ese cuento de hadas.
            
Mirando a sus facciones oscuras, pensó que su herencia Comanche nunca había sido más evidente que ahora, en la forma en que estaba, en la fuerza tensa de su cuerpo, en la forma audaz que la miraba acusadoramente. No podía ignorar la vena salvaje en él, estaba dentro de su sangre. Ella no podía dejar de temer su lado salvaje, pero con su ímpetu, lo que él decidiera hacer en el fragor del momento actual, mañana, podría convertirse en cenizas en el viento.
—Tú puedes decir ahora mismo que lo que soy no te importa,— dijo suavemente — pero dentro de un tiempo, te despertarás a la realidad.
—¿La realidad es?
—¡¡Que soy una pu/ta!! —gritó con voz temblorosa— Una vez pu/ta, pu/ta para siempre, Nicholas.  Nada cambia eso. Te agradezco tu inclinación filantrópica, pero un día vendrá, cuando mires los rostros de otros hombres en esta ciudad y te preguntarás cuántos de ellos habrán estado con tu esposa. La respuesta probablemente serían docenas. Eso te comería por dentro, hasta que un día me mirarías a los ojos, y me detestarías.

Moviéndose tan rápido que no pudo reaccionar, cerró el espacio entre ellos y cogió con el puño la tela del corpiño de su vestido. Miley sintió la ira que emanaba de su cuerpo y sabía que estaba a escasos centímetros de desgarrar su ropa dejándola desnuda.
—¿Una vez que eres pu/ta, siempre serás pu/ta? ¿Eso está grabado en algún lugar de tu carne, Miley? ¿Una especie de tatuaje indeleble que las marca? Eso es mentira. Puedes salir de esta vida. Todo lo que tienes que hacer es darle la espalda a esto. Y, por Dios, eso es exactamente lo que vamos a hacer. En mi caso, como mi esposa. No habrá ninguna vuelta atrás, no por mi parte. Va en contra de todo lo que alguna vez me enseñaron.
Las lágrimas aguijonearon los ojos de Miley.
—Eres una mujer hermosa, eso es lo que eres,— le susurró con voz entrecortada. —Cualquier hombre se sentiría orgulloso de tenerte como su esposa, para tener a sus hijos.
—No—.Su protesta sonó casi imperceptible y trémula. —Nadie en su sano juicio, en todo caso.
—Lo haría, y en este caso, lo que siento yo es todo lo que cuenta.
—No. ¿Cómo yo me siento, cuenta también? No puedo jugar con la vida de ocho personas por tus bonitas promesas, no importa cuán sinceras sean, es posible que esas promesas sean sólo el ahora. Si yo dejara este trabajo, alguien más vendría para ocupar mi lugar. Si las cosas no funcionaran entre tú y yo, que probablemente sea que no, me tendría que ir a otro lugar para encontrar un sitio y luego construir una clientela totalmente nueva. Mientras tanto, mi familia tendría que sufrir las consecuencias. No puedo tomar ese riesgo, no importa lo mucho que lo quiera, ojalá pudiera.
—La vida está llena de riesgos, Miley. Tienes que confiar en mí.
Recordando su promesa reciente de no creer en sueños insensatos, dijo.
            
—No, no puedo confiar en ti, o en cualquier otra persona en este asunto. Y nunca lo haré. No puedo. Es una apuesta demasiado grande, y los riesgos son demasiado altos.
—Supongo que eso significa que tendré que probártelo, ¿no?
—¿Y cómo esperas lograr eso?
—Pasando tiempo contigo. Una vez que llegues a conocerme un poco mejor, te darás cuenta de que no hago promesas a menos que las pueda mantener. El único riesgo aquí,  está dentro de tu cabeza.
—No puedo pasar tanto tiempo contigo. Tengo un trabajo, ¿recuerdas?
Señaló con el pulgar hacia la cómoda.
—Esos cincuenta dólares cubren lo que ganarías esta noche. Coge tu sombrero. Vamos a dar un paseo.
Nunca en toda su vida Miley se había sentido tan mal por decir no, porque quería decir sí.
—No puedo hacer eso.
—¿Por qué no, por el infierno?
—El por qué ya te lo dije. Mi familia cuenta con el dinero que gano con este trabajo. Si te permito monopolizar mi tiempo, voy a perder todos los clientes habituales.
Ese brillo familiar de determinación surgió en los ojos de color azul oscuro.
—No pelees conmigo en esto, Miley. Si lo haces, no voy a jugar limpio, y al final, perderás.
—Cara o cruz, ese es tu juego, supongo. Yo sólo sé lo que debo hacer.
—Eso es discutible.
—A tu manera de pensar, tal vez. Pero eso no viene al caso.
—¿En serio? ¿Y si no estoy de acuerdo?
—Ese es tu problema.
—No, si yo elijo discutir mi caso en el salón de tu madre la próxima vez que regreses a casa para una visita.
Miley sintió que la sangre subía a su rostro.
—No lo harías.
—Pruébame.
—Eso sería despreciable. Si se enterasen de la verdad, les rompería el corazón.
—Entonces dame el gusto para que no se sepa la verdad.
—En realidad, ¿vas a recurrir al chantaje para conseguir lo que quieres?
—Como ya has dicho, soy despreciable.
—¿Y en realidad crees que con este tipo de comportamiento, puedes ganarte mi confianza?
Su boca se elevó en una de sus sonrisas deslumbrantes.
—Eres todo un encanto de hombre, ¿no? —Inclinando su cabeza fuera del biombo, dijo: —Tráeme mi sombrero.