sábado, 7 de diciembre de 2013

Magia en Ti - Cap: 33


Vaya. . . Sonaba bastante simple. Sólo que para Nicholas no lo era. A medida que subía la escalera al altillo, pensó en un centenar de cosas que podría decirle a Miley y descartó todas ellas. La luz de la lámpara de la planta baja se filtraba por los escalones, creando  bandas oscuras contra ámbar reflejadas en el techo. Nicholas se detuvo cerca de la pared divisoria, recordando una y mil veces cuantas veces había entrado en esta habitación. Como un niño. Como un hombre joven. En todos los años, no había cambiado. Era su hogar, y siempre estaría en casa. La colcha de pachtwork. Las mantas de lana que su madre había trenzado. La barra para la ropa que colgaba en una esquina. No había nada elegante. Pero había una gran cantidad de amor, y eso hacía toda la diferencia. Su padre nunca sería un hombre rico. Pero había dado una riqueza a su familia más allá de toda comparación. Les había dado amor.

Moviéndose lentamente hacia la cama, Nicholas oyó los sollozos ahogados de Miley, y cada uno lo atravesó como un cuchillo. Una vez más, pensó en una docena o más de cosas que podría decirle. Que era un imb/écil. Que estaba arrepentido. Que nunca había querido hacerla daño. Pero cada vez que trataba de hablar, las palabras se convertían en una maraña y su lengua parecía de trapo. Quería que tuviera todas las cosas que la vida le había negado, y en su mente, ella se lo merecía. Los últimos nueve años podrían ser como una hoja de otoño, arrastrada por una fuerte brisa si ella se lo permitiese. ¿Por qué no podía dejarlo todo atrás, y empezar de nuevo?

Nadie podía caminar hacia adelante, sin caer, si continuamente miraba el camino que dejaba detrás.
La bondad y el amor eran mas fuertes que el pecado, y Dios era algo más que un ser que la enjuiciaría.  Pero no sabía cómo expresar esas convicciones.
No a alguien como Miley. Su padre siempre le había enseñado comparando entre la naturaleza y lo divino para darle cualquier razonamiento, pero dudaba que ella pudiese ver la importancia, si tratase de hacer lo mismo.
Nicholas había aprendido desde la infancia que todo tenía sus raíces en la mística. Para ella, el agua estaba mojada y corría cuesta abajo. Para él, no sólo sentía todo lo que existe, si no también el susurro de los grandes misterios y la sabiduría. Para ella, la luz del sol era bonita y cálida. Para él, era digno de adoración, el dador de la vida. Madre Luna, la Madre Tierra, las Cuatro Direcciones, el viento. Todos eran dioses de su padre. El horizonte, el amanecer de un nuevo día, la puesta del sol, la oscuridad. Esas cosas eran todo lo divino y se entrelazaban con la magia. No había ayer, sólo mañana.

Siempre tenías que fijar la mirada y caminar hacia adelante, nunca mirar hacia atrás.
Era la belleza en esos conceptos tan simples. Era la paz. Sólo cuando Nicholas pensó en transmitir sus creencias a alguien como Miley, ya no parecía tan simple. Se sintió demasiado culpable. No había horizonte por delante para ella, sólo otro día como el anterior, y una realidad de la que no podía ni sabía escapar.
¿Cómo podía escuchar una canción en el viento? Todo lo que hacía ella era para sobrevivir.
Al final, porque las palabras le fallaron, Nicholas hizo la única cosa que sabía hacer, y fue recogerla entre sus brazos. Esperaba que se resistiese. O peor aún, que lo atacase  con ira. Si lo hubiera hecho, no la culparía. Una boda. Aunque a Nicholas le pareció la cosa más natural del mundo, no lo era para ella.
Pero él no se había planteado la manera en que Miley pensaba. En su mente, ella no se merecía una boda. Era un alma perdida y sucia. Una mujer mancillada no podía usar el color blanco, y una vez sucia, no había manera ya de que pudiese quedar limpia.

Los sollozos sacudieron todo su cuerpo. Cuando Nicholas cerró los brazos a su alrededor, la magnitud de su dolor se apoderó de él. Cuando no trató de soltarse y se aferró a su cuello con desespero, las lágrimas picaron tras sus ojos.
—Estoy… lo…lo siento —acertó a susurrar—. Tus padres… Yo…estoy tan triste. Eso fue imperdonable, grosero por mi parte, yéndome así… Ahora me van a odiar, seguro.
—Oh, no, Miley, yo soy el que lo siente.
Nicholas apretó su abrazo, un poco sorprendido cuando ella se acomodó, presionándose cerca de su calidez como un niño abandonado. Apretó la cara en la curva de su hombro y respiró el aroma de la lavanda que había llegado a asociar sólo con esta mujer. Se le ocurrió que esta era la primera vez, además del más breve de los toques, abrazos frecuentes, y el fiasco en el porche delantero aquella tarde, que en realidad la había abrazado. Y se sentía como se imaginaba que el cielo se pudiese sentir. Perfecto. Tenía toda la razón.

Nicholas tenía en la punta de la lengua decirle que se había equivocado al sugerir que tuviesen una boda formal en una iglesia, cuando se le ocurrió mirar hacia arriba y ver las estrellas más allá de la ventana. Al igual que un millón de brillantes diamantes repartidos por todo el terciopelo azul oscuro, que le guiñaban los ojos y brillaban, cada una rodeada por una nube plateada que le hizo pensar en el pelo de Miley encendido a la luz del sol.
Maldita sea. Si alguna mujer joven en la tierra merecía una boda hermosa, esta era Miley. Si tan sólo pudiera hacerle creer en eso.
Deseando tener las estrellas. Buscando un arco iris. Sueños tontos. Nicholas la meció y le alisó el pelo, con la mirada fija en los cielos. Esas estrellas eran reales.
Todo lo que tenía que hacer era mirar hacia arriba, y podría deleitarse con su brillantez. La realidad no era triste y aburrida y sin esperanza. Fue lo que hizo.
Meciéndola suavemente, Nicholas mantuvo la mirada fija en las estrellas y comenzó a hablar. Le contó historias de su infancia, las historias que los Comanches habían transmitido de generación en generación. Llegaron a su lengua con facilidad, cada detalle, cada palabra grabada en su mente, porque su padre se las había repetido muchas veces. Después de un rato, Nicholas no estaba seguro de lo que estaba diciendo, o si sonaba est/úpido o tonto. La verdad era que no le importaba. Lo que importaba, lo único que importaba, era alguna forma de distraer a Miley y aliviar su dolor.

Finalmente, la tensión comenzó a salir de su cuerpo, y sus sollozos se convirtieron en el ritmo suave de la respiración en contra de su camisa. Nicholas miró hacia abajo y vio que su mirada estaba fija en la ventana, su expresión entre aturdida y soñolienta. Por un instante terrible, pensó que se había escapado a ese lugar escondido en su interior que  le había contado. Pero entonces vio la mirada cambiar a otro punto de la luz estelar, y supo que estaba todavía con él.

Aún con él. . . Sin embargo, flotando en sueños. No sueños secretos dentro de su mente, si no los sueños que con voz suave le susurraba, historias que eran una parte intrínseca de la fantasía, sino también su herencia. La tranquilidad se posó sobre Nicholas.  Los lugares de ensueño podrían convertirse en su terreno común. De ellos  Miley entendía mucho.
Había estado escapando allí durante años. ¿Por qué no podía borrar la línea que ella había trazado entre este mundo y sus fantasías creadas en su mente? Después de todo, había estado caminando entre dos mundos durante toda su vida.
—¿Miley?
Se movió un poco.
—¿Hum?
—Háblame de tus imágenes de ensueño —pidió con voz ronca—. Compártelo conmigo.
Ella se quedó sin aliento y se estremeció con un suspiro de cansancio. Un sollozo casi asomó, lo había adivinado, pero perdió su fuerza. Acariciándola con una mano arriba y abajo de su brazo, la quería obligar a que atendiese su solicitud. Un puñado de sus sueños, era todo lo que quería. Todo lo que necesitaba. No era mucho pedir, pero sentía que para él, era todo. Pero describir los lugares a los que se escapaba, quizás disminuyera su magia y pasase a ser menos sacrosanto. Una vez que lo hiciese, ya no sería la completa dueña de ese lugar, y ya no podría esconderse completamente allí.
Con una voz temblorosa apenas un susurro, dijo finalmente.
—Tengo un montón de lugares de ensueño, pero al que me voy más a menudo es un prado lleno de margaritas.
Nicholas cerró los ojos en eso. Un prado lleno de margaritas. Habló de la luz del sol brillando a través de las gotas de rocío, de la hierba alta susurrando en la brisa, del agua corriendo  por las cascadas de piedras, de las esencias florales tan dulces, que lo único que quería era abrir los brazos de par en par y respirarlo. Era un lugar mágico, le susurró, donde nadie podía seguirla, en el que nadie podía tocarla, donde no había fealdad. Era su lugar. Suyo solo, esperando siempre allí dentro de su mente cuando ella lo necesitaba para separarse de lo que estaba sucediendo a su alrededor.
—Papá nos llevaba a un prado igual que el de mi sueño —admitió—. Los ratos que pasábamos allí eran siempre tan felices. Me lo imagino a él a veces cuando voy. Él y mamá, y todos nosotros cómo niños. Antes de que Jason pasase el sarampión, antes de que ella se quedase ciega, antes de caer desde el campanario. El prado que imagino dentro de mi cabeza parece tan real para mí. A veces… —Arrastró una respiración entrecortada—. A veces me quiero quedar y seguir adelante a partir de ahí. Si pudiera, lo haría todo diferente. Lo haría todo bien y obedecería a mis padres. Nadie volvería a contraer el sarampión. Papá nunca moriría. Me gustaría hacer que todo sucediese de la forma en que debería haber ocurrido. Yo nunca haría las cosas mal, ya no haría daño a todas las personas que quiero.
En su lugar de ensueño, las cosas podrían ocurrir de la manera que ella deseaba desesperadamente que fueran, se dio cuenta. Nicholas sentía como si estuviera mirando a través del ojo de la cerradura dentro de su alma, y no estaba contento con lo que veía allí. La culpa. Un sentimiento de culpa terrible y abrumadora, que estaba empezando a sospechar había sido cuidadosamente cultivado. La idea le hizo sentirse mal.
—Bueno —dijo en voz baja—. Espero que nunca sigas adelante con la idea de permanecer allí. Te echaría muchísimo de menos.

Lo había pensado y dicho como una broma. Sin embargo, ella se movió como si la hiciese sentirse incómoda.
—¿Qué?
Ella sacudió la cabeza ligeramente.
—Nada. Es una tontería.
—Nada de lo que creas que es una tontería, lo es para mí.
—Es sólo que… —Movió sus manos sobre la colcha, con los dedos nerviosamente y estrujó los flecos de lana—. El día de hoy, me fui allí cuando yo no tenía la intención de hacerlo, y si May Belle no hubiese llegado y me hubiese agarrado y sacudido, yo… —Ella movió negativamente la cabeza otra vez—. Es una tontería.
Un escalofrío recorrió a lo largo de la columna vertebral de Nicholas.
—¿Qué pasó?
—Sólo que la sensación que tuve de que estaba en la pradera era tan real. Que era más real que mi vida misma, y que me podría haber quedado allí si yo quisiese.
—¿Sólo por May Belle no llegó a pasar?
—Más o menos. ¿Ya sabes cómo la mente se distrae a veces, cuando alguien está hablando con uno? Y, ¿de repente, se habla más fuerte o algo así y parece el tirón que te trae de vuelta? Así fue. Ella me llamaba, y cuando me volví a mirar, me tocó. De alguna manera me asusté. Creo que estuve a punto de perderme en ese país.

Nicholas no le gustaba el sonido de eso en absoluto. Lo cual era una razón más para crear un nuevo lugar de ensueño, uno donde anclarse en la realidad, aquí junto a él.
—Si te gusta tanto, ¿por qué te habría de asustar?
—Debido a que me necesitan aquí —Arqueó el cuello dándole un aspecto un poco exasperado—. No estoy loca, Nicholas. Sé que el prado no es real. No puedo ir allí y hacer retroceder el reloj. Lo que pasó,  pasó, y mi familia cuenta conmigo. Es sólo. . . así, como un deseo. Me gustaría poder ir allí y cambiar todo. Pero sé que no puedo.
—¿Escuchaste la llamada de May Belle?
—Sí. Cuando estoy en los lugares de mis sueños, todavía puedo oír a la gente hablando aquí. —Tenía la boca apretada—. Si ellos están diciendo cosas feas, yo tengo que crear nuevos acontecimientos en el sueño y así hacer cómo que mi familia las está diciendo.
Con un nudo en el corazón, Nicholas le susurró,
—¿Cuándo la gente te dice cosas feas?
Sus dedos se apretaron con más urgencia en la colcha.
—Los hombres.
Nicholas cerró los ojos.
— A veces dicen cosas feas, y cuando no puedo cerrar los oídos, sólo pretendo que las palabras están inmersas en mis sueños por lo que ya no suenan feas nunca más.

Tratando de ocultar el temblor de sus manos, Nicholas cruzó los brazos sobre su pecho y le frotó los hombros. Aunque fuese lo último que hiciese, nunca tendría que volver a fingir eso, nunca volvería a escuchar una fealdad más en su vida de nuevo.
—Nunca te vayas y me dejes aquí —susurró antes de que ella pensara. Una vez que las palabras salieron, se dio cuenta de que realmente tenía miedo de que hiciese precisamente eso.
No le gustaba la idea de que la pradera apareciese, cuando ella no la había conjurado.
—¿Me lo prometes, Miley? ¿Que nunca huirás de mí al prado para no volver?
Le frotó la sien contra su mandíbula.
—Sólo ocurrió una vez. Había ido a ver al Dr. Yost y estaba mirando las perchas, pensando en lo que iba a tener que hacer. Tenía miedo. Así que estaba muy asustada. Y triste porque sabía que no me querrías más cuando te dijera lo del bebé. Era como un sentimiento de soledad, terrible. Miré al dibujo del biombo y apenas, entré.
—¿El dibujo del biombo? —Nicholas no podía ver cómo se relacionaba.
—La margarita de la tela que lo forra, en mi habitación.
—Oh. —Apretó su abrazo sobre ella—. Si alguna vez te sientes sola y con miedo de nuevo, ¿me prometes una cosa?
—¿Qué?
—Que me buscarás, así yo haré que no sientas miedo ni soledad.
—Oh, Nicholas —dijo con voz trémula—. Nunca soñé entonces que te casarías conmigo de todos modos. Es por eso que me sentí tan sola. Pensé que me odiarías.
—Bueno, te has equivocado. Nunca podría odiarte. No importa lo que pase.
—Hay algunas cosas que un hombre no puede pasar por alto.
—¿Por qué estás tan preocupada? ¿Estás ciega y no puedes verlo? No tengo que pasar nada por alto.
Se quedaron en silencio por un tiempo. Mientras miraba las estrellas, Nicholas trató de pensar en una manera de abordar el tema de crear un sueño común para ambos. Ella había descrito su pradera de manera tan clara que casi podía verla. Lo que le rompió el corazón fue que había necesitado alguna vez un lugar donde esconderse. No podía empezar a imaginar el horror que debían haber sido sus noches, si la única forma posible que pudiera sobrevivir era separar su mente de su cuerpo.
—¿Sabes qué me gustaría? —le preguntó en voz baja—. Me gustaría crear un nuevo escondite, que nos perteneciese sólo a nosotros dos.
Ella suspiró y se frotó la mejilla en su camisa. Vio una sonrisa perpleja revolotear en su pequeña boca.
— ¿Un prado?
—No —dijo con seguridad—. El prado es tu lugar especial. Un nuevo lugar, que vamos a hacer sólo para nosotros. Y para nuestro bebé.
—En realidad, sin embargo, no es tu bebé.
—Ah, pero en nuestro lugar de ensueño, podemos hacer nuestras propias reglas, ¿no? Todo puede ser justo a la manera que queramos. Y yo quiero que sea mi bebé.
Ella suspiró.
—Oh, Nicholas  me gustaría que así fuera. Realmente, hubiera deseado que no me hubieses conocido así, sino como lo hace la gente común, y nos hubiésemos enamorado como tantos, y que yo no fuese así…
—En nuestro lugar de ensueño, podemos hacer realidad los deseos. Dime Miley, ¿quién quieres ser?
—¿Quieres decir que puedo ser quien yo quiera?
Nicholas sonrió ligeramente.
—Por supuesto. Es nuestro lugar de ensueño.
—Entonces yo sería… —Se interrumpió para reflexionar sobre la cuestión—. Supongo que tendría  el mismo nombre. Pero por lo demás, sería totalmente diferente. No tendría un pasado. No hubiera estado en el Lucky Nugget nunca. Me gustaría hacer borrón y cuenta nueva y ser capaz de empezar desde el principio.
Cambiando su peso en el otro brazo, Nicholas apoyó la barbilla sobre su cabeza y miró a las estrellas.
— ¿Entonces podríamos tener una boda?
Siguiendo en el juego, dijo:
—Oh, sí, una boda gloriosa. Incluso dejaría que tu madre pusiese cientos de perlitas en mi vestido.
—Supongo que las perlas no son tu mayor preocupación.
Ella se rió en voz baja.
—Las odio.
—Estaría decepcionada.
—Bueno, no podría estarlo, no en un lugar de ensueño.
Nicholas acarició la mejilla contra su pelo, recordando como había sido tocado por la luz del sol. Oro plagado de plata, tan brillante como las estrellas, sin embargo, el calor de su cuero cabelludo y con un olor que era únicamente Miley, una mezcla de piel recién lavada y de lavanda.
—Va a ser un lugar donde podemos hacer todo lo que queramos.
—Sí, cualquier cosa, —ella estuvo de acuerdo en sus sueños.
—¿Y vamos a ser intocables? ¿A nadie más que a nosotros le importará?
—Absolutamente.
—Dios, Miley, me gustaría realmente poder ir allí.
Por un momento, ella estuvo totalmente en silencio. Y luego dijo:
—Yo también.
La tensión se cerró alrededor de la garganta de Nicholas.
—Entonces vamos a hacerlo.
Se volvió para mirar hacia arriba. Volvió la cabeza hacia atrás para encontrarse con su mirada de desconcierto.
—No es un lugar real, —le recordó ella.
—Es tan real como tu prado.
—Pero mi… —Ella ladeo la cabeza con un ligero movimiento—. Mi prado no es real, tampoco.
—Pero fuiste allí.
—Bueno, sí, pero eso era…— se interrumpió y lo miró fijamente—. Esta conversación es una locura. ¿Te das cuenta de eso?. Estamos discutiendo sobre un lugar que no existe.
—Pero podría. En nuestras mentes. Miley, has estado escapando a la pradera durante casi nueve años. Si podías hacerlo sola, ¿por qué no podemos ir juntos, si es que es tan hermosa?
Su expresión de preocupación le hizo sonreír.
—Estas tomando todo demasiado en serio. ¿Te das cuenta de eso?  —preguntó Miley.
 —Es sólo un juego. ¿Qué daño puede hacernos imaginar?
—Ninguno, supongo.
—Pues imagina conmigo, —susurró—. Sólo por esta noche.
Él sonrió de nuevo y se encogió de hombros.
—Si es tan maravilloso, tal vez podamos hacerlo de nuevo en algún otro momento.
Sus brillantes ojos estaban  llenos de recelo.
—¿Hablas en broma?
—Mi madre le hizo a mi padre esa pregunta una vez. ¿Sabe cómo respondió? Dijo que lo que él quería de ella, podría tomarlo fácilmente. Sin necesidad de trucos. Corrígeme si me equivoco, pero creo que no lo necesita tampoco. —Él tocó la punta del dedo el frágil puente de su nariz. —¿Punto de partida?
—Sí,— respondió ella en voz baja. Sus ojos adquirieron un brillo malicioso—. Sin embargo, para permanecer en el lado seguro, en nuestro lugar de ensueño, quiero ser más fuerte que tú.
En ese momento, Nicholas casi se ahogó con la risa. Cuando pudo respirar, dijo,
—No iras a golpearme, ¿no?
—Sólo si lo necesitas, —admitió.
Se inclinó hacia ella considerándolo.
—¿Y bien?
—Bueno, ¿qué? —dijo Miley
—Vamos a ir.
Estaba claramente dudosa.
—Tenemos que soñar con un lugar dónde ir en primer lugar.
Pretendiendo tener en cuenta ese problema calló unos segundos. Luego se encogió de hombros.
—Puede ser aquí mismo.  —Indicó la habitación—. Es acogedora. Y mira las estrellas. Nada de lo que hayas  imaginado podría ser tan hermoso como eso.
Su mirada cambió a los cielos, y una sonrisa beatífica le tocó la boca.
—Tienes razón. El cielo es hermoso esta noche, ¿no?
—¿Lo suficientemente hermoso  para ser un lugar de ensueño?
—Mmm.
—Por lo tanto, estamos oficialmente de acuerdo, ¿no?
Ella soltó una risa suave.
—Nunca he tratado de ir a un lugar de ensueño con alguien. No estoy segura de que vaya a funcionar.
—Claro que sí. —Hizo chasquear los dedos—. Estamos ahí.
Ella sonrió de nuevo.
—Está bien. Estamos ahí.
Él adoraba su suavidad en el regazo.
—Desde que te conozco, sólo me ha dado esta noche, quiero disfrutar de ello cada minuto. Mi voto es que nos acostemos a mirar las estrellas y hablemos  hasta que nos durmamos.
Le apartó un mechón de cabello perdido en de la mejilla.
—¿Eso es todo? ¿Sólo quieres hablar? —preguntó con desconfianza. Nicholas levantó las manos.
—Si trato de hacer cualquier  otra cosa  puedes mandarme al infierno e irte a tu pradera.
Ella soltó una carcajada sorprendida.
—Estás loco, Nicholas Jonas.
Nicholas apoyó una rodilla en el borde del colchón y puso su otro pie en el suelo. Se arrodilló en la cama, mirándola cauteloso e incierto.
Poco a poco, para no asustarla, llegó hasta el botón en su cuello.
—Yo estoy loco, lo admito. Loco por ti, —dijo con voz ronca.—¿Qué te parece volverte loca conmigo?
—Creo que ambos lo estamos ya, sobre todo con toda esta tontería acerca de los lugares de ensueño.
Cuando le desabrochó el vestido, se inclinó a darle besos sobre su cara pequeña. Le gustaba su nariz, tan pequeña y de puente frágil. Y las cejas. Eran del color de la miel y arqueadas finamente. Había soñado con acariciar sus formas más de un centenar de veces y lo hizo ahora, con la punta de la lengua. Sabía ligeramente a  sal y a piel femenina, tan dulce que podría haber felizmente lamido desde  la orilla de su cabello a los pies.

Cuando le sacó la blusa por los hombros, ella se estremeció un poco, y dado el calor de la noche, él sabía que no era por el frío.
—Nunca te va a doler, Miley, y si hago algo que no te gusta, simplemente me dices que pare.
Ligeramente, muy ligeramente, Nicholas perdía los dedos por sus brazos mientras bajaba las mangas. Ella se estremeció de nuevo, y él sonrió, mojándose los labios para dirigirse  a acariciar con la boca el punto en el que latía el pulso a lo largo de su esbelta garganta.

Falda, enaguas, calzones. Cuando la despojó de todas y cada una de las prendas y los  bajó sobre sus caderas, le mordisqueó suavemente en el cuello, en busca de todos aquellos lugares que por instinto sabía que iban a su favor. Ella suspiró y alzó la cabeza hacia atrás para dar mas cabida a sus labios. Por ese suspiro, Nicholas sabía que no había huido de él a su prado todavía.
Y a pesar de su necesidad dolorosa por ella, estaba decidido a no darle ninguna razón para hacerlo. En especial, no esta noche. Esta noche era para soñar juntos.
Era hora de tenerla en sus brazos, para contemplar las estrellas, con ella, para demostrar que por unos instantes, los sueños puede ser una realidad, y la realidad un sueño.
En cuanto a las maniobras tácticas, esta no fue la mejor que había hecho alguna vez con una mujer. Pero era todo lo que tenía. Sólo podía rezar a Dios para que  funcionase. Una vez que la hubo despojado de su camisa, Nicholas se bajó de la cama. Lo miró nerviosamente mientras se quitó las botas, luego la camisa. Prestando atención a la preocupación que vio en su expresión, optó por mantener sus jeans. Después de voltear de nuevo la colcha y empujarla un poco a ella entre las sábanas, se tendió a su lado sobre su espalda. Ella no se resistió cuando la cogió en el círculo de su brazo.
Por un momento, parecía incierta de dónde podía descansar la cabeza. Luego encontró el hueco de su hombro con la mejilla. El vientre de Nicholas se puso tenso cuando ella colocó una pequeña mano sobre su pecho desnudo. Cerró los ojos frente a una ola de fuego tan intensa que le dolió.
—Pensé que íbamos a contemplar las estrellas, —le recordó ella.
Abrió los ojos.
—Sí, las estrellas, —dijo con firmeza.
—¿Nicholas? … ¿Pasa algo malo?
—¿Qué si pasa algo malo? —Todo lo que tenía era un poco de su confianza, y un movimiento en falso podía alejarla de él. Soltó una risa baja, se centró en las estrellas, y oró para convertirse en un eunuco.


Magia en Ti - Cap: 34



Cuando Miley se despertó por la mañana, era bastante tarde y Nicholas se había ido. Vio la impresión que había dejado en la almohada, donde había descansado su cabeza, luego llevó su miraba soñolienta hacía la ventana por donde entraba el sol. Su posición en el cielo teñido de azul le dijo que eran casi las diez, una hora inusualmente tarde para despertar, incluso para ella.

Sus sentidos poco a poco se fueron agudizando. Miley miró a su alrededor. Las paredes de troncos emanaban la esencia del niño que había dormido en su interior durante muchos años. La ropa sobre la barra y las posesiones que ocupaban las estanterías mostraron el hombre en que se había convertido. Se fijó en la camisa turquesa que colgaba de una percha, recordando la noche en que lo había visto llevándola. Entonces había tenido tanto miedo de él. Ahora aun tenía miedo, pero de una manera totalmente diferente.



En el estante de encima de la barra de la ropa se apoyaba su sombrero negro. Debajo de todo estaban las botas PACS de leñador. Ahora mismo, Miley se dio cuenta que la ropa femenina colgaba en un extremo de la barra. Parpadeó e incorporándose sobre un codo miró la variedad de prendas. Como algo completamente frívolo, sus zapatillas de color rosa se asentaban junto a las PACS, y junto a ellos, estaban sus botas de cabritilla negra. Mientras ella dormía, él había deshecho el paquete de sus pertenencias y las había organizado, perfectamente junto a las suyas.

Como pensando que pertenecía a ese lugar. Como si siempre hubiese estado allí. Qué tonta se sentía, Miley se encontró deseando que ese fuese el caso. Quería todo esto. Y eso estaba mal. Abrazando la colcha sobre su pecho, Miley se sentó y puso los pies en el suelo. El estómago le dio un aviso en forma de náuseas, y tragó convulsamente. Aparte de unos cuantos combates con enfermedades infantiles, siempre había estado sana, y no estaba acostumbrada a sentirse mal.

Malditas náuseas matutinas. Se apretó la mano por encima de la cintura y, a pesar de las náuseas, sonrió débilmente. Un bebé. ¿Todas las mujeres se sentían tan incrédulas cómo ella cuando se enteraban que iban a ser madres? Para Miley, parecía imposible. Un bebé. Su propio bebé. Tantas veces, que había perdido la cuenta, había observado celosamente las mujeres embarazadas a pie por el paseo marítimo, convencida de que la maternidad era algo que ella nunca sería capaz de experimentar. Ahora no sólo estaba embarazada, si no que además, estaba casada.

Era demasiado bueno para ser verdad.

La sonrisa de Miley se desvaneció, y su estómago revuelto se tensó. Tenía miedo de creer que todo esto podía durar. En el instante en que empezó a permitirse pensar que 
Nicholas en verdad la amaba. En el mismo minuto en que ella comenzó a pensar que en realidad podrían ser capaces de construir una vida juntos, también empezó a temer que todo esto podía serle arrebatado. Todo ello. Algo siempre iba mal. Siempre había sido así.

—¿He oído movimiento allá arriba? —Loretta Jonas llamó en voz baja.

Miley casi se sobresaltó, sintiéndose algo culpable.

—Yo… hum… sí, me acabo de despertar.

—No te muevas, querida. Te subiré un poco de té. 
Nicholas dejó un orinal debajo de la cama para ti. Mientras termino algunas cosas, puedes atender tus necesidades. Estaré arriba en unos momentos.

Todavía sosteniéndose el estómago, Miley se inclinó para coger el orinal. ¿Té en la cama? No era una inválida. Tan pronto como pudiera se haría cargo de todo. Cuando Loretta subió la escalera del altillo, Miley estaba sentada con la espalda apoyada en las almohadas, el edredón sobre el pecho y cogido por debajo de sus brazos. Dándose un repaso con las manos en su cabello, tenía una sonrisa nerviosa para saludar a su nueva suegra. Escuchó el sonido de sus zapatos en los peldaños de la escalera, ella era como su hijo, de pie firme. Miley se veía incapaz de subir por aquella empinada escalera, con ambas manos ocupadas.

Loretta entró, pasando el muro divisorio, sus faldas de percal almidonadas eran un torbellino de energía. Las hebillas de sus zapatos brillaban con cada uno de sus pasos.

Llevaba en perfecto equilibrio dos delicadas tazas de porcelana sobre sus platitos, emanaban aroma y un suave vapor flotante. Echando un vistazo a Miley, hizo con los labios una mueca.

—¡Ah, querida, estás verde! —Sus ojos azules se llenaron con simpatía, se sentó con cuidado en el borde de la cama—. Bueno, no te preocupes, veremos que en breve te encontrarás tan bien como todo el mundo.

Miley aceptó su taza y cuando lo hizo, se dio cuenta que había dos rebanadas finas de pan tostado en el borde acanalado del platillo.

—Lo siento, me dormí muy tarde.

—Tonterías. Estoy segura de que estás hecha a dormir más. Estás acostumbrada a tener otro horario, seguramente hasta muy entrada la noche, simplemente. Cuando el tiempo vaya pasando, te volverás a ajustar.

Miley le dirigió una mirada de asombro, pero Loretta estaba ocupada en un poco de café derramado en el platillo y no se dio cuenta.

Nicholas y Cazador se acercarán al Saloon para traer el resto de tus pertenencias. —Sonrió con complicidad mientras sostuvo su taza en alto y vertió el café caído de vuelta a la taza, antes de tomar un delicado sorbo—. Nunca me has visto hacer esto, ¿me oyes?

Miley sonrió conspiradoramente. Verter el café del platito a la taza, no era exactamente una conducta escandalosa.

—Tu secreto está a salvo, —dijo en voz baja mientras tomaba un sorbo de té. Secretamente deseaba café, pero dudaba de que aguantara en su estómago revuelto—. Su porcelana china es una maravilla.

—Directamente traída de Boston, —dijo con orgullo—. Igual que mi piano. Los enviaron en barco, rodeando el Cabo de Hornos. —Sus ojos se entibiaron con los recuerdos.

—Inmediatamente después de su primera huelga de oro, Cazador me compró el piano Chickering, toda la vajilla y los cristales para todas mis ventanas. De eso, querida, hace ahora más de veinte años. Dios mío, cómo pasa el tiempo. —Miró a través de la ventana—. Cazador me lo trajo todo aquí, desde Jacksonville en una carreta. Todo llegó bien, excepto la azucarera.

Era inconfundible cómo el amor suavizó los rasgos de Loretta, cuando habló de su marido. La garganta de Miley se apretó con una emoción indefinible.

Sospechó que era envidia. Qué maravilloso debía ser amar, y ser amada por un hombre como Cazador de Jonas, que le había dado dos hijos y los había criado junto a ella hasta que fueron mayores en aquella acogedora casa de madera. Sus pensamientos se fueron inmediatamente a 
Nicholas  que era la imagen de su padre. ¡Oh, cómo deseaba Miley que este niño que llevaba fuese suyo, que un día todo el mundo comentara sobre lo mucho que se parecía a su padre!

—En cuanto empezamos a desempaquetar la vajilla, 
Nicholas Kelly rompió un plato, —agregó Loretta con una sonrisa—. A día de hoy, me hubiese gustado poder capturar la expresión que cruzó el rostro de Cazador. Después de todo el cuidado que puso en traerlos, y ver la porcelana rota y dispersa por todos los lados alrededor de sus pies.

—Estoy sorprendido de que 
Nicholas sobreviviese con su piel intacta, —murmuró Miley.

Loretta sonrió.

—Oh, Cazador nunca castigó a los niños, al menos no físicamente.

Miley no pudo ocultar su incredulidad.

—¿Nunca? Entonces, ¿cómo les disciplinaba?

—De la misma manera que lo hará  
Nicholas con éste bebé. —Volviendo la taza a su platillo, Loretta se inclinó hacia delante para acariciar la colcha sobre la barriga de Miley_—. Con una mirada, nada más. —Ella se encogió de hombros—. Bueno, a veces le seguía con una charla. A Cazador siempre le ha gustado hablarle a sus hijos.

—¿Una mirada y una charla? Eso no puede haber sido muy eficaz con niños pequeños.

—Es muy efectivo, en realidad. —Loretta se encontró con la mirada de Miley—. Los niños son más perceptivos de lo que pensamos. 
Nicholas e Índigo siempre supieron cuando su padre estaba decepcionado con ellos, y eso era suficiente castigo. Incluso cuando eran pequeños. —Soltó una carcajada que parecía una campanilla—. No creo que entendiesen la mayor parte de las elocuentes conferencias de Cazador. Pero éstas parecían hacer llegar el mensaje. Una cosa buena acerca de los comanches es que tienden a comunicarse con sus manos y las expresiones faciales tanto como con palabras. Ya verás a lo que me refiero, cuando le veas hablar en algún momento. Entonces comprenderás lo que quiero decir.

Haciendo memoria, Miley recordó momentos en los que tanto 
Nicholas como Índigo le había transmitido sus emociones con gestos, así como hablándole.

—Creo que sé lo que quieres decir.

Loretta apretó la mano en un puño y se lo puso sobre el pecho. Imitando a su esposo, dijo:

—Mi corazón está puesto sobre la tierra.

Miley se rió. Riendo con ella, Loretta dijo:
—¿Lo ves? Al decirle eso a un niño travieso, entienden que han hecho algo malo…— simuló un tono de voz grave— ¡Me hace sentir muy triste!

Miley volvió a reír. En su imaginación, no había esperado que su suegra fuese tan cálida y amable con ella. La creía una mujer más sobria. Equilibró la taza y el platillo con una mano, y peinó tímidamente los flecos de lana. Un largo silencio cayó sobre ambas. Mirando hacia arriba, Miley dijo.

—Señora Jonas, quiero darle las gracias por hacerme sentir tan bienvenida.

—¿Señora Jonas? Por favor, Miley. Me haces sentir tan vieja como Matusalén. Llámame mamá, o, si no, Loretta.

¿Mamá? Miley no era tan atrevida.

—Loretta, entonces. Gracias. —Tragó saliva y respiró hondo—. Pese a que 
Nicholas me asegura que no es así, estoy segura que ustedes deben de tener un poco de resentimiento hacia mí. Gracias por no demostrármelo.

Los ojos azules de Loretta se ensombrecieron.

—¿Qué resentimiento, Miley? ¿Por qué, por todos los cielos, íbamos a estar molestos?

—Bueno, porque, yo no puedo ayudarla, pero… —Miley perdió el fleco que acariciaba nerviosamente y su mano chocó contra el plato de porcelana china ruidosamente. Tanto ella como Loretta llevaron la mano disparadas para sostener la tacita. Sus dedos se rozaron, y en el contacto, Loretta agarró tibiamente la mano de Miley. Queriendo terminar con la frase que había empezado, antes de no ser capaz, prosiguió—. Ustedes saben quien soy. Saben lo que soy. Y que mi bebé no es hijo de 
Nicholas.  Han sido tan amables, que yo sólo quiero que sepan que…

Loretta apretó los dedos de Miley.

—Silencio, —dijo en voz baja pero con imperativo maternal— .Eso es lo último que quiero oír en esta conversación.

Ella soltó los dedos de Miley para recoger las rebanadas caídas de pan tostado. Dulcificando su voz, prosiguió.

—Eres la esposa de mi hijo. Estás esperando a mi tercer nieto. Nadie dirá lo contrario, no en mi presencia. Eso, mi querida niña, si que me molestaría, y de todo corazón. Cuando te casaste con mi hijo, todo lo pasado, quedó atrás.

—Pero yo…

—Nada de peros.

—Pero…

—¡Nada de peros! —Había chispas de indignación en los grandes ojos azules de Loretta.—Nadie hablará mal de uno de los míos. Eso te incluye a ti. En el instante en que te casaste con 
Nicholas te convertiste en mi hija, y cualquiera que diga algo contra ti en mi presencia va ha tener serios problemas.

Miley sólo podía mirarla. Por mucho que lo intentara, no podía ver falsedad en las expresiones de su suegra. Tan imposible como parecía, realmente lo decía en serio.

Tan pronto como mostró ira, Loretta suavizó su expresión.

—Ahora, tómate el té, y cómete las tostadas… Si este bebé se parece en algo a su papá, vas a necesitar poner algo en su estómago antes de levantarte y empezar a moverte. Cuando yo estaba esperando, eso pareció ayudarme en todo caso.

Miley obediente, tomó una rebanada de pan y le dió un mordisco. Para su sorpresa, su estómago, ya un poco aliviado por el jengibre, acogió muy bien un poco de comida.

—Creo que ya estoy sintiéndome mejor, —admitió.

—¿Estás viendo? ¡Mejor!. Tal vez hoy te sentirás bien para ver algún patrón para tu vestido. Tenemos que decidir sobre el estilo.

Miley casi se atragantó con el pan.

—¿Mi vestido?

—Para la boda.

—Sin embargo, 
Nicholas y yo…aun no…Pensé que…—Miley se interrumpió, con sentimiento de impotencia.

—Miley, toda mujer debe tener una boda hermosa—. Loretta le recordó amablemente. —
Nicholas nos contó tus preocupaciones esta mañana. Pero Cazador siente que tus temores son infundados. Hum… Él… —Hizo un gesto con la mano—. ¿Cómo puedo explicarlo para que comprendas a Cazador? Para él, son muy importantes las ceremonias, supongo que debido a su educación y sus costumbres… Y él insiste en que haya una ceremonia religiosa. Simple, si lo prefieres, pero una ceremonia para conmemorar el día, sin embargo, en la iglesia de tu elección. Puesto que vamos a tener una ceremonia, también podemos tener un vestido. ¿No te parece?

Miley tenía ganas de gritar que Cazador de Jonas no tenía nada que decir al respecto. La decisión era de 
Nicholas y de ella, era su vida. Evidentemente, sus pensamientos debieron salirle a la cara, puesto que Loretta pareció angustiarse. Miró hacia el techo por un momento.

—Oh, Miley. Cuando 
Nicholas habló con nosotros, entendí de verdad como te debes sentir. Pero, —Ella la miró a los ojos— Cazador simplemente no puede concebir ese tipo de pensamiento. Para él, no hay día de ayer. ¿Tiene esto algún sentido para ti?

Si oía esa expresión una vez más, Miley pensó que gritaría. No hay ayer. Era el dicho favorito de 
Nicholas  y estaba claro de donde la había sacado.

—En cualquier caso, —fue Loretta— en la estructura de la familia comanche, el padre tiene la última palabra. Cazador muy rara vez juega a ser autócrata, pero no cambiará de idea sobre esto. 
Nicholas no tiene más remedio que cumplir sus deseos, y como su esposa, tú también lo harás. Las cosas son simplemente así.

Miley miró a su té.

—Tal vez si lo discutieses con Cazador, —sugirió Loretta—. Sólo tienes que hablarle claro y decirle que a pesar de todo no quieres una boda. Podría aceptarlo si pudiera entender mejor cómo te sientes. 
Nicholas y yo ya lo hemos intentado, pero parece que le hablamos en griego. Él sólo nos mira como si… bueno, está claro que no puede entender cuál es el problema.

Miley no tenía la menor intención de enfrentarse a su suegro por la boda o por cualquier otra cosa. Por un lado, el hombre era intimidante. Por otro, era el trabajo de 
Nicholas mediar con su familia, no el de ella. Tenía la intención de hablar con Nicholas de esto a la primera oportunidad. La idea de que un hombre adulto como Nicholas tenía que obedecer a su padre, le parecía absurdo.

—Voy a hablar con 
Nicholas, —dijo Miley.

—¿Y con Cazador?

Nunca. Sin embargo, Miley no estaba dispuesto a decir lo mismo.

—Oh, Miley. Una boda, la verdad, es que no puede ser tan malo. Podríamos hacerla en Grants Pass, donde habrá menos posibilidades de que alguien te reconozca. Y con sólo la familia allí, ¿que puede salir mal?

Todo. Todo podía salir mal. Sin embargo, por su vida, Miley no sabía cómo poner en palabras todos sus temores.

Loretta le dio una palmadita amable en la pierna a Miley cuando se puso de pie.

—Termina el té, amor. Creo que Índigo vendrá en un rato. Vamos a tener un almuerzo muy agradable cuando te vistas y bajes. He cocinado algo suave, adecuado para tu estómago revuelto, ¿De acuerdo?

Con eso, salió de la habitación.

Miley quedó mirando detrás de ella. Una boda. En el fondo, la sola idea de que realmente podría tener una boda la llenó de una oleada de placer. Pero se apresuró a regresar a la tierra. A pesar de que nadie en Grants Pass sospechaba la verdad sobre su profesión y que probablemente podría llegar a tener una boda en la iglesia de lujo, vestida de blanco, ella sabría la verdad. Ni siquiera se podía imaginar caminando por el pasillo vestida de blanco puro. Sería una burla y una mentira. Dios seguramente la castigaría con la muerte, si se atreviese.

Miley necesitaba tiempo a solas. A pesar de que esperaban a Índigo, se disculpó con Loretta y escapó de la casa. Sus pasos la llevaron hasta el arroyo. En lugar de sentarse, optó por caminar nerviosamente por la orilla, en busca de lugares familiares de cuando había venido con 
Nicholas o Índigo.

El ejercicio no ayudó a calmarla. Su piel se sentía espinosa, y los ruidos inesperados hacían saltar sus nervios. Tenía un dolor sordo por detrás de los ojos que no podía calmar, y tenía una sensación de pesadez en el pecho que sabía era por las lágrimas no derramadas.

¿Por qué no podían entender cómo se sentía? La pregunta hizo a Miley aumentar su ritmo, ya que cuando lo pensaba, tampoco estaba segura de comprenderse a si misma. Entró en pánico. Así es como se sentía. Al igual que un animal indefenso atrapado en una jaula, mientras que la gente metía palos en ella.

Una comparación loca. Pero era la forma en que se sentía. Sobresaltada, con miedo. Convencida de que algo horrible iba a suceder. Quería correr, sólo que no había donde ir. Quería rezar, pero no podía pensar en ninguna oración, y no estaba segura de que Dios la escuchara, incluso aunque rezase hasta caer exhausta.

No se trataba sólo de la boda. Miley no estaba segura de por qué estaba tan molesta. Solo que tenía una sensación de fatalidad que no podía olvidar.

Todo era claro y fácil. 
Nicholas la amaba. Él había insistido en que se casaran. Su familia era una maravilla. Ella iba a tener un bebé. El pasado no existía. Su familia estaría bien atendida. Era un sueño perfecto. Y ella sabía que no podía durar.

***

En el momento que 
Nicholas se enteró que Miley había salido de la casa, se fue a buscarla. A pesar de que había caminado por la orilla rocosa quebrada, su habilidad rastreando la llevó hacia ella. Fue por detrás, moviéndose tan rápido como su ojo podría encontrar el camino. Se sentía preocupado. Sabía que su madre le había dicho a Miley que su padre insistía en celebrar una boda por la iglesia. Ese era uno de los problemas de tener familia, no ser capaz de controlar sus bocas. Miley no estaba preparada para hacer frente a todo esto todavía. Nicholas quería ir poco a poco, pero las cosas parecían estar precipitándose.



Mientras la seguía, jugó con la idea de irse ambos de Jonas inmediatamente. Tenía la esperanza de quedarse, aunque sólo fuese por unos días, para que Miley se diese cuenta de que su madre y su padre aceptaban de verdad al bebé. 
Nicholas no podía dejar de sentir que era de vital importancia para su futura felicidad. Alejándose, él tendría un mayor control. Nadie le diría a su esposa las cosas que la molestaban.

Maldita sea. Incluso en su frustración, 
Nicholas sonrió levemente. La intención de su madre era buena… Ella tenía un corazón del tamaño de Texas. Y también lo tenía su padre. Ambos sólo querían que Miley se sintiese bienvenida y parte de su familia. Nicholas sabía que era la razón principal de su padre para insistir en una boda por la iglesia, debido a que si se hacía una excepción en el caso de Miley era lo mismo que decir que ella era diferente. Su padre era muy perceptivo. Una mirada a alguien a los ojos y, al igual que Nicholas e Índigo, podía ver directamente el corazón de una persona. Nicholas sabía que lo había sentido en Miley y se sentía indignado, y su terquedad ante la boda era su manera de demostrarlo.

El problema era que parecía haber más cosas en la cabeza de Miley, más incluso de las que podía leer. Algo de lo que no estaba seguro, estaba consumiendo poco a poco su corazón. Cuando la miraba a los ojos notaba su miedo. Pero por alguna razón no podía averiguar la causa. Era como si Miley corriera asustada y no sabía por qué.
Nicholas se encontró con ella en un recodo del arroyo. Había dejado de tirar piedras al agua, pero se la veía enfadada. Nunca había visto a Miley con un humor tan malo antes, y al verla decidió darle un momento. Después de ver que seguía lanzando piedrecitas al río, decidió enfrentarla, y que le dijese de una vez qué era lo que la tenía tan molesta.

—¿Te importa si me uno a tí? —preguntó, y se agachó para recoger una piedra.

Se volvió hacia él, sus ojos verdes de fuego.

—¡Tú!
Nicholas casi miró sobre su hombro. Recordó que anoche ambos se habían quedado dormidos en paz.

—¿He hecho algo que te moleste, para que saques ese lado malo que no conocía?

Ella sopesó una piedra, pensó que después de todo quizás estaba pensando en arrojársela.

—Es lo que no has hecho. Cuando me casé contigo, no sabía que me había unido a alguien tan cobarde que aun hace todo lo que su padre le dice.

—¡Ah! 
Nicholas apuntó a un árbol por encima del arroyo y lanzó la piedra, que hizo diana en el punto que quería con un satisfactorio golpe.

—¿Así que eso es lo que te hace rabiar?

—¡Eres un hombre adulto! ¡Sabes bien que no quiero una boda por la iglesia! ¿Cómo dejas que tu padre te haga cambiar nuestra decisión? No lo puedo comprender.
Nicholas se inclinó para elegir otra piedra, una plana esta vez, para que pudiera saltar sobre el agua.

—Miley, Las costumbres Comanche son un poco diferentes a las de los blancos. Eso no las hace malas. No es una cuestión de cobardía, sino de respeto. —Le dirigió una mirada—. Él es mi padre. Aproximadamente una vez cada diez años o así, insiste en algo, y de alguna manera, yo no me atrevo a pelear con él cuando lo hace. ¿Puedes comprenderlo?

—No. —Ella tiró una piedra bastante grande en el agua cerca de la orilla.

El resultado, el agua saltó, salpicando los pantalones de 
Nicholas.  Él le dirigió una mirada.

—¿Lo hiciste a posta?

—¿Y qué si lo hago?

Él sonrió. No podía hacer nada. Nunca había visto tan enojada a Miley. Sus mejillas ardían. Sus ojos le disparaban rayos en su contra.

Sus ojos. 
Nicholas miró profundamente en ellos, y lo que vio detrás de todo aquel brillo no era ira, era dolor. Y un rastro de miedo. Su corazón se entristeció.

Miley, cariño, ¿no puedes hablar conmigo? Esto no es realmente sobre la boda, es algo más, ¿verdad?

Tenía las manos crispadas, y en su frustración, palmeó con fuerza contra sus muslos.

—¡Sí! ¡No voy a caminar por el pasillo preñada! No lo haré. ¡Métetelo en la cabeza! Y una vez que lo hagas, déjaselo en claro a tu padre.

—Muy bien.

Estaba a punto de decir algo más, pero su respuesta la dejó desestabilizada.

—¿Qué?

—Ya me has oído. Vamos a esperar a celebrar la boda después de que nazca el bebé. A continuación, vamos a hablar de nuevo y planear la ceremonia. ¿Satisfecha?

Se dio cuenta por su expresión que ella pensaba que nunca se volvería de nuevo a discutir el tema, si esperaba todo ese tiempo, librándose así de la ceremonia… La niña tenía mucho que aprender sobre el Pueblo Comanche, eran los más obstinados del mundo.

—¿Vas a decírselo a tu padre?
Nicholas no tenía ganas de hacerlo. Pero no tenía otra opción. Su primera lealtad estaba con su mujer y, si eso significaba contradecir a Cazador, tendría que hacerlo.

—Sí, se lo diré. Pero quiero que entiendas qué una vez que nazca el bebé, habrá una boda por la iglesia. En tu iglesia o en la mía, no me importa. Pero en una Iglesia, con un vestido blanco. ¿Está claro?

Ella asintió con la cabeza a regañadientes, y su color rojo comenzó a desvanecerse. Mirando a los ojos, 
Nicholas sabía que la ira que había sentido era la menor de sus preocupaciones.

De todos modos, no estaba seguro que hablar de sus sentimientos con ella fuese la respuesta. Sentía su confusión. Él estaba del todo seguro que 
Miley estaba molesta por algo más. Pero aun no estaba preparada para contárselo. Tendría que ser paciente. Estaba nerviosa, tan tensa como una cuerda de piano. Dudaba que resistiese demasiado sin romperse.

—Así que… ¿tema resuelto?

Ella asintió con la cabeza, mirando como un rebelde que acababa de perder su causa.

—Supongo.
Nicholas sonrió ligeramente.

—Bien, porque tengo otro asunto que resolver contigo ahora.

Sus ojos se abrieron.

—¿Qué asunto?

—Sobre lo de salpicarme a posta.

Su mirada se disparó a sus pantalones mojados.

—¡Oh, eso!.

Dio un paso amenazador hacia ella.

—Sí, eso. ¿Sabes lo que le hago a las mujeres que me salpican?

Sus ojos aun se abrieron más y retrocedió un paso.

—No… ¿qué?

No era más que una manera de sacar de la mente de la mujer algo de sus preocupaciones. Hasta que Miley estuviese dispuesta a contarle todo, podía ser tan inventivo como cualquier otro. Extendiendo las manos y manteniéndose en constante movimiento, asumió una pose depredadora.

—Las tiro al arroyo, con ropa y todo.

Deliberadamente dibujó una mueca feroz para que ella supiera que le estaba tomando el pelo. Vio una pequeña sonrisa revolotear en la boca, y eso fue suficiente para hacer que 
Nicholas se calentara. Él gruñó. Ella chilló, retrocedió un paso y alzó las manos.

Magia en Ti - Cap: 32


Cuando volvió a entrar en la casa, Miley se sorprendió al encontrar que Loretta había regresado de visitar a Índigo, evidentemente, por la puerta trasera. La presencia de otra mujer podría haber ayudado a Miley para relajarse si hubiera sido alguien que no fuese su suegra. Así las cosas, Miley no podía sentirse a gusto. Tenía miedo de decir o hacer  mal las cosas y se retiró en silencio, algo que de por sí también la preocupaba, pues temía que pudieran creerla mal educada.

El té de jengibre y sus propiedades sorprendentes para tratar las nauseas matutinas fue el tema inicial de conversación entre las otras tres personas. Cuando Miley tomó un sorbo de la bebida en cuestión, se sentaron a su alrededor en la mesa, mirándola con expectación y explicándole las propiedades de la planta: la rapidez con que habían visto que se asentaba el estómago de una mujer embarazada, además de los aromas que podrían añadirse para hacer el sabor más agradable al paladar. Lo que Miley no podía olvidar era que su embarazo estaba en la mente de todos. Consciente de sí misma y temiendo el momento en que podrían empezar a especular sobre las fechas, apenas podía tragar los sorbos de té que tomaba y no se sorprendió en absoluto cuando Loretta hizo una pausa en la conversación para preguntarle.

—¿De cuánto estas?
Con sus rasgos oscuros, sonriendo con orgullo, Nicholas respondió por ella:
—Más de dos meses, según el Dr. Yost, y creo que no se equivoca muy a menudo.
Miley le lanzó una mirada de horror. A pesar de que estaba sentado justo a su lado, él fingió no haberse dado cuenta y le dieron ganas de rechinar los dientes. ¿Cómo podía decir la verdad? ¿Pensaba que sus padres eran unos imbéciles? Sólo hacía apenas un mes y medio que había vuelto a Tierra de Jonas. A cualquier persona con diez dedos y la capacidad de contar, le iba a ser fácil averiguar que no había estado presente cuando su hijo había sido concebido.

Para consternación de Miley, Loretta Jonas ni siquiera trató de ocultar cómo contaba con los dedos.
—Vamos a ver. Estamos bien entrados en julio —con la punta de sus dedos delgados contó los meses, y abrió mucho los ojos azules .
Miley esperaba que dijera: Espera un minuto. ¿Cómo puede ser eso? En cambio, con las mejillas encendidas con evidente deleite,  gritó:
—¡Oh, qué bonito! ¡Puede ser un bebé de febrero! Lo que es un momento ideal, Miley. Justo antes de la primavera;  el clima cálido cuando se tiene un bebé es menos problemático para todo, sobre todo para hacer la colada.
—Confía en una mujer —dijo Nicholas con un resoplido— .Preocuparse por  lo que habrá que lavar. Es de mi hijo de quien estamos hablando. Puede ensuciar todos los pañales y la ropa que quiera. —Envolvió un brazo musculoso por los hombros de Miley,  y le dio un rápido abrazo— .Estaré a mano con las tareas. Voy a ayudarte con la colada.
—Este bebé podría ser una niña, y no espero que tú hagas mis tareas —Miley insertó el comentario. Se sentía tan humillada, que quería morir. ¿Qué estarían pensando sus padres?  Si estuviera en sus zapatos, estaría horrorizada. Y enojada. No podía dejar de sentir cómo si estuviese usando a su hijo, y en la peor de las formas imaginables.
—¿Tus tareas? —Loretta dejó su taza de café con un clic sobre la mesa—. Mi querida niña, sácate eso de la cabeza. En esta familia, los hombres hacen su parte justa en las tareas. Se necesitan dos para hacer un bebé, y dos deben compartir la carga de la crianza. —Ella sonrió con cariño a su apuesto marido—. Cazador lavó casi todos los pañales  cuando los niños eran pequeños, y cuando estaba en casa, prácticamente se hacía cargo de ellos. Yo era la envidia de todas las mujeres de la ciudad. Demasiados hombres aborrecen cualquier tipo de tarea doméstica. Piensan que los hace menos masculinos. Cazador nunca se preocupó por tamaña estupidez, y tampoco lo hace Jake. Cualquier sábado por la mañana, lo verás en el patio, ayudando a lavar la ropa a Índigo. Estoy segura de que Nicholas te será de lo más útil.
—¿Hay alguna duda? —le preguntó Nicholas- . Miley no está interesada en las minas como Índigo, pero tiene planes para coser y hacer manualidades, creo. —Él mostró una mirada de admiración—. Espera a ver sus trabajos, mamá. Hace  cosas bellísimas. Vestidos, cuadros de flores secas bajo cristal, juguetes para niños. Podría muy bien ganar dinero si pusiese alguna de las cosas a la venta en alguna tienda.
—¿En serio? —Los ojos de Loretta reflejaron un interés genuino.
Miley echó a Nicholas otra mirada inquisitiva. Por mucho que le gustara crear cosas con sus manos, nunca se le había ocurrido que podría esperar  cooperación de su marido para poder tener tiempo para tales fines.
—Sólo son pequeños trabajos —dijo tímidamente a su suegra—. No hay nada tan grande como Nicholas lo hace sonar.
Hizo una mueca de exasperación.
—Son  grandes. Me gustaría comprar un cojín para nuestro bebé, con la cara de un payaso, como la que estás haciendo para Jason, y yo estaría dispuesto a pagar un buen dinero por ello.

¿Nuestro bebé? Al oírle decir aquello, cómo sin darle importancia, hizo que Miley se inundase con un inmenso deseo que aquello hubiese sido cierto, que Nicholas hubiese sido el verdadero padre biológico de su hijo. Oh, deseaba tanto creer que su vida podría ser reparada tan fácilmente, que Nicholas podía intervenir y agitar una varita mágica, y transformar todo lo horrendo en algo hermoso…
—¿Tienes una máquina de coser, Miley?
Sintiéndose un poco culpable, Miley volvió  a la conversación.
—Sí. Una Wheeler-Wilson.
—Completamente nueva —Nicholas comentó. Sonriendo a su padre, dijo—. ¡Cuidado! Mamá se pondrá verde cuando la vea. La primera cosa que va a hacer  es querer otra igual de nueva.
—¡Una  Wheeler-Wilson! —Loretta sonrió,  haciéndosele hoyuelos en sus mejillas—. Ah, bueno, la mía es antigua, pero todavía hace su trabajo. No puedo esperar a ver la tuya, Miley. ¿Dónde está?
—No la he traído todavía desde el saloon —respondió Nicholas.

Miley se encogió. Esperó a que uno de sus padres  hiciese algún  comentario despectivo, pero no hicieron ninguno. El hecho de que se abstuvieran la asombró. No había que ser un genio para sumar dos y llegar a cuatro. El resto de sus pertenencias estaban en el saloon. Ella estaba embarazada de un niño que no podría ser su hijo. Estas eran las personas más est/úpidas que habían caminado alguna vez, o, que eran las más amables. Miley tenía miedo interiormente de creer que eran lo último.
—Con dos máquinas de coser,  puedes tener tu vestido de boda montado en poco tiempo —comentó Loretta alegremente. Se inclinó hacia adelante sobre su taza de café, fijó los ojos brillantes en Miley—. No puedo esperar para ir de compras por las telas. Cazador dice que va a enganchar  mañana el carro y nos llevará a Jacksonville. Vamos a poder hacerlo en un día.
—Mamá —trató de interrumpirla Nicholas pero Loretta mantuvo su charla.
—La selección de telas no es muy grande. ¿Te gustan las perlas para el bordado?
—¿Mamá?
—Desde que Nicholas  me dijo que vosotros dos estáis planeando tener una boda formal, he estado imaginando un vestido, literalmente, goteando perlas bordadas.

Miley se atragantó con un sorbo de té de jengibre. Sólo podía mirar a su suegra con un asombro sin palabras. ¿Una boda formal? Esta era la primera vez que Miley había oído hablar de eso. Y la idea le pareció un puro disparate. ¿Un vestido de novia blanco? ¿Para ella?
—Te mereces tener una boda hermosa —Nicholas insertó rápidamente—. Mientras dormías, todos estábamos de charla, y se me ocurrió mencionar que podríamos… —se interrumpió y dirigió una mirada mordaz a su madre—. Sólo hablamos del tema de paso, eso es todo.

Miley podía ver por la expresión de Loretta que ella se había dado cuenta que Nicholas hizo mención de la boda de una forma muy diferente.
—Sería bueno hablar de ello. Realmente deberías tener una boda bonita, cariño.
—Bueno, ¡por supuesto que debería! —Loretta secundó—. Es el día más importante de la vida de una mujer, y debe ser algo para recordar siempre. Casarse delante de un juez de paz, simplemente no es lo mismo.

Los oscuros ojos azules de Cazador se posaron en la cara pálida de Miley.
—Tiene que haber una boda, ¿no? Las promesas deben ser hechas ante Dios y ante los Grandes Seres. Sin ellos, no es un matrimonio adecuado.
Nicholas se aclaró la garganta.
—Miley y yo tenemos que discutir esto en privado, papá.
Cazador sonrió.
—Lo que viene después de la ceremonia es lo privado. La boda es de todos. A vosotros no os importa estar casados por un sacerdote, ¿verdad? El padre O’Grady es muy amable, y no va a insistir en que Miley se…— Miró a su esposa en busca de ayuda. —¿Cuál es la palabra?
—Una conversión —suministro Loretta—. Es lo de siempre, por supuesto, que los cónyuges deben practicar la misma religión o ser converso a la fe. Sin embargo, en nuestra familia, somos un poco ortodoxos en nuestra adoración. El Padre O’Grady se ha dado por vencido con nosotros, creo. —Se tocó el pecho—. Yo soy una católica tradicional hasta la médula de mis huesos. Pero Cazador tiene sus propias convicciones religiosas, por lo que criamos a nuestros hijos creyendo en ambas doctrinas. Nicholas e Índigo…— Se interrumpió y le sonrió a su hijo—. En realidad, el padre O’Grady diría que tienes remedio. Se contenta sólo con ver sus rostros en la iglesia de vez en cuando y no insiste en que hagamos las cosas de la manera tradicional. Eso incluye el matrimonio. Jake es metodista, y hasta el momento, no ha recibido instrucción en la Fé Católica. Dice que tiene miedo que con su primera confesión, haga que al Padre le dé un ataque al corazón.

Todo el mundo, menos Miley, se echó a reír. Nicholas se aclaró la garganta y dijo:
—Creo que estamos abrumando a Miley, mamá. No creo que ella tuviese una boda por la iglesia en mente. Creo que la hemos tomado por sorpresa.
—Oh, ya veo —dijo Loretta con suavidad.
Sólo que no lo veía, pensó Miley.  Ninguno de ellos lo hacía. Ella no podía tener una boda por la iglesia. Podía ver que estaban emocionados con la ocasión, pero era una locura.
—Realmente me gustaría tener una boda bonita, —le dijo en voz baja Nicholas- . Quiero verte con un hermoso vestido blanco y verte caminar por el pasillo hasta mi lado del brazo de Frankie. Me gustaría que toda tu familia y la mía estuviesen allí. Tu madre y todos los niños. Mis padres y mi tío Veloz y tía Amy. Índigo y Jake…Por supuesto. Apuesto a que a Índigo le encantaría ser tu dama de honor.
Congelada, sin poder hablar ni decir que no, todo lo que podía hacer Miley era mirarlo.
Él sonrió levemente.

—Una ceremonia legal apresurada sólo es un apaño, ya sabes. Hasta que nos digan nuestros votos en una iglesia, no me sentiré bien casado. ¿Querrías?
Miley se sintió como si su corazón se desgranase en un millón de pequeños fragmentos filosos. Un hermoso vestido blanco. Siendo escoltada hacia el altar por su hermano. Por supuesto que quería esas cosas. Anhelaba  eso. ¿Qué mujer no querría? Pero aquello eran sueños, no la realidad. Estas personas no estaban pensando con lógica. Era una pros/tituta. Una pros/tituta embarazada. Si ella, vestida toda de blanco, caminase por el pasillo de una iglesia católica, o cualquier otra iglesia, para el caso, sería una blasfemia.
Como si adivinara sus pensamientos, Nicholas volvió a decir:
—Tal vez deberíamos hablar de ello más tarde.
La cara de Miley se sentía paralizada, como si estuviera congelada literalmente. Sintió como la vergüenza surgió en su interior, y  bajó la barbilla, incapaz de soportar la mirada de nadie. Una boda. Una boda real. ¿Cómo podía sentirse tan mal, habiendo deseado siempre tener una?

El silencio cayó sobre la mesa. Se hizo un silencio horrible, tremendo. Sabía que todos estaban esperando que dijese algo. Pero, ¿qué? ¿Que estaría perfectamente dispuesta para hacer una pantomima en una boda por la iglesia? Si Nicholas quería una boda convencional, debería haberse casado con una chica convencional. Tal vez ese era el problema en pocas palabras. Todos estaban fingiendo que era algo que no era, porque no podían soportar la verdad.
Miley se levantó de la mesa.
—Les ruego que me disculpen —dijo con voz temblorosa—. Me siento un poco cansada y creo que voy a descansar un poco.
Tan pronto como dijo las palabras, se apartó de la mesa. Apenas podía ver hacia dónde iba. Los muebles de la sala de estar parecían borrosos,  y el suelo como un agujero a sus pies, en vez de madera pulida.
—¿Miley? —Nicholas la llamó.
La escalera de la buhardilla se alzaba frente a ella. Agarró los carriles y subió los peldaños frenéticamente, sus pies eran una ráfaga de aire en movimiento, las faldas se enredaban en sus tobillos. ¡Oh, Dios! Quería morir. Deseó poder huir. En este momento, antes de que su corazón pudiera latir de nuevo. Le dolía tanto, que apenas podía soportarlo.
Una hermosa boda. ¿Cómo podrían? Más importante aún, ¿cómo podría Nicholas pedirle algo así? Si él se había propuesto avergonzarla, había elegido el camino perfecto. Una vez en la buhardilla, corrió a su habitación. Arrojándose sobre la cama, Miley se cubrió el rostro con la almohada para ahogar sus sollozos. ¿Cómo podía estar tan ciego que no podía ver lo imposible que era todo esto? El hombre estaba loco. Sus padres estaban locos. Ella era una pu/ta, y todos estaban fingiendo que eso no les alteraba. Si Nicholas quería una novia pura y virginal, se había casado con la mujer equivocada.
Después de la abrupta salida de Miley de la mesa, Nicholas simplemente se sentó allí, aturdido. Había pensado que una gran boda sería el sueño de Miley, que sus planes de celebrarla la harían indescriptiblemente feliz. En cambio, lo había mirado… No había palabras para describir la expresión que había visto en su rostro. Al igual que un perro que había sido abandonado y no sabía por qué, sintiendo las piernas demasiado inestables para apoyarse, se levantó de la silla.
—Jesús. Debo ser el más est/úpido bastardo que haya existido jamás —le dijo a nadie en particular—. Por supuesto que ella quiere una gran boda. No se trata de un caso de lo que ella quiere. Nunca ha sido un caso de lo que Miley ha querido. Sólo de lo que la vida repartió para ella.

Sus padres no hablaban, y en su silencio, Nicholas escuchó el lamento de corazón que ninguno podía expresar.
—Bueno —dijo su madre con voz trémula—. Esto es sin duda algo embarazoso, ¿no? Lo siento, Joseph. No me di cuenta que no habías hablado con ella sobre eso.
Nicholas cerró los ojos y se frotó el puente de la nariz. Esto no era culpa de sus padres. Era culpa suya. Esta tarde había tomado el toro por los cuernos y había arrastrado con él a Miley desde entonces. Todo era demasiado, demasiado rápido. Apenas le había dado una oportunidad de respirar.
Tras dejar caer la mano, dijo:
—Yo, eh, voy a subir las escaleras. Hablaré con ella. Disculpadnos.
Antes de que pudiera alejarse, su madre se levantó.
—Índigo me pidió que fuésemos para tomar un café y algo de postre. Creo que tu padre y yo vamos a pasear hasta su casa y a pasar un rato con ellos, mientras vosotros estáis arriba.
Nicholas sabía condenadamente bien que su hermana no había emitido dicha invitación. Su familia solía ser más informal para visitarse.
—No tenéis por que salir, mamá. Esta es vuestra casa.
—Y es también la tuya —cortó Cazador—. Vamos a ir. Un buen rato, ¿no? No es nada.
Significaba todo para Nicholas  En ese momento, mirando hacia el pasado, sobre su comportamiento hacia estas dos personas en los últimos años, se sintió muy avergonzado.

Él había sido un rebelde con ellos, sin tener razón. Había sentido ira en su contra, sin tener  por qué. Se había obsesionado con todas las cosas de la vida que en realidad, no eran importantes. No se merecía a unos padres como estos. Todavía no parecía darse cuenta de lo especiales que eran. No importa qué tan inexcusable fuesen sus acciones, habían seguido amándolo, a la espera, siempre a la espera,  que madurase finalmente.
—Gracias, papá —Nicholas, volvió su mirada a su madre—. Mamá.
—Vámonos —instó a Loretta—. Nos veremos a la vuelta.