viernes, 22 de marzo de 2013

Destiny - Cap: 6


-¡No quiero que me toques! ¡No quiero! –Le gritó al incorporarse-. ¡No vuelvas a tocarme! –Comenzó a halarse el cabello-. ¡No quiero! ¡No quiero!

Nick se levantó de la cama. Estaba confundido. –Dios mio…

-¡No quiero! –Destiny seguía llorando, con los ojos apretados-. ¡No quiero!

En medio de su sorpresa escuchó el timbre y caminó a pasos rápidos a abrir la puerta. Una desaliñada Miley apareció frente a él. Traía el pelo castaño empapado sobre los hombros, al igual que su ropa. Jamás llovía en Los Angeles.

-¿Qué es lo que está pasando? ¡Me dejaste en ascuas, Nick!

Nick la tomó por los hombros con delicadeza. –Nuestra hija no está bien.

Miley comenzó a caminar hacia la habitación de su hija. -¿Cómo llegó aquí? ¡No entiendo! ¿Qué pasó?
-¡No me lo explico! ¡No quiere hablarme!

Miley abrió la puerta para encontrarse a Destiny sollozante sobre la almohada. –Nena, ¿qué tienes? –Hizo ademanes de aproximarse, pero la reacción de Destiny se lo impidió.

-No me toques… -Murmuró, su mirada fija en sus manos temblorosas.

-Destiny…

Los tres se quedaron en silencio por interminables segundos.

-Quiero estar sola… -Dijo casi en un susurro-. Por favor…

Miley asintió, salió de la habitación seguida por Nick.


-Llámale a Daniel. –Ella le ordenó mientras recorrían el pasillo.

Él la  miró. -¿A Daniel? ¿Tú crees?

-Nick, mi hija no está bien. Y no voy a quedarme de brazos cruzados hasta que a ella le de la gana de decirnos que pasa. Si no podemos hacer nada, estoy más que segura que el médico de la familia puede. Así que hazme el favor y llámalo antes de que yo sufra un ataque de nervios.

Alrededor de media hora después el timbre volvió a  sonar, Miley prácticamente se abalanzó sobre la puerta.

-¡Daniel! –Soltó junto con un poco de desesperación-. ¡Al fin llegas! ¡Pasa!

-¿Qué está pasando?

Daniel tenía treinta y tantos años, pelo rojizo y el color azul de su camisa reflejado en sus ojos.

-No sabemos que hacer con Destiny. –Nick le explicó-. Está actuando muy extraño, no quiere que la toquemos siquiera.

-Voy a pasar a verla. –Les dedicó  una sonrisa tranquilizante-. Con permiso.

Los minutos parecen horas. Miley no puede despegar su vista del pasillo, esperando ver a Daniel salir y decirles que todo está bien, que es solo una fase adolescente. Nick no puede dejar de mirarla a ella, quiere abrazarla, protegerla, o tal vez protegerse a si mismo.

-No puede esperar un segundo más. –Dice Miley al fin.

-Tranquila. –Nick se sienta junto a ella en el sofá-. Todo va a estar bien. Tal vez estamos exagerando.

-¿Exagerando? –Lo miró con lágrimas en los ojos-. Tú la viste, Nick. Si es cierto que Dest ha sido siempre obstinada… cruel, si lo prefieres. Pero, nunca ha actuado de esa manera.

-Miley, me parece que deberías quedarte esta noche. –Miró su reloj-. Ya es tarde, y está lloviendo. No creo que debas irte sin necesidad.

-¿Cancelaste el pedido de la cena?

Él asintió.

-Lo siento, Nick. Pensé que esta sería una noche tranquila…

-¿De qué te disculpas? –Le acarició el labio inferior con su pulgar-. Nadie es culpable de esto. Nuestra hija está mal, y… Yo dejaría todo por ella. Sé que tú harías lo mismo.

-Nick… Bésame. –Le rogó casi en un susurró.
Él se acercó y la besó lentamente, con delicadeza, acariciándole la cara como si estuviera hecha de algún material muy frágil.


-Tenemos que hablar. –Daniel les informó al sentarse frente a ellos.

Nick tenía a Miley rodeada con sus brazos, pero ella se incorporó tan pronto escuchó aquello. -¿Qué pasa? ¿Qué es lo que tiene mi hija?

Daniel suspiró. –Técnicamente no puedo decir nada si Destiny no me da permiso…

-Eres como de la familia, Daniel. Y no nos puedes ocultar nada. Somos sus padres…

-Estaba muy alterada cuando me vio entrar, no quería que me le acercara, pero… Le inyecté un calmante. Espero que no tengan problema con eso.

-Si le inyectaste un calmante, entonces… ¿No te dijo nada? –Nick le preguntó.

-No. Sobre le causa de su inquietud, no sé nada, pero…

-¿Pero?

-Se autolesiona. –Tragó saliva.

Miley apretó la mano de Nick casi automáticamente. -¿Cómo que se autolesiona?

-Ya sabes… Se hace daño deliberadamente.

Nick se puso de pies y se pasó la mano por el cabello. -¿Estás diciendo que mi hija se corta? –Los ojos café se le querían salir de su orbita.

Daniel asintió.

-Dios mio… -Miley se cubrió la boca con las manos, tratando de mitigar su llanto.

-¿Cómo sabes? –Nick volvió a interrogarlo.

-Revisé sus muñecas. Algunas  cicatrices están desapareciendo, pero están allí. Otras son muy recientes, bastante recientes si me preguntan.

-Por eso las mangas largas todo el tiempo… -Dijo Nick para si.

-¿Pero, por qué? -Miley preguntó-. ¡No entiendo! ¡Todo está bien!

-No, Miley. No está bien. –Daniel sacó una tarjeta de su bolsillo y se la extendió-. Es una psicóloga amiga mia. Cuando hablen con Destiny sobre eso, convénzanla de ir a verla. Es muy buena.

-¿Y qué hacemos mientras tanto? –Nick tenía el rostro rojo.

-Traten de averiguar qué pasó para que se pusiera así hoy… Pero no la aborden, háganle saber que van a estar dispuestos a escucharla cuando ella esté lista para decirles. –Se puso de pies.

Miley lo imitó. -¿Hasta cuando va a dormir?

-Hasta que ella lo desee. –Sacó un frasco de su maletín y se lo entregó a Miley-. Estos son calmantes, en caso de que los necesite. No más de uno al día, y asegúrense de que haya comido antes de ingerirlos.

-¿Cuánto te debo? –Nick le preguntó.

-Por favor, Nick. –Se fingió el ofendido-. No digas *****. –Besó a Miley en la mejilla-. Que todo esté bien.

-Gracias por todo.

-Hermano… -Le tendió la mano a Nick-. No dudes en llamarme si algo pasa.

-Gracias por venir. –Nick cerró la puerta cuando se hubo ido.

-Parece que vamos a tener una noche tranquila. –Besó a Miley en la frente.

Ella asintió. –Estoy muy preocupada.

-Vamos a la cama. –La tomó de la mano.

Ella se puso rígida al escuchar aquello. -¿Vamos a dormir juntos? Porque sé que no tienes cama en la otra habitación.  Puedo dormir  en el sofá.

-Nada de eso, Miley. No hay nada de malo en que compartamos cama.

-Nick…

-¿O si? –La miró expectante-. No voy a intentar nada. ¿Cuántas veces  hemos dormido juntos sin sexo de por medio?

Ella se cruzó de brazos. –Éramos esposos.

-Vamos, estoy cansado y quiero olvidar un poco todo lo que ha pasado hoy.
La habitación de Nick era bastante espaciosa. Al ver la cama matrimonial, Miley no pudo evitar pensar en aquella mujer que lo acompañaba por las noches. Debía mantener su dignidad.

-Nick… -Lo miró fijamente-. No creo que sea buena idea, digo… Tu novia…

-Te dije que ya no sé lo que pasa entre ella y yo, como tampoco sé lo que pasa entre nosotros. Lo único que quisiera ahora es olvidar todo, y dormir. –Se quitó la camiseta, tirándola al piso.

Miley tragó saliva. Ella también estaba cansada. –Está bien.

Se quitó los pantalones, quedando en sus entallados boxers negros. –Espero que no te importe. –Le dijo en forma de disculpa.

Ella negó con la cabeza. –Para nada.

-Aquí tienes. –Sacó una camiseta de uno de los cajones y se la dio-. No tengo nada más que…

-No te preocupes. –La tomó-. Con esto es suficiente.

Entró al baño y cerró la puerta tras sí. Odiaba el hecho de que mientras Destiny estaba pasando un mal rato, ella pensaba en lo malditamente sexy que se veía su ex marido. Se desvistió y se puso la camiseta de Nick, le quedaba a menos de la mitad de los muslos. Aspiró su olor, y se sintió segura.
Cuando volvió a salir, Nick no estaba en la habitación. Lo encontró en la habitación de Destiny, parado en la puerta, mirando a la cama.

-No va a despertar hasta mañana… -Murmuró, y lo abrazó por detrás. Descansando su mejilla en la espalda de Nick. Sintiendo con sus manos el bien formado abdomen  de él.

Nick suspiró. -¿Qué es lo que hicimos mal?

-Eres un padre excelente, Nick… -Le besó la espalda, y lo sintió tensarse-. Perdón…

-¿Por qué te disculpas? –Le preguntó en un susurro.

-Porque… No sé que estoy haciendo. –Lo soltó y volvió a la habitación principal. Nick la siguió.

-¿Cuando te diste cuenta que dejaste de amarme? –Le preguntó luego de cerrar la puerta de su cuarto.

Miley se sentó al borde de la cama. –No lo sé… No creo que… ¿Podemos hablar de eso en la mañana?

Nick asintió. –Tienes razón.

Ambos se fueron a la cama. Se acostaron dándose la espalda, podían  escuchar la lluvia. Ninguno había podido dormir, pero tampoco hablaban.  De repente se escucharon truenos y relámpagos, el corazón de Miley saltó como resorte, y  un chillido escapó de su garganta. Antes de darse cuenta, estaba amarrada a Nick.

-Tranquila… -El susurró contra el cabello de ella, abrazándola fuerte contra su pecho-. Tranquila.

-Me asusta mucho…

-Ya sé. –Le acarició la espalda-. Siempre te han aterrado mucho las tormentas.

Miley pudo sentir como sonreía. -¿Te da gracia? –Se incorporó, y pudo distinguir su rostro en la oscuridad.

Nick la imitó. –Algo.

Ella le acarició la mejilla con manos temblorosas, y luego los labios. –Nick…

-¿Si? –Le preguntó luego de besarle la punta de los dedos.

Ella no respondió, en cambio, se inclinó a besarlo. Fue un beso salvaje, lleno de deseo. Enredaron sus lenguas, se tocaron sin restricciones.

Nick la empujó delicadamente contra el colchón, acariciándole los muslos mientras la besaba.

-Nick, para… -Miley logró decir entre besos.

-No quiero. –Entró sus manos por debajo de la camiseta, acariciándole los pechos.

Al sentir su roce allí, Miley no fue capaz de articular palabra. Quería hacer el amor con Nick, lo deseaba desde hace mucho y no iba a detenerlo cuando estaba a punto de suceder.

Nick apretó los ojos al sentir las manos de Miley dentro de sus boxers. Sentía que su cuerpo ardía, no podía permitir que ella tomara el control, así que le apartó las manos, reteniéndolas a cada lado de su cuerpo. Le quitó la camiseta con delicadeza, aprovechando para acariciarla una vez más. -¿Recuerdas…Recuerdas la primera vez que hicimos el amor?


jueves, 7 de marzo de 2013

Destiny - Cap: 5


De repente su celular comenzó a sonar.

-Debe ser Josh. –Dijo amargada-. No ha dejado de llamarme, y me siento…asfixiada.

Marcelle se es estiró para alcanzarlo y miró la pantalla. –De hecho… es Nick. –Se lo pasó, preocupada.

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Miley y prácticamente se lo arrebató de la mano. -¿Hola?

-Hola, preciosa… -Su voz sonaba fuerte e imponente del otro lado de la línea.

-Que raro que me llames… -Aun no podía dejar de sonreír.

-Miley... Yo… No sé que es lo que está sucediendo, pero… Desde que te fuiste anoche no he podido dejar de pensar en ti.

-¿Te molesta? –Ella le preguntó.

-Me preocupa. Pensé que todo entre nosotros había quedado claro. Lo que si me molesta es que ambos estemos ya con alguien.

Miley se levantó y se detuvo frente a la ventana. Marcelle la seguía con la vista. -¿Qué sientes por ella, Nick?

-Tampoco lo tengo claro.

-¿Es amor?

-Ya no sé.

-Estoy igual de confundida que tú… Pero creo que esto no es algo que podamos discutir por teléfono.

-Entiendo… ¿Vienes a cenar esta noche?

-¿Vas a prepararme de cenar? –Le preguntó riendo. Marcelle rodó los ojos.

-Prometo que no voy a tocar la estufa. –Contestó divertido-. Ordenaré algo rico de algún restaurante. Voy a sorprenderte.

-Okay… ¿Me haces un favor?

-El que quieras.

-Llámale a Dess y dile que voy a llegar un poco más tarde, no me contesta, y tengo una junta ya mismo.

-Está bien. No te preocupes. Nos vemos esta noche.

-Nos vemos.

*****
La casa parecía hecha de hielo cuando Destiny se atrevió a abrir los ojos, un frío extraño y desconocido la cubrió por completo. Aun estaba tumbada sobre el sofá, sus pantalones y su ropa interior rasgada en el suelo. Encogió sus rodillas contra su pecho, tratando así de proteger lo que quedaba de ella, no podía parar de llorar.

De pronto escuchó unos pasos bajar las escaleras. Y la voz de Josh muy cerca de ella, se estremeció, y volvió a cerrar los ojos.

-Ni una palabra de esto a mami. –Le susurró amenazante-. No querrás compartir esta experiencia con nadie, ¿o si?

-Vete… -Murmuró entre sollozos.

-Nos vemos muy pronto. –Se inclinó y la besó detrás de la oreja-. Muy pronto. –Escuchó cuando la puerta se cerró y fue cuando por fin dejó salir todo lo que tenía dentro.

¿Cómo podía Miley haberle permitido a ese hombre entrar en sus vidas? ¿Qué iba a hacer? Siempre fue una niña muy reservada, y no iba a cambiar eso ahora. Pero, si de algo estaba segura es que no quería pasar un segundo más en esa casa.

Con las fuerzas que le quedaban, se levantó y alcanzó sus pantalones. Todo le dolía. Del armario en el pasillo buscó una sudadera, y tomó un taxi.


Nick estaba ordenando la cena por teléfono cuando escuchó el timbre.

-Un segundo… -Abrió la puerta y encontró a su hija allí de pie-. Si eso es todo. –Dijo al teléfono y después colgó-. ¿Destiny?

Ella se arrojó a sus brazos y lo abrazó con fuerza.

-Mi amor, ¿que haces aquí? ¿qué tienes? –Nick sonaba preocupado-. ¿Qué pasa?

-¿Me puedo quedar esta noche? –Se soltó casi de repente.

-Destiny, explícame que está pasando. Y explícamelo ahora.

-No quiero estar más con mamá. Es todo. –Se fue a su cuarto sin decir más.

Cuando se sintió segura entre las cuatro paredes de su descolorida habitación, se dejó caer al piso. No pudo contener un segundo más lo que sentía dentro. La piel le ardía, sentía asco, verguenza. Lloró en silencio en plena oscuridad.

-Destiny, abre la puerta. –Escuchó la voz de Nick desde afuera. De acuerdo a su tono, no estaba nada contento.

Destiny se secó las lágrimas como pudo y abrió la puerta  a la mitad. –Quiero estar sola. –Dijo casi con un hilo de voz.

Nick se mordió la lengua antes de hablar. –Necesito saber que tienes. Entiende.

-No puedes hacer nada por mi, papá. Quiero estar sola. Y no quiero que le digas nada a mi mamá.

-¿¡Cómo no le voy a decir nada!? –Ahora si estaba alterado-. ¿¡Cómo pretendes que maneje esto!?

Destiny no dijo nada.

-Tienes que confiar en mí… -Trató de tomarle la mano pero ella fue más rápida.

-No me toques… ¡No quiero que me toques! –Le cerró la puerta en la cara.

Nick corrió a la barra de la cocina donde había dejado su celular, con intención de marcarle a su ex mujer, pero luego desistió. –Necesito hacerlo… Soy su padre, y tengo que aprender a controlar este tipo de situaciones….

Cuando volvió a la habitación de su hija, aproximadamente media hora después, la encontró tirada en la cama en posición fetal. Traía puesta una camiseta de Nick Jonas & The Administration, y unos shorts de algodón, el cabello húmedo cubriéndole el rostro.

-Cielo… -Nick se sentó cuidadosamente en una esquina de la cama-. Quiero que hablemos.

Ella no respondió.

-Destiny, yo... Yo no soy adivino. Tampoco soy el mejor padre, y… Sé que tú mamá y yo no somos el mejor ejemplo de integridad, que te tuvimos muy jóvenes y que… Aun estamos aprendiendo, pero… Hija, estoy haciendo un esfuerzo por entenderte, por ayudarte. Y no puedo hacerlo sin tu cooperación… -Puso su mano sobre le espalda de su hija, pero ella reaccionó de inmediato y lo hizo a un lado.

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como dije en el primer cap esta novela NO es mía es una adaptación.

viernes, 1 de marzo de 2013

Magia en Ti - Cap: 2

—Miley, me gustaría que conocieras a mi hermano, Nicholas Kelly Jonas,— dijo Índigo bruscamente. —Estoy segura que te acuerdas, el otro día te dije que estaba en casa recuperándose de un accidente en la tala de árboles.

El tono que Índigo utilizó para presentar a Nicholas, le hizo sentirse como si fuese un caso de gripe. Arrastró su mirada de la parte posterior de la falda que se aferraba a la rubia y le dijo:
—Encantado de conocerte, Miley. —, pensó que Fanny (trasero) le venía mucho mejor.— Pido disculpas por la interrupción de tu baño.
Su rostro se inundó con el color nuevo.
—Bastante cierto—, dijo en voz tan baja que tuvo dificultad para capturar las palabras. Ella dio un manotazo en la falda y evitó su mirada. —Bueno, Índigo, creo que me voy ya.


Con eso, asintió con la cabeza en la dirección de Nicholas, todavía sin mirarlo. Luego se puso un sombrero, grande y fruncido que ocultaba su rostro. Después de atar la cinta de la barbilla, agarró los zapatos y las medias arrugadas, y luego empezó a subir el sendero. Dado que Nicholas estaba sentado en medio, sosteniendo en sus brazos a la pequeña dormida, ella se detuvo después de dar varios pasos y levantó sus grandes ojos verdes hasta los suyos. Nicholas sabía condenadamente bien que ella no se atrevería a cortar a través de los arbustos, no, a menos que quisiera sufrir un mal caso de urticaria por hiedra venenosa. En estos cerros, esas plantas crecían tan gruesas como el pelo del trasero de un perro, y la mayoría de las personas eran alérgicas a ellas. Especialmente las personas de piel clara.
Aunque el sombrero fruncido sombreaba su rostro, sus ojos lo llenaron de un golpe. Joseph le dirigió una sonrisa perezosa, extrañamente contento de estar sentado en su camino.
De repente, la idea de permanecer la mayor parte del verano en Tierra de Jonas sin nada mejor que hacer que juguetear con sus pulgares no le parecía ya como una cruz que cargar.
—No hay necesidad de apresurarnos, Miley.
La punta de su nariz respingona se volvió escarlata.
—No tengo más remedio. Creo que puedo rodearle. Por favor, no se moleste.


Nicholas no tenía intención de mover ni un músculo. Cuando ella caminó a su alrededor, puso la vista en sus pies descalzos e intentó vislumbrar debajo de su falda, a ver si la levantaba lo suficiente para admirar sus tobillos. Tenía los dedos de los pies delgados y pequeños, con uñas delicadas que le hicieron imaginar los pétalos de las flores translúcidas. Un abanico de red de frágiles huesos delineados, apareció en la parte superior de cada pie. Levantó la mirada hacia su rostro. Sus ojos se encontraron, y por un instante, Nicholas se sintió como si hubiera vuelto a ser aplastado entre dos troncos.


Hablando sobre belleza, esta jovencita le daba una completa y nueva definición a esta palabra. No era tanto que su rostro fuese perfecto. Lo que sorprendió a Nicholas, era la forma dulce e inocente que se veía, el tipo de rostro que hacía a un hombre querer luchar contra leones de montaña para ella y ganar. Se olvidó por completo de sus costillas.
Como no quería asustarla, templó su voz y dijo:
—Espero que vuelva, Miley. Quizá la próxima vez pueda pasar después por casa y tomar con nosotros una limonada de mamá. Es la mejor de Tierra de Jonas.


Por un momento, se quedó inmóvil allí y lo miró fijamente, como si no pudiese dar crédito a sus oídos. Entonces su rostro se sonrojó de nuevo. Sin una palabra, arrancó casi a correr y desapareció entre los árboles, sin mirar atrás.
—Eso no estuvo bien—, dijo Índigo con voz temblorosa. —¿Cómo pudiste, Nicholas? No creía que fueras capaz de decirle algo así.


Nicholas se quedó absolutamente perplejo y su sonrisa desapareció mientras se volvía a mirar a su hermana, que aun estaba cerca del agua, las manos en las caderas, la cabeza leonada, y una expresión de ira en su rostro. A Nicholas no le importaba ser acusado de cabeza hueca cuando se lo merecía, y podía admitir que era la mayoría del tiempo, pero esta reprimenda no tenía sentido para él.
—¿Que hay de malo en invitarla a una limonada?
—Sabes muy bien que ella nunca impondría su presencia a mamá. Eso no quiere decir que mamá no le de la bienvenida, y nuestro padre, también. Sin embargo, Miley es demasiado dulce para ponerlos en ese apuro. Ya sabes lo santas que son todas la personas que viven en esta ciudad. Habría rumores y las leguas viperinas comentándolo durante una semana, si una mujer de la ocupación de Miley llamara a la puerta de alguien.


Nicholas digería cada palabra.
—¿Me he perdido algo?— Echó un vistazo alrededor para asegurarse de que Hunter estaba ocupado todavía con la captura de los perros de agua. —Por la forma en que hablas, se podría pensar que es la prostituta local.
Los ojos de Índigo se agrandaron.
—Seguramente piensas que has sido cortes dirigiéndole esas palabras, pero no es gracioso que actúes cómo si no lo supieras. Juraría que ese trabajo tuyo entre leñadores, te ha arruinado como persona educada y respetuosa.


Una visión de la cara dulce de Miley se extendió por la cabeza de Nicholas. Con esos ojos enormes, inocentes, no podría ser una… No, era imposible.
Nicholas no pretendía ser un conocedor en profundidad de las mujeres, pero después de vivir en los campamentos madereros durante tantos años, estaba tan seguro como el infierno que reconocía a una chica así cuando la veía.
—Índigo, ¿estás tratando de decirme que Miley es una pu/ta ?
Ella hizo un sonido de frustración.
—No la llames así, te dije. Es mi mejor amiga, y no quiero hablar mal de ella. Si tienes que llamarla alguna cosa, llámala desafortunada.


A Nicholas no le importaba una mie/rda cómo la llamase Índigo, una prostituta era una pu/ta. Una imagen vino a su cabeza, del brillante cabello rizado y dorado, de su cara maquillada llamativamente, trabajando en el Saloon.


Por respeto a sus padres, Nicholas nunca había frecuentado las habitaciones de arriba del Lucky Nugget durante sus breves visitas a casa, así que no había prestado mucha atención a la paloma mancillada que trabajaba allí, pero ahora que pensaba en ello, recordó haber escuchado alguna vez que el nombre de la chica que allí trabajaba era el de Miley. Entrecerró los ojos.
—Esa chica es una prostitu…— Se interrumpió y tragó saliva. —¿Esa es la desafortunada que trabaja en el Lucky Nugget?
—Más o menos.
—¿Más o menos?— Nicholas, miró a su hermana. Esta será una de sus bromas. Dale una oportunidad a Índigo, y te volverá majara. —¿Qué quieres decir con eso de más o menos?
Arrugó la nariz, claramente impaciente por su limitada inteligencia masculina.
—Ella no está exactamente ahí cuando los clientes suben a verla.— Se encogió de hombros. —Es difícil de explicar. Eso sí, no le comentes nada de lo que te diga a ella. ¿Me lo prometes, Nicholas?
¿Una especie de pu/ta que no está exactamente allí cuando llegaban a verla sus clientes? Nicholas podía ver que esto tenía sentido para Índigo, pero maldita sea al infierno
si entendía algo de lo que le estaba hablando.
—No es culpa de ella que esté metida en ese mundo,— Le dijo Índigo. —De no ser por la gracia de Dios estaríamos así todas las demás mujeres en esta ciudad. Vosotros los hombres no nos habéis dejado muchas opciones cuando se trata de ganarnos nuestro pan. Miley es una verdad digna de lástima.


Nicholas podía ver que Índigo hablaba muy en serio. Él lanzó una mirada al sendero, al lugar por donde Miley, el ángel, había desaparecido. Luego volvió a mirar a su hermana, aún no podía creer lo que estaba oyendo.


Miley, el ruboroso ángel, de ojos verdes, ¿era una pros/tituta?

Magia en Ti - Cap:1

El calor de julio caía sobre el patio como una manta. Un grupo de abejas zumbaban cerca, alimentándose de gotas de suero de leche, que se filtraba a través de la muselina donde guardaban el cuajo para el queso, colgando de la valla. En el corral contiguo a la casa, de vez en cuando, seguido del mugir de la vaca, se armonizaba con el quejido agudo y esporádico de los cerdos.


Para no ser menos, las gallinas buscando a sus polluelos cloqueaban y agitaban sus plumas cada vez que la brisa se levantaba, lo que por supuesto, no era con demasiada frecuencia, dada la temperatura que hacía.
Después de desabrochar la camisa azul cambray a la mitad del pecho, Nicholas Jonas reposicionó sus hombros contra el pino y cerró los ojos para absorber cada olor. Sonrió a las imágenes que le vinieron, a la memoria de su infancia y otros días de julio, cuando bajaban a divertirse a lo largo del arroyo que limita la propiedad de sus padres.

Él no contaba con que este verano fuese a correr mucho. La sonrisa de su boca se redujo a una línea sombría. Estuvo considerando liarse un cigarrillo, pero a continuación, decidió de que no, por miedo a que le hiciese toser. La tos, como todas las otras actividades que requerían el movimiento muscular, era un lujo que no podía permitirse, no con tres costillas rotas. Esto le enseñaría a no dejar que ningún musgo creciese bajo sus pies la próxima vez que dos árboles trataran de hacer un sándwich con él.


Si no se movía, el dolor no era demasiado malo. Moverse, aunque fuese poco, le planteaba un problema. Hasta hace poco, Nicholas nunca se había dado cuenta de lo activo que era. Tal vez era la sangre Comanche en sus venas, pero a diferencia de algunas personas, no le gustaba estar ocioso. Como ahora, por ejemplo. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que se había sentado en el patio de su madre, debajo de este viejo árbol, escuchando el zumbido de las abejas? Un largo período. Veinticinco años, había cumplido el pasado mes de marzo, y desde los dieciocho había estado trabajando la madera.


No había tenido mucho tiempo para aburrirse desde entonces. Ahora no tenía nada más que el tiempo en sus manos, y se sentía peor que un ácaro aburrido.
Colocando una mano sobre sus costillas, Nicholas cambió la posición de sus caderas en el colchón de agujas de pino y dobló una pierna vestida de tela vaquera. Un mechón de pelo de caoba cayó sobre sus ojos. Se quedó mirando a través de los hilos un poco para obtener una nueva perspectiva sobre las cosas. Luego pasó algún tiempo contando las rozaduras en el talón de su bota, se acercó con un total de veintidós, y pasado algún tiempo, estuvo reflexionando sobre la forma en que había llegado hasta allí. Probablemente fue en un intercambio de favores, decidió, que lo llevó por un camino de recuerdos agradables, que le ocuparon durante unos minutos más.


Cuando reapareció hasta el presente, se puso a enrollar un cigarrillo, con las costillas o sin ellas, lo encendió y luego dio una bocanada. Su tabaco sabía a estiércol de vaca seca. Necesitaba comprar tabaco fresco. Tal vez más tarde deambulase hacia el almacén de suministros generales, deambular es la palabra clave. Le dolía como el infierno para caminar.


Con una mueca de disgusto, le quitó la punta humeante al cigarrillo, apagándolo con los dedos callosos, se guardó la parte sin fumar, y cerró los ojos, decidido a tomar una siesta, ya que no tenía nada mejor que hacer. Un poco más tarde, se despertó con el sonido de risas femeninas que venían desde abajo, a lo largo del arroyo. Escuchó durante un segundo y reconoció una de las risas como perteneciente a su hermana, Índigo. Con veinticuatro, un año menos que él, ya tenía un marido y dos hijos.


Sonrió. Seguramente para combatir el calor, estaría jugando en el arroyo. Las otras mujeres de la ciudad, entre ellas su madre, estaban en la casa haciendo las tareas, su madre horneado pan, seguro, si los olores en el aire de la mañana eran una indicación.


Nicholas, se puso en pie, yendo hacia el arroyo guiado por el sonido de la risa. No podría retozar en el arroyo, pero sentarse a su lado, seguramente era mas entretenido, que estar a solas en el patio trasero de su madre escuchando el tic tac de su reloj. Con una mano presionando sobre su costado, se movió lentamente a través de los bosques soleados. Ramas de cornejo y mirto tejían una red por encima de él. Las pulidas hojas verdes de la uva de Oregón, robles y arbustos venenosos, formaban una densa maleza en la base de los árboles, el color blanco cremoso del cornejo y el color rosa intenso de las flores de rododendros silvestres prestaba toques de colores vivos. Fresas salvajes invadieron el camino, sus frutos, en contraste con la arcilla roja. 

Su vista le hizo agua la boca. Al menos una vez al año, de niños, Índigo y él habían tenido un fuerte dolor de estómago, por culpa de atiborrarse de esta fruta dulce.


Echó una mirada alrededor con cariño y tristeza porque esos días se perdieron para siempre. En su mente se quedó el eco de hace mucho tiempo, de voces y risas. En verdad, no hay mejor lugar que tu propia casa, tu verdadero hogar… Pensó.
Una calidez ambarina se filtraba a través de la madera de roble y las ramas de pino por encima de él, el sudor brillaba sobre su frente, y se limpió la con el hombro de su camisa. Se quitó un mechón de cabello que caía sobre sus ojos en un gesto rápido, y se estremeció ante el dolor que le causó el movimiento, que parecía un cuchillo atravesando su estomago. Puso mas cuidado al caminar, finalmente llegó a las rocas que bordeaban los bajíos del río Creek. Disfrutando de la sutil niebla que se elevaba del río y que enfriaba considerablemente el aire, se detuvo a la sombra de dos encinas entrelazadas. Se llamó algo más que tonto al no haber venido aquí directamente y en línea recta. Los bancos del bajío Creek, siempre habían dado un respiro en el calor del verano.


En dirección a las voces, Nicholas miró hacia la curva del río. Esperando ver aparecer el pelo moreno de su hermana, se sorprendió al ver a una rubia menuda en su lugar. Si ella era de Tierra de Jonas, Nicholas no la conocía. Era tan bonita como una aparición, ningún hombre con ojos en la cara era probable que la olvidase. Apoyó un hombro contra uno de los robles, feliz de estar escondido para poder disfrutar de la vista.


Sonny, el lobo mascota de Índigo, que dormía la siesta en un lugar a la sombra cerca del agua, levantó su cabeza de plata y olfateó el aire. Un instante después, vio a Nicholas. El reconocimiento brilló en sus ojos dorados, y después de un momento, bajó la cabeza hacia atrás a sus patas para reanudar su relajado sueño. El momento de contacto visual con el animal quedó con la sensación extrañamente vacía en Nicholas. Había habido un momento en el que había tenido el mismo don para la comunicación visual con los animales que Índigo aun tenía. Ya no era así, seguramente por las preocupaciones, y los siete largos años que había estado trabajando fuera de casa. En algún momento, había perdido el contacto con esa parte de sí mismo.


Nicholas apartó el pensamiento y volvió su atención a la joven mujer en el arroyo. Despojada de su camisola y calzones, estaba retozando en el agua junto al sobrino de cuatro años de Nicholas, Hunter. La muselina empapada de su ropa interior estaba casi transparente con la humedad y se pegaba al cuerpo como la piel de una cebolla. Los pezones rosados de sus pequeños pechos estaban tensos por el frío y metidos en contra de la tela en pequeños picos impertinentes.


Algunos hombres se podrían decir que tenía el busto demasiado pequeño, pero Nicholas, sostenía que algo mas grande que un bocado era un desperdicio, de todos modos. Además, con su pequeña cintura al igual que sus finas extremidades, el color rosado de las puntas de sus pechos, eran un adorno sin par en su delicada perfección.

Conteniéndose para quedarse donde estaba, Nicholas se sentó cuidadosamente en el suelo y cubrió con los brazos sobre las rodillas dobladas. En un día caluroso como hoy, sería francamente poco caballeroso mostrarse y echar a perder su baño. No pasaba nada, si no lo pensaba demasiado.
Al parecer estaba compitiendo con su sobrino para coger las salamandras, comúnmente conocidas por estos lares como perros de agua. En los últimos años, las mujeres que conocía Nicholas se preocupaban de actividades más carnales, exponiendo sus encantos de forma muy practicada, y por lo general, ejecutado al ritmo de la música indecente de salón. Una sonrisa se posó en los labios y se movió hasta encontrarse un poco más cómodo. Estaba agotado de observar el goteo del suero de los quesos de su madre.


Fuera quien fuese, parecía un ángel. Un rayo de sol encendía sus cabellos de oro, convirtiéndolo en un halo alrededor de la corona de su cabeza. Tenía tan delicadamente blanca la piel, tan impecable como el marfil, en contraste con la piel morena india de su hermana. Sus rasgos faciales eran delicados y casi perfectos, excepto por su pequeña nariz, que se volvía tan respingona en su punta que se ahogaría en una fuerte tormenta. Decidió que le gustaba. Eso le daba una imagen de niña traviesa.


Su mirada bajó hasta la pequeña cintura y ella vadeó a través de las aguas poco profundas y se abalanzó a coger un perro de agua. Con poco entusiasmo, el pequeño Hunter se lanzó para alcanzar a su presa antes de que lo hiciese ella y la salpicó. Ella gritó y se tambaleó, riendo mientras se frotaba el agua de sus ojos.
—Es mío!— Hunter gritó.
—¡Está en mi pie! ¡Yo lo vi primero!
Hunter saltó triunfalmente a sus pies, sus manos morenas y pequeñas apretando los puños en torno a su resbaladiza captura.
—Ya estoy a la par—. Se interrumpió y frunció el ceño. —¿Cuántos me faltan?
—Tres—, dijo ella con una risita pícara.
—¡No, señor! ¡Estás engañándome!
—Presta atención a tu mamá durante las clases para que aprendas a contar, y entonces no seré capaz de hacerte trampas.


Sosteniendo el perro de agua amenazante en el aire, Hunter se abalanzó sobre ella. Con otro grito, que se derramó en el agua para escapar de él, su risa sonó como el cristal.
—¡No te atrevas, pequeño bribón! ¡Si me metes esa cosa en mis calzones, me voy a ahogar!
—¡Hunter Nicholas Rand!— Índigo llamó desde algún lugar fuera de la vista de Nicholas. —Si se te cae ese perro de agua en sus calzones, se lo diré a tu padre. ¿Y tus modales?


Sin demostrar temor, Hunter siguió con sus intenciones de coger a la chica. La rubia agarró la cintura de su ropa interior y huyó un poco más lejos para obtener seguridad fuera del alcance del crío. Ella tenía un cu/lo perfecto, con mejillas regordetas que movía lo suficiente como para encender la imaginación de un hombre y hacerle preguntarse cómo se sentiría de blanda si las apretase contra él.


Cuando se volvió hacia él de nuevo, podía ver el triángulo de oro entre sus muslos torneados. Levantó la mirada a sus pechos y, su boca hizo una mueca como si chupase un limón. Demasiado tarde, Nicholas empezó a preguntarse si haberse sentado aquí era una idea tan buena. Había pasado una temporada desde que había tenido una mujer, y de repente sintió que los pantalones vaqueros se apretaban y quedaban mas bien pequeños en su entrepierna. Ya había tenido bastante frustración observando el goteo del suero, pero eso por lo menos no le había producido este dolor. Y eso que odiaba apasionadamente el olor del queso fresco en la casa. Lástima que no podía decir lo mismo de los apretados pezones, como pequeños detalles que parecían rogarle por un beso.


Con la falta de capacidad de atención típica de un niño de cuatro años de edad, Hunter descubrió otro perro de agua y se fue hacia arriba para perseguirlo. El ángel, con la naricita respingada quedó extrañamente quieta. Nicholas arrastró su mirada hacia arriba de sus pechos y se encontró mirando a los más grande, más sorprendidos ojos verdes que había visto nunca. Ahora que llegó a pensar en ello, eran los únicos verdaderos ojos verdes que jamás había visto, no azul verdoso o gris, eran del color de la nueva primavera.


Ella abrió la boca y con sus manos cubrió sus pechos. Un instante después, se arrodilló en el agua para ocultar sus regiones inferiores. Nicholas miró, incapaz de pensar en nada que decir.Hola, tal vez, pero eso no parecía apropiado. Hola, que tal? Eso tampoco lo parecía. Se conformó con
—Seguro que es un asunto candente, ¿no?
Ella se hundió al oír el sonido de su voz, y se mojó su cara pequeña. Nicholas podría haber jurado que cada gota de sangre en su cuerpo subió a las mejillas, pero al contemplarla mejor, se dio cuenta que el color rosa estaba por todas partes. Moreno cómo era él, eso era un fenómeno digno de admiración. En las pocas ocasiones en su vida cuando se había criado se sonrojó, nadie más que él se había dado cuenta. Esta chica se iluminó como una linterna de prostíbulo.


Cuando ella se quedó en la misma posición congelada durante varios segundos, Nicholas empezó a sentirse avergonzado de sí mismo. La sensación se inició con un apretón sintiendo en su pecho que subía a la región de la garganta. Estimó que no estaba muy feliz de saber que tenía la compañía masculina cuando ella estaba vestida sólo con su camisola y calzones, tan empapadas que se podía ver a través. No podía culparla por ello.
—¿Nicholas Kelly? ¿Eres tú?
Índigo salió de detrás de un grupo de arbustos, acunando en sus brazos a su hija dormida, Amelia Rose. Índigo vestía sólo su camisola y calzones, así, pero teniendo en cuenta el hecho de que era su hermano, no se avergonzó y caminó hacia él en línea recta. Eso ocurrió unos segundos más tarde, cuando ella se dio cuanta de lo que él había estado haciendo allí escondido. Sus grandes ojos azules brillaron con fuego de plata.
—¡Nicholas Kelly Jonas, que vergüenza! ¿Qué estás haciendo, escondido ahí? ¿Espiarnos a nosotras? ¿ Mamá no te enseñó nunca modales?


Sí, mamá lo había hecho, aunque ahora Nicholas supuso que los había olvidado. Estaba empezando a sentirse como un zorrillo al acecho. Plenamente consciente de esos ojos verdes asustados aún clavados en él, se olvidó de sus costillas doloridas y se encogió de hombros. El movimiento le hizo una mueca de dolor. A su juicio, pensando en una mentira rápida, pero incluso con la práctica de siete años de prisión, permanecer quieto no vino pulido con él.
—Estaba aburrido—, admitió. —Cuando os oí a vosotras por aquí, no me imagine que os importara si me unía.
—No estaríamos así, si te hubieses unido a nosotras.— Índigo vino caminando por la orilla, con las piernas gráciles flexionándose bajo sus pololos. Le entregó en los brazos a su sobrina dormida—. Haz algo útil, mientras que yo encuentro la ropa de Miley—. A medida que se escabulló hacia abajo el banco, gritó, —¡Qué vergüenza, qué vergüenza! Te pido perdón, Miley. ¡Decir de él que es un cerebro de mono sería un cumplido!
¿Nicholas Kelly? Lo hizo sonar como un niño de diez años de edad. ¿Cerebro de mono? Nada mejor que una hermana para mantener a un hombre a raya. Había pasado un tiempo desde que alguien se había atrevido a llamarle con ese nombre.


Alisó el pelo rizado de Amelia Rose y trató de conseguir ponerla cómoda. A los dieciocho meses era una cosita dulce, un bebé regordete y rosa. Tenía el pelo de su padre, negro como el cuervo al igual que las pestañas, con los delicados rasgos de su mamá. Su camisita de encaje estaba húmeda de jugar en el arroyo. Para sujetarla mejor, pasó una mano sobre su trasero desnudo y sonrió. Ahora ya sabía dónde se había originado el dicho suave como el cu/lito de un bebé. Su piel se sentía como el terciopelo.
—¡Hola, tío Nicholas!— Hunter llegó penosamente del agua, su cuerpo era delgado y pequeño como el bronce reluciente mojado bajo el sol. Llevaba el mismo nombre que su abuelo, el chico parecía más comanche que blanco, su pelo negro y tan recto como una bala en un día sin viento—. ¿Quieres coger perros de agua?


Nicholas miró por encima de la cabeza del niño flotando para ver a Miley, el ángel de ojos verdes, tratando de meterse en el arroyo, sin ningún alarde de sus encantos. Puesto que ya había visto todo lo que había por ver, podría haberla salvado del problema pero pensó qué Índigo podría colgarlo del cuello si lo decía.
—Estoy todavía muy dolorido con las costillas para perseguir perros de agua, Hunter. Tal vez en otra ocasión.
—Ah, por favor. Jugar con las chicas no es nada divertido.


Nicholas pensó que dependía de cómo las chicas iban vestidas y a qué estuvieras jugando con ellas. Pero Hunter era, obviamente, demasiado joven para apreciar a una hembra, eso explicaba por qué su mamá y su amiga Miley se sentían libres para revolotear delante de él sin nada más que sus ropas íntimas.


Manteniendo la mirada cortésmente apartada de donde estaban las mujeres, Hunter Nicholas las vio regresar a la quebrada. En cuestión de segundos, el muchacho se recuperó de su decepción y se zambulló a capturar otro perro de agua. Cuando Nicholas por casualidad echó otro vistazo en dirección a las mujeres, Miley estaba de pie en el banco, con una blusa blanca, de manga larga, abrochada hasta el cuello, y una falda azul acampanada, ambas prendas se aferraban a su aun húmedo cuerpo. Todavía tenía las mejillas rosadas, e intentaba inútilmente colocar su despeinado cabello en un rodete sobre su cabeza.