martes, 20 de agosto de 2013

Magia en Ti - Cap: 20


Si se dieron cuenta Miley tiene 21 años
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Tal y como lo había hecho una vez al mes durante ocho años, Miley compro un pasaje en la diligencia el siguiente sábado por la mañana y se dirigió a su casa de visita. Aunque los caminos estaban en buen estado y se atravesaban con facilidad durante los meses de verano, el viaje era todavía largo y agotador, tomándola casi todo el día. Diez millas fuera de Grants Pass, había una cabaña de minero desierta, donde siempre se detenía para quitarse el polvo del camino y cambiarse de ropa. Cuando salió de la cabaña en ruinas, la Miley de Tierra de Jonas ya no existía. Francine Graham, una mujer joven con un vestido a la moda y bien peinada, había tomado su lugar. La cofia que ocultaba celosamente el rostro de Miley estaba guardada en el fondo de su bolso, junto con todos sus secretos.

Esta vez, no iba tan llena de alegría como de costumbre cuando iba a visitar a su familia. Nicholas Jonas había abierto viejas heridas dentro de ella y la obligó a mirar lo solitaria y sin sentido que era su vida. Pasar tiempo con él había reavivado el deseo en su interior, por aquellas cosas que hacía muchísimo tiempo que había perdido la esperanza de tener. Y ahora, el dolor en su interior no podía ser aplacado.

Mientras estuviese en casa, Miley trataría de desterrar a Nicholas de sus pensamientos, quería realmente hacerlo así, pero parecía que había removido muchos mas anhelos de los que realmente esperaba.
A la semana siguiente era el cumpleaños decimosexto de Alaina, y la chica apenas podía contener su emoción. Francine había llegado, ¿le traería un bonito regalo? La pregunta de su hermana llevó a la mente de Miley el vestido de encaje sobre su mesa de costura, y la forma en que Nicholas lo había estudiado.
Y así ocurrió.
Al mirar los rostros queridos de las personas de su familia, Miley se recordó a sí misma que su propósito en la vida ya se había decidido. No tenía opciones, y nunca los abandonaría. Nicholas Jonas era peligroso para ella. Y con intención o sin ella, también estaba siendo cruel. Por razones que no podía imaginar estaba tratando de hacerla creer que quería cortejarla. La idea, por sí misma, era absurda. Los hombres no hacían la corte a las pu/tas. Tampoco las respetaban. Cuando se enamoraban, lo hacían de mujeres castas, de mujeres buenas, mujeres puras. Nunca de prostitutas. Ella sería cien veces tonta si empezase a pensar que podría ser de otra manera.
Además, se regañó, aunque por algún extraño capricho del destino, Nicholas cayese enamorado, ella venía con una gran, realmente gran familia que mantener. La suma de dinero que se necesitaba cada mes para apoyar y atender todas sus necesidades especiales era alta y era imposible que un joven asumiese esa responsabilidad financiera. Sin duda, se necesitaría más que amor para convencerlo de que lo hiciese. Tendría que estar loco de remate.

Durante su visita a casa, Miley notó que su hermano Frankie, el mayor de los varones, la miraba en diferentes momentos con una mirada especulativa en los ojos. Ella no pudo evitar dejar de recordar la noche en que él y sus jóvenes amigos se habían presentado en el Lucky Nugget. Cuando pensaba en lo cerca que había llegado a ser descubierta, temblaba. ¿Frankie habría descubierto de alguna manera su relación con la pros/tituta de Tierra de Jonas?
Por momentos, Miley tuvo que morderse la lengua para no regañarlo. Sabía por qué él y sus amigos habían viajado tan lejos de casa para visitar un salón. Los muy pícaros. Aunque se dio cuenta que su hermano estaba llegando a la edad viril, ahora que ya había cumplido diecisiete años, ella quería castigarlo por buscar la compañía de una mujer fácil. Cierto que habiendo ido lejos de su pueblo, al menos trataba de ser discreto. Pero el hecho seguía siendo que había visitado Tierra de Jonas para comprar los servicios de una pros/tituta. Estimaba que aun era demasiado joven para esos asuntos, y que ahora que había ido una vez, no tardaría en intentarlo más veces.

A su madre se le rompería el corazón si lo supiera, y Miley no podía dejar de temer que esta forma de caminar por la vida, acabase estropeando la moral y el buen juicio de su hermano. Ella quería que Frankie fuese un buen hombre, temeroso de Dios, que viviese una vida limpia, no la clase de personas que visitaban los salones y visitaban a las prostitutas.
Por desgracia, Miley no podía enfrentarse a su hermano acerca de su transgresión, sin exponerse.

***
Cuando Miley regresó a Tierra de Jonas el lunes por la noche, se detuvo en la habitación de May Belle y encontró a su amiga llorando. Alarmada, dio un paso dentro del dormitorio y cerró la puerta tras de sí.
—May Belle, ¿qué tienes? ¿Qué ha pasado?
Claramente avergonzada por haber sido sorprendida en un momento de debilidad, May Belle escondió su hinchada cara cubierta de lágrimas en la almohada. Sus hombros se sacudieron con un sollozo.
Preocupada, Mileyse sentó en el borde de la cama y tocó ligeramente el pelo cobrizo de su amiga.
 —¿Hay algo que pueda hacer?— preguntó con suavidad.
—Sí—, fue la respuesta ahogada de May Belle. —Si puedes meter algo de sentido común en esta cabeza hueca a mi edad.
Miley palmeó el hombro de la mujer.
—Oh, vamos. No conozco una sola alma con más sentido común del que tú tienes.
—Últimamente no es así.
Con un fuerte suspiro, May Belle rodó sobre su costado. Ahora que su avanzada edad le impedía trabajar entreteniendo señores, ya no se pintaba la cara.
Miley pensó que estaba mucho más bonita sin el maquillaje pesado. Las líneas de su piel eran menos visibles, y su tez color de rosa natural, tenía un brillo saludable que el polvo de arroz había escondido.
—Oh, Miley—, susurró con voz temblorosa. —Tantas veces como te he advertido en contra de ello, nunca vas a creer que yo he ido y lo he hecho.
Miley, perpleja, trataba de pensar qué podría ser a lo que su amiga se refería.
—Me he enamorado—, espetó May Belle.
Por un instante, Miley se sintió alegre. Aparte de su madre, no había ninguna mujer en la tierra más amable o digna de amar que May Belle, y el mayor deseo de Miley era de verla encontrar paz y felicidad en sus años de retiro. ¿Pero un hombre? Jubiladas o no, los intereses amorosos eran peligrosos para una pros/tituta.
May Belle siempre había cuidado de Miley y le había enseñado muchísimo; había sido muy franca con ella, la había dado fe, y la había enseñado a defenderse. La chica de su oficio que daba a un hombre su corazón estaba pidiendo a gritos problemas, por lo general más de lo que podían manejar.
Hace años, May Belle se había enamorado de un jugador y creyó en sus promesas de un anillo de bodas, una cabaña y una cerca blanca. Había comenzado a viajar con él. Una noche, cuando el jugador tuvo una racha de mala suerte, vendió los favores de May Belle a unos extraños en el salón para pagar sus pérdidas. Reformada y resuelta a seguir siéndolo, May Belle había protestado y se había negado a ello. En represalia, el jugador la golpeó hasta casi darla por muerta y la dejó atrás, abandonada, sin dinero y sin nadie que la atendiese mientras se recuperaba del abuso. May Belle había vuelto a ser obligada a prostituirse para sobrevivir, y con el tiempo había terminado aquí en Tierra de Jonas, más sabia por haber soportado aquél revés. En todos los años transcurridos desde entonces, nunca se había permitido a sí misma enamorarse de otro hombre, y con frecuencia advertía a Miley en contra de ello.
—¿Quién es él?— le preguntó Miley.
—Shorty. —  Dijo May Belle tristemente.

Miley casi se rió. ¿Shorty? El viejo minero era la cosa más lejana a un Romeo que podía imaginarse; bajito, barrigón, y le faltaba más de la mitad de los dientes. Escondida bajo su disfraz de trabajo, Miley se había aventurado a la planta baja del salón un par de veces y había visto que Shorty estaba allí. Siempre había sido educado y amable con ella, y ella sabía que era un buen amigo de Índigo. ¿Pero la clase de hombre del que enamoras? Ni de lejos.
—Oh, sé que él no parece gran cosa—, admitió May Belle. —Pero cuando llegas a mi edad, cariño, la apariencia de un hombre no es lo que importa. Tiene un gran corazón, y la forma en que me trata, — se le quebró la voz. — Me hace sentir como si yo fuera alguien especial, ¿sabes?
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—No soy tan tonta como para tragarme ese anzuelo otra vez. Ese es el problema.
A pesar de sus apariencias, el viejo Shorty no le pareció a Miley como el tipo de hombre que puede usar y abusar de una mujer, y después a continuación, abandonarla. Cuando ella le contó a May Belle lo que sentía, la mujer  soltó un resoplido de burla.
—Al final, cariño, todo son de ese tipo. Por lo menos cuando se trata de chicas como nosotras. He sido una pros/tituta durante más de la mitad de mi vida, y estar jubilada no lo cambia. Incluso alguien como Shorty, puede eventualmente recuperar su sentido y recordarlo. No quiero estar enredada con él cuando esto suceda. Me ha pedido que me casara con él. ¿Puedes creerlo? Dice que vamos a construir una casa muy pequeña en alguna parte a lo largo de la quebrada, que me va a plantar rosales trepadores a lo largo del porche, y podremos sentarnos ahí la noche de verano y escuchar cantar a los grillos.
—Suena bonito,— susurró Miley con nostalgia.
—Sí, y mientras durase, probablemente lo sería. Pero tarde o temprano, de una manera u otra, le saldrá el perdedor.
Miley no podía pensar en nada que decir. Después de un momento, murmuró:
—Tal vez a él no le importa lo que hiciste para ganarte la vida, May Belle. Tal vez…
—Es raro el hombre al que no le importa—, espetó la mujer mayor. —Podrán afirmar que no les importa, pero al final siempre se vuelve en tu contra. Cuando seguí trabajando, me acostumbre a esconder el dinero para construir un nido seguro para mí misma. Si me casase con él, él podría tomar mi dinero y decirme que me largase silbando  Dixie. Ya no soy tan tonta.

Tampoco Miley. Existía un paralelismo entre los problemas de May Belle con Shorty y el suyo propio con Nicholas. Si ella era inteligente,  tomaría las advertencias de la mujer mayor con el corazón y no creería, ni por un segundo, que Nicholas Jonas podría tener un interés sincero por ella. Una vez pu/ta, siempre pu/ta. Sólo un milagro podría cambiar eso, y Dios seguramente tenía cosas mucho más importantes que hacer que salvar prostitutas.

Con la conversación con May Belle todavía fresca en su mente, Miley se alegró cuando Nicholas se presentó en su puerta esa misma noche antes de que oscureciese. Su llamada con golpes rápidos le dijo quién era. Ninguno de sus otros clientes venían antes de que el sol estuviese completamente escondido, por un lado, y nunca anunciaban su llegada. Estaba en contra de las reglas fijadas.
Envalentonada por las advertencias de May Belle, Miley dejo entrar a Nicholas  luego se volvió a abrir el cajón superior de su cómoda, extrayendo los cien dólares en oro que le había previamente pagado. Las monedas estaban ocultas dentro de un pañuelo de encaje filo, y supo por su expresión, que no tenía idea de lo que había dentro hasta que se lo puso en la mano.

Evitando su mirada azul intenso, Miley le rodeó para abrir la puerta y le indicó con un gesto, que saliese.
—No quiero tu dinero—, le informó cortésmente pero con firmeza. —No lo gané, y no acepto caridad. Ahora, si eres tan amable de dejarme, tengo que vestirme  para mi turno.
—Miley, ¿podemos hablar un momento?

Su tono de voz suave, dulce, halagüeña, le hizo temer que enfriaría su propósito de alejarlo. Él estaba echando abajo todas las murallas protectoras levantadas con cuidado detrás de las cuales había estado escondiéndose tantos años. De este modo, había estado rompiendo el aislamiento que mantuvo entre ella y la realidad. Cuando él la miraba a los ojos, se sentía desnuda en una forma que  nunca se había sentido con otro hombre, pero sabiendo que él no tenía ninguna intención de utilizar su cuerpo. Él quería algo más, y ella no tenía nada más para dar. Estaba tratando de hacerla creer en sueños imposibles. Si  bajaba la guardia, al final la destruiría.
—Quiero que te vayas—, insistió. —Los hombres no me pagan por hablar, y es así cómo yo lo quiero, porque no soy muy buena en eso. Ellos quieren una cosa cuando vienen a verme, y eso es todo lo que estoy interesada en dar. —Hizo un gesto hacia el signo con el letrero, que era visible con la puerta abierta.— De ahora en adelante, cumplirá con mis reglas, Sr. Jonas. Nada de venir a mi umbral antes de oscurecer. Ninguna luz, ninguna conversación, ni tampoco un cliente toda la noche. Aunque se que es bienintencionado, no le puedo permitir monopolizar todo mi tiempo, puedo perder todos mis otros clientes, y no puede permitirse el lujo de hacer eso.
—Miley, yo…
—¡Adelante!— dijo estridentemente. —Empiece una gran pelea y hágame perder mi trabajo. Puedo ganarme la vida como pu/ta en cualquier lugar. En el camino, encontraré otra ciudad, otro saloon, otra habitación a la espera de alguien como yo. Si tengo que salir de aquí, no será agradable, pero no será el fin del mundo. Tengo un poco de dinero guardado para mantenerme hasta que pueda encontrar otro trabajo.

Un brillo familiar se instaló en sus ojos azul oscuro. Un músculo se contrajo a lo largo de su mandíbula, pulsando con cada uno de los latidos de su corazón.
—Está bien—, dijo de manera uniforme.
Miley se sobresaltó cuando él golpeó el paquete de dinero sobre la mesa. Aflojando los nudos en el pañuelo, sacó una moneda de oro de diez dólares y la dejó a un lado.
—Según las reglas,— dijo en voz baja, indicando con un gesto de la cabeza hacia el cartel. —Voy a tomar de ti lo que pueda conseguir.
Miley sintió como si se congelase por dentro, apretando la mano en el pomo de la puerta.
—Yo no empiezo mi turno hasta el anochecer—, le recordó, —y como puede ver, no estoy completamente lista para el trabajo todavía.
Miró a su rostro, que carecía de maquillaje, y luego miró hacia abajo a su bata de seda.
—Que vas a hacer. No me gusta tu pelo almidonado, de todos modos.
Con eso, cerró la distancia entre ellos con pasos lentos y medidos. Después de mover de un tirón el cartel para que se leyese ocupado, apretó  sus fuertes dedos sobre la mano con la que ella sostenía el pomo de la puerta. Con una presión constante pero suave, separó los dedos de ella y empujó la puerta hasta cerrarla.
Sosteniéndole la mirada con sus ojos relucientes,  ojos azules de medianoche, le susurró:
—¿Supongo que trabajas en la cama?
Antes de que Miley adivinase lo que pensaba hacer, se inclinó hacia ella, cogiéndola con brazos de acero por la parte posterior de las rodillas y los hombros.
Ella abrió la boca cuando la tomó contra su pecho. Por la forma en que sus dientes estaban apretados,  sabía que sus nervios estaban gritando de dolor.
—¿Qué estás..?— Ella empujó inútilmente a sus hombros. —Suéltame en este instante.
—Estamos hablando—, le recordó-. —Eso va contra las reglas. ¿Recuerdas?
—¡Suéltame!— repitió con furia.

Magia en Ti - Cap: 19


Acercando la cabeza, Nicholas buscó su dulce boca, con toda la intención de besarla. Pero justo antes de que sus labios la tocaran, la miró a los  ojos y no vio nada. Así de rápido, un solo toque, y Miley ya no estaba allí con él. Se quedó inmóvil, sintiendo como si alguien lo hubiese golpeado con un puño en sus entrañas.
—Miley—, susurró.
Alzó la cara de ella ligeramente y estudió su expresión, sorprendido por la experta que  era en separarse de la realidad en el mismo momento en que se sentía amenazada.

Su barbilla se levantaba con facilidad en sus manos. Debajo de la mano que mantenía en la cintura, no sentía la tensión. Nicholas sabía que podría despojarla de su ropa, ponerla  sobre la hierba, y hacer todo lo que deseara a su hermoso cuerpo. No iba a resistirse. Él dudaba que siquiera fuese ahora consciente de quien era él. Pero quería más de ella que satisfacer su ansia física y su lujuria.
—Háblame de las imágenes oníricas que ves—, le susurró con voz ronca. —¿A dónde estás ahora?
Ella no respondió, por lo que Nicholas reiteró la petición en voz más alta. Ella parpadeó  alterando su respiración, cómo si saliese de un sueño profundo.
—¿Perdón?
—Ahora mismo—, repitió, —¿Qué estabas imaginando?
Sus ojos se clavaron en los suyos, desconcertados y brillando bajo la luz de la luna. Qué hermosos ojos, pensó. Se podría perder en ellos para siempre.
—¿Qué tipo de cosas sueñas?— le preguntó de nuevo.
—Yo… No sé lo que quieres decir.
Ella sabía exactamente lo que quería decir, y él lo sabía.
—Te escapas a tu mundo de sueños. Índigo se lo comentó a Jake, y Jake me lo dijo. Es tu forma de sobrevivir a las noches, ¿no? ¿Así es cómo consigues vivir sabiéndote utilizada por los hombres que visitan tu habitación?

Trató de girar y poner distancia, pero Nicholas estaba preparado para eso y la mantuvo controlada. A medida que aumentó la presión sobre la barbilla, su boca se apretó tentadoramente. Anhelaba probar esos labios para poner su propia marca sobre ellos, para reclamarla de forma que nadie lo pudiese negar. Pero quería que ella fuese consciente de su presencia cuando lo hiciera, no en algún lugar perdida entre sus malditas ensoñaciones.
—No puedes escapar de todo tan fácilmente—, le dijo.
Mirando hacia él, Miley sabía que su advertencia era de doble filo, que no sólo estaba diciéndole que no podía escapar de sus manos, pero sobre todo que no iba a dejar que escapase a sus ensueños.

Alto, moreno, delgado y fuerte, llenó su visión, sus anchos hombros, los brazos tensos para anticiparse por si ella hiciese algún movimiento brusco. Eso por sí solo era suficiente para alarmarla. El brillo de determinación que vio en sus ojos, aún más. Nicholas Jonas no era un hombre que hiciese algo a medias, y cuando él tenía una mujer, la poseía por completo. Su expresión le dijo con más claridad que las palabras, que había decidido que la quería.

El pulso de Miley se aceleró. En su pánico, pensó en una docena de planes para escapar, pero los iba descartando todos como absurdos. No podía correr más rápido que el hombre, e incluso si pudiera hacerlo, no tenía más que un lugar para ir, el saloon. Él simplemente la seguiría. En su habitación, estaban sobre la mesa los cincuenta dólares en oro, el precio que había pagado por una noche en su compañía. Podía pasar el tiempo con él aquí, o con el riesgo de tener que pasar con él el resto de la noche en su cama. Normalmente esto último no lo habría encontrado alarmante, pero sintió que Nicholas iba a exigir su atención, mientras se uniera a ella físicamente. No podría escapar a los sueños, no podría separarse de la realidad cuando las manos de este hombre reclamasen su cuerpo.
Él rozó ligeramente con el pulgar sobre de los labios entreabiertos, como si midiese la rápida inhalación y expulsión de aire. Podía sentir su pulso golpeando por debajo de los dedos que mantenía debajo de su mandíbula. Los signos de su miedo no se le escaparon, aunque al final él cambió su expresión de escrutadora a ligeramente divertida.

La soltó tan de repente que la sorprendió con la guardia baja, luego él se volvió hacia el árbol. Temblorosa, Miley se abrazó a su propia cintura y vio que él sacaba el cuchillo de la vaina en la cadera. La hoja del arma brillaba como  plata azulada bajo la luz de la luna cuando lo llevó hasta la corteza del árbol. Con movimientos rápidos de su fuerte muñeca, quitó pedazos de corteza. Mirando desde detrás de él, Miley sintió que las lágrimas comenzaban a acumularse detrás de sus párpados, cuando vio cómo su nombre tomó forma.
Era tan tonto. Sabía que lo era. Sin embargo, tener su nombre tallado en un árbol por un chico había sido una de las cosas que había perdido cuando era niña y hacía tiempo que había aceptado que nunca llegaría a pasar. Sin darse cuenta, Nicholas estaba cumpliendo su sueño. Excepto, por supuesto, que las muescas de su nombre que estaba haciendo sobre la corteza que estarían solas. Ningún hombre en su sano juicio podría vincular su nombre con el suyo, en un viejo árbol, o en cualquier otro lugar.
Miley, incrédula, vio como Nicholas acabó con su nombre y comenzó a tallar otro debajo de ella. Una C fue rápidamente seguida por una H. En el momento en que terminó y comenzó a tallar el corazón para rodear los nombres de ambos, ella estaba temblando. Cuando finalmente se enderezó y le sonrió, estaba convencida que estaba burlándose de ella.

Miley, la pu/ta a la que nunca amó nadie.
Todo huyó de su mente racional, y reaccionó instintivamente y corrió. A medida que cortaba a través del bosque iluminado por la luna, oyó a Nicholas,  su tono de voz sonaba inconfundiblemente desconcertado, gritando su nombre. No quiso detenerse o disminuir su velocidad por temor a que pudiera alcanzarla. Casi estaba en el saloon antes de darse cuenta que él no la perseguía. Con sus largas piernas, no habría habido ninguna competencia, la habría cogido, y ella lo sabía.

A solas en el bosque, Nicholas siguió con la mirada a Miley, confuso, sin saber qué había hecho para ofenderla. ¿Tallar sus nombres en el árbol? Por supuesto que no.
Él había querido hacer un símbolo de los sentimientos que estaba desarrollando por ella, no insultarla. Sin embargo, así fue como ella había actuado, como si la hubiera humillado de alguna manera.
Paciencia, él mismo se advirtió. Tenía que ser paciente. Podría ser una buena idea si él se echara atrás por unos días y le diese un respiro.
Tan repugnante como era el pensamiento de que volviera a trabajar por las noches en su habitación, también sabía que tenía que moverse más lentamente con ella. No podía esperar que se rindiese durante la segunda noche.
Tal vez si le diese algo de tiempo para pensar las cosas,  sería más receptiva la próxima vez que fuese a verla.

viernes, 9 de agosto de 2013

Magia en Ti - Cap: 18


Con una voz fuerte, dijo:
—Agradezco la oferta, Nicholas, pero hay razones por las que no puedo aceptar.
Él la miró durante un largo rato.
 —¿Qué razones? Tal vez yo pueda ayudarte.
—No. Tal vez lo intentarías. Sin embargo, algunas dificultades no pueden ser resueltas.—
—Mi familia no es como la mayoría. Sabes que Índigo estaría allí para ti. Y mis padres son exactamente como ella. Entre ellos y yo, de alguna manera podremos arreglar tus problemas.
Eso habría costado una fortuna, por no mencionar que se necesitaría un milagro.
—Mis problemas son un poco peor que los de la mayoría, me temo.
—Cuéntamelos.
Se veía tan serio que por primera vez en nueve años, se sintió tentada. Pero el sentido común regresó antes que cediese a la tentación. Incluso con la mejor de las intenciones, Nicholas accidentalmente podría repetir algo que ella le dijese. Si la verdad de su identidad se hiciese de conocimiento público, sería desastroso. Además, podría causar daños irreversibles, incluso si la gente sospechara  quién era realmente. Grants Pass, su ciudad natal, no estaba lo suficiente lejos para proporcionar protección. Mientras ella anduviese con cuidado, podría ir salvando la situación, pero si bajaba la guardia, no estaba lo suficiente lejos de su pueblo para garantizar que no habría chismes en su contra. Había demasiada gente que amaba, que podría herir seriamente.
—Por favor, no me malinterpretes—, dijo ella con voz temblorosa. —Siempre estaré agradecida por haberte ofrecido a ayudarme.— Ella esbozó una sonrisa. —He tenido ofertas antes por supuesto, pero siempre atándome las manos. Tú eres el primer hombre que no quiere algo de mí a cambio.
Tenía la boca apretada.
 —Eso no es exactamente cierto. Hay algo que quiero a cambio.
—Oh.
Hizo una mueca.
—No es nada de lo que estás pensando. Y no es que eso significa que no te encuentre muy atractiva.  Es sólo que,— Él tomó una respiración profunda.—Me gustaría ayudarte a empezar de nuevo sin nada de eso. ¿Me entiendes? Sin obligaciones, sin nada sucio. Así como un amigo. Siento que tengo que hacerlo, para mi es necesario.

Miley frunció ligeramente el ceño.
—¿Necesario? Me temo que no lo entiendo.
Se rascó la nariz y miró a su copa de vino. En la oscuridad, Miley sabía que él no podía ver nada, que estaba centrado en el contenido de la copa sólo porque se encontró mirando algo que le inquietaba.
—Una vez, hace mucho tiempo, podría haber ayudado a alguien, pero al final le di la espalda y no lo hice. Desde que me encontré contigo, me he dado cuenta de lo equivocado que estaba.—  Por fin levantó la mirada.— No puedo volver atrás y cambiar el pasado. Sólo puedo seguir adelante… Pero si pudiese ayudarte, tal vez por lo menos, pudiera dejar de sentirme culpable.
—Ya veo.
—Probablemente no. Es una pobre explicación, lo sé. Pero es lo mejor que puedo darte.
—Si el rescate de una paloma mancillada es tu plan, me temo que has elegido a la mujer equivocada. Ya no hay solución para mí. En muchos años,— Ella agitó la mano. —Espero que con el tiempo mis circunstancias puedan llegar a ser un poco más manejables, tal vez entonces, podré elegir otro medio de ganarme la vida, pero hasta entonces, no tengo más remedio que seguir haciendo lo que hago.
—Todo el mundo tiene una opción, Miley.
—No,— dijo simplemente. —Algunas de nosotras no lo tenemos.
Su frustración era evidente en su expresión.
—Esto ha sido encantador—, le dijo. —Pero ahora creo que debería volver. Si me acompañas, voy a devolverte los cincuenta dólares. Todavía queda un montón de noche para que yo pueda  compensar el tiempo perdido.
—Me estás poniendo entre la espada y la pared, con esto. No puedo dejarte en este infierno. Si no puedo sacarte de allí de una manera, lo haré de otra.
—Es posible que necesites un cartucho de dinamita y varias palancas—, dijo a la ligera.
Él negó con la cabeza.
—No voy a llevarte de vuelta. Estoy decidido.
Un brillo de determinación estaba de vuelta en sus ojos. Él iba en serio, se dio cuenta. Pase lo que pase, tenía la intención de sacarla de allí. Si lo hubiera sido cualquier otro hombre, Miley podría haberse reído de la situación. Pero desde el principio había sentido Nicholas del Lobo tenía un lado peligroso. Él no era un hombre que se pudiese tomar a la ligera, y tuvo la sensación de que rara vez dejaba de cumplir con algo que él se propusiese a hacer.
—Si tengo que hacerlo, voy a tomar ejemplo de mi padre y voy a secuestrarte—, dijo en broma.

A pesar de la ligereza de su voz, Miley no podía descartar la amenaza. Como todo el mundo en la ciudad, ella había oído los rumores acerca de Nicholas Jonas. Él era un rebelde, no hay duda de eso. Si decidiese secuestrar a una mujer, probablemente lo haría, y el diablo se llevase las consecuencias. No sería la primera vez que había desafiado a la autoridad.

Algo en la expresión de ella, le debió hacer notar lo que pasaba ahora por la mente de la chica, él suavizó.
—No empieces a sentir miedo de mí de nuevo, Miley. Soy inofensivo, de verdad.
De acero envuelto en terciopelo, pensó. Él no era exactamente lo que ella llamaría inofensivo. Tiró el resto de su vino de lejos y guardó su copa en la canasta. Cuando se levantó, dijo,
—Realmente es hora de volver.
Esperaba que él discutiese. En su lugar, se puso de pie, dejó su copa y la botella dentro de la canasta, y luego la ayudó a doblar la manta.

Acercándose para doblarla mientras igualaban los bordes de la tela, Miley rozó accidentalmente sus nudillos contra los de él. El contacto la electrificó, y ella levantó la vista para encontrarse con sus ojos, no pudo mirar hacia otro lado. Por un momento horrible pensó que podía darle un beso. Y lo peor era que ella lo quería. Tanto que le dolía.
No había duda; Nicholas Jonas era peligroso.


Mucho tiempo después que Nicholas escoltase a Miley de nuevo al saloon y se fuese a casa a buscar su propia cama, yacía despierto recordando la expresión de incredulidad de sus ojos cuando ella se dio cuenta que no tenía intención de acompañarla al piso de arriba de nuevo para cobrarse el valor de su dinero en la forma tradicional,  haciendo el amor con ella.
No es que creyera por un momento que Miley pensara en el acto sexual como hacer el amor. En realidad no pensaba en ello en absoluto.
Una sonrisa triste se asentó en su boca al recordar su sitio para la costura, separado y escondido del resto de la habitación por un biombo. Miley, con su verdadero yo amurallado y escondido de las miradas indiscretas.

Una pregunta daba vueltas en la cabeza de Nicholas  ¿Por qué? ¿Qué cadena de acontecimientos habían llevado a Miley a su vida presente, y qué le impedía dejarlo detrás? Recordó la caprichosa cara de payaso que había bordado en la almohada, el vestido de encaje sobre su mesa de costura, la colección de bocetos y arte floral sobre sus paredes, y su muy leída Biblia, dejada abierta en la historia de María Magdalena. Una mujer joven como ella no pertenecía al Lucky Nugget. Ella debería haberse casado y bordado cojines para sus propios bebés. Debería tener el amor de un hombre, protegiéndola y proveyendo para ella.

Cerrando los ojos, Nicholas trató de imaginarse a sí mismo llenando ese papel, y la imagen se formó en su mente con demasiada facilidad. Las imágenes lo llenaron de un sentido de rectitud y de alegría. Recordando sus aparentemente inocentes ojos verdes y la forma en la boca con hoyuelos en las esquinas cuando arrancó le una sonrisa, no podía evitar la sensación de que sus pasos lo habían estado conduciendo hacia esta niña toda su vida.
Loco, muy loco. ¿O no? Según su padre, cada uno tenía su propio destino personal, un propósito que nació para cumplir, y hasta que lo encontrara, vagaba por la vida, buscando siempre, nunca satisfecho. Nicholas había experimentado esa sensación, pero ahora que había tropezado con Miley, se había ido.

Tal vez estaba destinado por la suerte, a ser el hombre que la sacase de sus actuales circunstancias para darle el hogar que se merecía.
El anhelo en su interior para hacer precisamente eso era innegable, y cuando el sueño lo atrapó, una pequeña semilla de  determinación encontró un terreno fértil. Durante el curso de la noche, mientras dormía, esa semilla echó raíces, y por la mañana cuando despertó, estaba lleno de nuevos propósito. Inmediatamente después de abrir los ojos, comenzó a planear su estrategia.

Esa noche, en el momento en que oscureció, se dirigió de nuevo al Lucky Nugget con otros cincuenta dólares en la mano. En menos de  treinta minutos,  había sacado a Miley del saloon para ir a caminar con ella bajo la luz de la luna otra vez.
—¿Estamos volviendo a los columpios?— preguntó un poco nerviosa.
—Esta noche no.— Al mirar hacia ella, Nicholas no podía dejar de notar la forma en que se mordía el labio inferior, y sonrió a pesar de todo. —No te preocupes, Miley. Gus sabe que saliste de la cantina en mi compañía. Mi trasero va a ser pasto de los tiburones, si te pasa algo.
Ella sacudió la cabeza.
—No es eso. Después de anoche, estoy convencida de que eres inofensivo.
—¿Soy inofensivo?— No pudo resistir burlarse de ella. —Nunca le digas a un hombre que es inofensivo. Se podría proponer demostrarte que te equivocas del todo. Digno de confianza, tal vez.
Ella hizo un pequeño sonido de exasperación.
—Esto no es cosa de risa.
—¿El qué?
—Toda esta situación.
—¿De que situación estás hablando?
—De que pagas una cantidad descabellada de dinero dos noches seguidas para monopolizar mi tiempo. No puedes seguir haciendo esto, ya lo sabes.
—¿Haciendo qué?
Su voz se elevó una octava.
—Perder tu dinero de esta manera.
—¿Me verías de forma gratuita?
Ella puso los ojos en blanco.
—Tengo que ganarme la vida.
—Entonces voy a seguir perdiendo mi dinero. No es que crea que lo estoy desperdiciando.
—A este ritmo, pronto irás a la quiebra.
A pesar de la agudeza de su tono de voz, Nicholas vio la auténtica preocupación en sus ojos. No podía dejar de recordar cómo había estado convencido de que ella era una buscona. ¿Cómo se había equivocado tanto?.
—¿Por qué no dejas que yo me preocupe por mi dinero?—, le dijo con suavidad. —No voy a gastar más de lo que pueda pagar.

En verdad, hasta el último centavo que Nicholas tenía en el banco tenía ya un destino, y si tuviera la intención de alcanzar sus metas a tiempo, no podía permitirse gastar mucho más en ver a Miley. Sin embargo, según la forma en que lo mirase, era una cuestión de prioridades. Él ya tenía una extensión importante de terreno maderero, y si no podía permitirse el lujo de comprar más inmediatamente,  todavía era joven. Miley lo necesitaba ahora.
Perdido en sus pensamientos, Nicholas tomó nota que estaba nerviosa, retorciéndose las manos, un hábito que encontró entrañable porque era algo que su madre solía hacer cuando estaba molesta. Fue un gesto puramente femenino, pensó, que transmitía la ansiedad mucho más elocuentemente que las palabras.

Se inclinó un poco hacia adelante para verle la cara mientras caminaban.
—Un centavo por tus pensamientos.
—No puedes permitirte el lujo de darme un centavo por ellos.
Nicholas se echó a reír a pesar de todo. Luego se puso serio porque podía ver que ella estaba realmente apenada.
—Miley, no me gastaría el dinero si no me sobrase.
—Nadie tiene que tanto dinero para perderlo así.— Ella se detuvo y respiró hondo. —Debemos tener una charla sobre este tema, Nicholas.
—Está bien. Así que hablemos.
—He sido amiga de Índigo por muchos años. Lo sé todo acerca de tus aspiraciones de ser un magnate maderero algún día.
—¿Y?
Levantó las manos.
—¿Y? Si vas a gastarte dinero a manos llenas conmigo, nunca lograrás tus metas. Sé que debes centrarte en ahorrar. Has trabajado muy duro por cada centavo de ese dinero, y yo no quiero ser responsable de que te lo gastes frívolamente.
—Lo tendré en cuenta.
—Entonces, llévame a mi habitación. Voy a devolverte los cincuenta dólares que me diste esta noche, y podrás parar esta locura antes que hayas perdido tu dinero para nada.—
—¿Para nada?
—Sea lo que sea que quieras de mí, no puedo dártelo. ¿No lo ves? ¡Me traes aquí, me empujas en el columpio anoche y me coges de la mano! Y esta noche, me llevas a dar un paseo bajo la luna. —Se tocó la garganta, con la mirada fija en uno de los botones de su camisa.— ¿Qué sentido tiene esto? Te estás comportando como si fuésemos. . . como si me estuvieses cortejando.
—¿Y qué hay de malo en eso?
—No hay futuro en esto, por un lado. Y por el otro, ¿por qué un hombre va a querer eso de mí? Búscate una chica agradable, Nicholas. Llévala a pasear bajo la luna. No te costará ni un centavo.
—Tal vez yo no quiero estar con otra chica.
—Eso es una tontería.— Con un evidente esfuerzo, alzó los ojos hacia él. Por su expresión, él sabía lo que le costó  decir lo que soltó a continuación. —Soy una… una pros/tituta. Cepillarme el almidón de mi cabello y lavarme la cara no cambia eso. No sé por qué estás haciendo esto, pero sea cual sea la razón, es inútil. Yo soy lo que soy, y nunca podré cambiar.
—¿Por qué no?
—Simplemente no puedo, eso es todo. Si tienes alguna idea loca de salvarme de mí misma y cambiar mi vida, olvídate. Soy una causa perdida.
—Miley, nadie es una causa perdida—. Mientras decía estas palabras, Nicholas se dio cuenta de cuán sinceramente las quería decir. —Y siempre hay una salida. Para ti, tal vez soy yo. Por qué no me das una oportunidad, ¿eh?
—No.— Ella le dio un movimiento enfático con la cabeza. —No quiero volver a verte. Lo digo en serio. Llévame al Saloon, recupera tu dinero, y olvídate de mi.
Nicholas la tomó del brazo y la guió de vuelta para seguir andando.
 —Hemos venido aquí a dar un paseo, y eso estamos haciendo.
Con un suspiro de cansancio, presionó el dorso de la muñeca a la frente.
—Está bien, está bien. Pero no me digas después que no te lo advertí. No hay futuro en esto, nada de lo que digas o de lo que hagas puede cambiar eso.
—Está bien. No hay futuro. Pero tenemos esta noche y, todas las que pueda pagar hasta que se acabe mi dinero.
—Estás loco.
—Probablemente. Pero es mi dinero, y lo puedo gastar en lo que me de la gana.

Nicholas la llevó a uno de sus lugares favoritos a lo largo de los bajíos del Creek. Un viejo gran roble nudoso crecía allí, sus ramas cargadas dejaban pasar  fragmentados rayos de  luz de luna, por lo que la hierba verde que yacía debajo de él, parecían  perlas esparcidas sobre el terciopelo. En vez de sentarse a su lado en el banco, Miley se mantuvo de pie y se apoyó contra el tronco de un árbol, con las manos remilgadamente dobladas y manteniéndolas tensas alrededor de la cintura. Se quedó mirando fijamente al agua, que pasaba gorgoteando, dando a Nicholas la extraña sensación de que estaba con él sólo en cuerpo.
Decidió que le permitiría escapar de él de aquella manera por un par de minutos, ya que  sentía lo verdaderamente molesta que estaba. En cierto modo, su ataque de conciencia le hizo gracia. Ella tomaba el dinero de los hombres casi todas las noches de su vida, pero se resistió a coger el suyo. Supuso que debía de sentir que este no era un intercambio justo, pero la forma en que él lo veía, era mucho más equitativo que de la otra manera que ella ganaba su dinero. No había nada correcto sobre una mujer que reducía su vida a vender su cuerpo a los hombres a cambio de unas monedas. Nada correcto para él, y nada justo.
Después de varios minutos, Nicholas rompió el silencio.
—Es una hermosa noche, ¿no? Me encanta el sonido del viento en los árboles. Mi padre dice que es Dios susurrando su sabiduría, y que si uno escucha las palabras, se pondrá de manifiesto.
Ella no respondió, y Nicholas se volvió para mirarla. 

La vaga expresión de su rostro le dijo que se había sumergido en las imágenes que él no podía ver. Esto lo enfureció tanto como le entristeció; lo primero, porque no podía separarse de él tan fácilmente, y lo segundo, porque ella parecía sentir que era necesario. No era una amenaza para ella. Al menos no en la forma habitual.
La idea dio que pensar a Nicholas  y comenzó a preguntarse si tal vez no amenazaba a Miley de otras maneras que no podía comprender. Se puso en pie y lentamente se acercó a ella. No parecía darse cuenta de sus movimientos. Se paró ante ella, estuvo a punto de levantarle la barbilla con la mano y entonces lo pensó mejor. No podría forzarla hacia la realidad con un toque. En la oscuridad de su cuarto tenía que soportar mucho más y con éxito, bloqueándose de esta manera.
—¿Qué edad tienes, Miley?
Algo brilló en sus ojos y Nicholas sonrió levemente. Para responder a las preguntas directas, había que pensar.
—Yuujuuu. ¿Cuántos años tienes?
La vacuidad se deslizó lentamente por su expresión, y se centró en él, mirándole ligeramente irritada.
—¿Cuántos te parecen?
—Cerca de dieciséis años.
Arrugó la nariz.
 —Yo nunca he tenido dieciséis años. Fui de los trece hasta los noventa sin cumpleaños por el medio.
Nicholas tuvo la horrible sensación que realmente tenía razón.
—¿Y antes, cuando tenías trece años?
Su boca se torció en una sonrisa triste.
—Yo era una niña que todavía creía en los cuentos de hadas.
Sintiéndose un poco mareado, Nicholas tragó hondo. ¿Qué clase de hombres podían saciar su lujuria en el cuerpo de una niña? ¿Qué clase de mundo permitía que los inocentes fuesen las víctimas?
—¿Que pasó, Miley? ¿Me lo puedes decir? Ayer por la noche mencionaste a tu padre moribundo, que te quedaste huérfana. ¿No había nadie que te ayudase? ¿El hambre te obligo a este oficio?
—No, no me estaba muriendo de hambre—, dijo con voz hueca. —Supongo que si hubiera sido así, ¿entonces podrías perdonarme? ¿Encontrar justificable lo que hice?

Había muchísima amargura en la pregunta. Nicholas no había tenido la intención de sonar crítico.
—No te estoy condenando, Miley, trataba de aprender más sobre ti.
Se apartó del árbol.
—No hay nada que aprender. No tengo pasado—. Después de poner cierta distancia entre ellos se volvió hacia él y contempló el tronco del árbol que se alzaba detrás. El deseo inequívoco en su expresión atrapó su corazón. Él sabía que ella había visto las iniciales que habían talladas en la corteza del árbol, hechas por jóvenes amantes a través de los años.
Este punto a lo largo de Shallows Creek era el lugar favorito para citarse, lo había sido durante décadas y probablemente siempre lo sería. A medida que contemplaba los muchos corazones y flechas de Cupido que habían sido talladas por entusiastas jóvenes amantes, agregó, con voz dura, extraña y sin expresión,
—No hay pasado, ni futuro.

Eso era realmente la forma en que ella lo veía, se dio cuenta. No se trataba de histrionismo bien ensayado, en un intento por ganarse su simpatía. Atraído por ella, Nicholas acortó el espacio entre ellos con pasos medidos, no del todo seguro de lo que pensaba hacer cuando la alcanzase. Sólo sabía que había un anhelo en sus ojos que no podía ignorar. Cuando él se acercaba a donde estaba parada, se dio cuenta de dos cosas: que era de estatura más diminuta de lo que se había dado cuenta, y que la cercanía la ponía nerviosa e inestable.
Nicholas, sonrió un poco cuando tomó en la mano su pequeña barbilla. ¿Una pros/tituta cuya boca se estremecía cuando un hombre la acorralaba? ¡Qué enigma era! No debería haber nada acerca de los hombres que pudiese asustarla, sin embargo, tenía la sensación de verdaderamente estaba alarmada.
Esa boca. Tenía la forma perfecta, el labio superior delicado, grabado en un arco, el inferior y completo, lleno, del color de los pétalos, de rosa pálido, que se despliegan con  la más suave caricia de la luz del sol. Era el tipo de boca que un hombre fantaseaba y anhelaba degustar. De pie con lo cerca que estaba, las puntas de sus pechos le rozaron la camisa, y podía sentir su calor a través de las capas de lino con las que se vendaba sus costillas. Sin renunciar al control de la barbilla, puso su otra mano en la cintura de la chica.

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hace mucho que no subia de esta pero fue por falta d tiempo, prometo subir mas seguido