lunes, 17 de octubre de 2011

Undress for me cap: 12


Lisa estaba en el porche con una taza de café en la mano cuando me crucé en su camino. La primera vez que la vi estaba tras el cañón de una pistola de paintball. Tardé tres semanas en ganarme su confianza, y aún me mostraba algo de aprensión. Pero, como aparentemente veía a todo el mundo de ese modo, no me lo tomaba como algo personal.

Su trabajo era provocativo y sensual de un modo que resultaba casi violento. En su pasión no había tranquilidad. Saqué el proyecto de su nueva exposición del asiento trasero del coche y la saludé con la mano. Asintió brevemente en mi dirección y volvió al interior de la casa.
Entré y la descubrí en la cocina, sirviéndome una taza de café. La acepté y coloqué el tubo del proyecto en la mesa de su cocina.
—Tienes cara de no haber dormido.
Lisa se encogió de hombros y se sentó a la mesa.
—Los sueños son peores en verano. No sé porqué.

Aparte de su truculento divorcio, sabía muy poco sobre ella. Pero lo sabía todo sobre los sueños, al menos sobre los míos. Me pregunté si sus sueños la enfermaban de rabia y miedo, ¿Vagaría por su casa comprobando ventanas y puertas? Lisa era un misterio en muchos sentidos, y una parte de mí quería sacarle todo el dolor y desecharlo lejos de ella. Aun así, sabía que algunas personas usan el dolor como combustible. Como combustible para la pasión, la rabia, y la vida. ¿Qué sería de Lisa sin su dolor?
Me senté y saqué los planos del proyecto del tubo.
—Tengo al equipo de constructores esperando para empezar a trabajar en el espacio de la exposición. Quería asegurarme de que te gusta todo, antes de empezar.
Se inclinó sobre los planos y los estudió cuidadosamente. Después de un par de minutos, asintió.
—Es bueno. Me gusta el modo en el que fluye el espacio... —Hizo una pausa, y después asintió. —Tengo una pieza que es perfecta para el centro. Será la obra más importante de la exposición.
—Perfecto —Me eché hacia atrás en la silla y fruncí el ceño ante el café que me había dado. —Deberías saber que Milton ha decidido usarte contra mí.
—La política laboral apesta —se sentó. —Estoy contenta contigo y con la galería Holman. Y estoy dispuesta a colaborar en lo que sea que tengas que hacer en los próximos meses para asegurarte tu puesto de trabajo.
—Te lo agradezco.
—Pero no puedo prometerte que no vaya a liarla.
—Lo sé.
—Además, es divertido contrariar a un tipo como Milton Storey —Sonrió de oreja a oreja, y chasqueó la lengua. Supongo que voy a tener que comprar más munición para mi pistola de paintball.
—Que Dios nos ayude —Sonreí tras mi taza de café. No iba a animarla a actuar, pero tampoco iba a decirle lo que tenía que hacer.
—Me he enterado de que estás posando para Liam Hemsworth.
*******. Esperaba poder evitar hablar de él.
—Sí, ¿cómo lo has sabido?
—Me llamó esta mañana, por un cargamento de palo de rosa que compramos juntos la semana pasada. Liam es tan amable que me avisa cuando los repartidores van a pasar por aquí —Me miró y se rió. —Es muy atractivo, ¿no crees?
—Supongo —Me encogí de hombros. Liam era tan guapo como puede llegar a serlo un hombre, y ella lo sabía.
—Además tiene mucho talento. Hay pocos artistas que puedan captar la esencia de alguien como tú, Miley. Me muero de ganas de ver el resultado.

—Su exposición se inaugurará tres semanas después de la tuya, y ocupará toda la planta alta del ala norte —Lisa se levantó, se acercó a la cafetera y rellenó su taza. —¿Puedo hacer algo más por ti?
—No, creo que al final voy a dormir un poco. ¿Quieres ver lo que he hecho hasta ahora con la pieza principal de la exposición?
Me levanté y asentí.
—Por supuesto.
La seguí por la puerta trasera de la casa, a través del pequeño patio, hasta el cobertizo que usaba como estudio. Una enorme escultura de bronce se levantaba en el centro. Sus líneas femeninas me golpearon inmediatamente. Gritaba dolor y caos emocional. Miré a Lisa un momento, perturbada por la honesta y fiera emoción que emanaba la escultura. La silueta femenina estaba arrodillada, protegiéndose la cabeza de una amenaza invisible.
—Es maravillosa —Tenía una belleza cruel.

Queriendo huir de ella desesperadamente, cerré los ojos un momento. Sin querer hacerlo, pero sin poder evitarlo tampoco, me concentré en la escultura de nuevo, y tragué un duro nudo de angustia.
—Gracias.
—Lisa, ¿estás segura de que quieres que se exhiba al público?
Busqué su mirada, y encontré el dolor de la escultura en sus ojos.
—Sí.
Asentí y dejé que mis ojos vagaran sobre la obra una vez más.
—¿Cómo la llamarás?
—"Punto crucial".
Asentí de nuevo, y me aclaré la garganta.
—Tienes razón. Será perfecta como obra principal —Comprobé mi reloj, consciente de que estaba buscando una vía de escape. —Tengo una cita dentro de una hora, será mejor que vuelva.
Lisa chasqueó la lengua.
—Un día, Miley, tendrás que liberarte de esa coraza que te has creado.
La miré.
—¿A qué te refieres?
—Amas el arte. Pero aun así, te sientes avergonzada e incómoda por los sentimientos que provoca en ti —Inclinó la cabeza. —¿Por qué escondes tu pasión?
No tenía respuesta para esa pregunta. Suspiré, dejé que mis ojos se posaran en la escultura por última vez, y después salí del cobertizo. Lisa no me siguió, y yo no lo esperaba. La escultora era una de esas personas que entienden el valor de la privacidad personal. Valoraba la suya tanto como sabía, innatamente, cuando otra persona se sentía invadida, y necesitaba estar a solas

Durante el camino de vuelta a la ciudad apagué la radio. O el ruido era demasiado estimulante, o yo estaba hipersensible. Cuando volví a la galería ya había pasado la hora de comer, y me quedaban solo diez minutos para prepararme para la reunión con la junta de dirección, que había sido programada haría casi un mes. Me apresuré a través de la galería y subí las escaleras que llevaban a la zona de administración.
Jane estaba esperándome allí, junto a las escaleras, con una galleta con trocitos de chocolate, una taza de café y mi agenda para la reunión. Cogí la galleta mientras me seguía por la zona de trabajo hasta la enorme sala de reunión. Dos miembros de la junta ya estaban allí.
—Recuérdale al señor Storey la reunión, Jane.
Jane asintió después de colocar mi café sobre la mesa.
—Por supuesto.
James Brooks, el presidente de la junta de dirección de la galería, estaba sentado frente a mí, al otro lado de la mesa, mirando mi galleta.
—No voy a darte un trozo.
Se rió.
—Tienes suerte de que me gusten las mujeres tacañas. Aquello era verdad. Su ex-mujer era tan agarrada con el dinero que podría haber hecho que Abe Lincoln se levantara de la tumba pidiendo un poco de alivio. 

Se habían divorciado de modo amistoso hacia más de un año. Bajé la mirada y sonreí a Cecilia. A menudo me preguntaba cómo se las habían arreglado para continuar siendo tan jodidamente amigos. Dividí la galleta por la mitad, y le ofrecí un trozo de buena voluntad. El muy malvado la cogió inmediatamente. Mordisqueé mi mitad, y le eché un vistazo a la agenda.
—¿Ya has leído el contrato final de Liam Hemsworth, James? —pregunté esperando no parecer demasiado petulante.
—Oh, sí. Estamos muy satisfechos con el contrato. El señor Jonas raramente ofrece sus obras fuera de su propia galería.
No tenía opción. Su galería no puede acoger su nueva exposición. Diez de las veintidós piezas que ya tiene pesanmás de cien kilos —Me terminé la galleta, y cogí mi café. —¿Te has enterado del resto?
—Oh, sí —James sonrió mientras la puerta se abría y los otros tres miembros de la junta entraban, seguidos por Milton. —Estoy ansioso por ver lo que hace.
Sí, yo también estaba ansiosa. Miré la mesa, e intenté no pensar en que mi jefe y el resto de gente con quien había trabajado iban a ver mi culo desnudo e inmortalizado en alabastro. Era una puta pesadilla.

La junta de dirección de la galería Holman estaba compuesta por cinco personas: James Brooks, Cecilia Marks, la doctora Natalie Monroe, su marido, Cari Monroe, y Victor Ford. Podía contar con los dedos de una mano el número de veces que los tres últimos habían hablado. En secreto, los llamaba el Trío Silencioso. Honestamente, nunca he sabido si estaban demasiado aburridos para responder, o si es que se comunicaban telepáticamente. 

Quizá estaban planeando dominar el mundo.
No tuve que preguntarme demasiado tiempo qué era lo que Milton iba a decir a la junta. Justo cuando se sentó, comenzó a hablar.
—Como sabéis, la señorita Rothell firmó con Liam Hemsworth ayer —Los miembros asintieron. Me eché hacia atrás en la silla, y esperé el resto. —Además, ha acordado posar para él desnuda. Considero que esto es inapropiado. Además, considero que el trabajo del señor Hemsworth es demasiado crudo para la galería Holman.

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