sábado, 27 de agosto de 2011

The έναν εξαπατώντας σύζυγο cap: 28

La apartó de su lado, mientras Miley trataba de asumir sus palabras. Liam le había dado un ultimátum, se dijo mientras le observaba dirigirse al baño. 


Le había dicho que ya había pagado su infidelidad. Le había dicho, en definitiva, que tenía que volver a confiar en él o tendría que olvidarse de sus relaciones sexuales.

No podía creerlo, no podía creer cómo se las había arreglado Liam para darle la vuelta a las cosas. Parecía ser ella la que tenía que hacer concesiones si quería que tuvieran una relación normal en el futuro.

El resentimiento se apoderó de ella, aunque se preguntó si Liam no tenía razón y ella tendría que aceptarlo tal como era, con sus culpas, si quería salvar su matrimonio. Pero aquello sólo añadió confusión a sus pensamientos.
Seguía buscando una respuesta cuando sucedió algo que hizo que olvidara todos sus problemas.
Los mellizos desaparecieron.



******


Miley se dijo a sí misma en el momento en que se dio cuenta de que se habían ido. La semana había transcurrido con una tensión insoportable. Liam se comportó de un modo frío y distante, sin preocuparse de ocultar su enfado con Miley, así que, todos suspiraron aliviados cuando se marchó a Manchester por un par de días.

Pero no se trataba sólo de eso. Era Semana Santa y los niños estaban de vacaciones, así que pasaban todo el día en casa. Su excitación ante el inminente cambio de casa no ayudaba a que Miley estuviera tranquila. Muchas veces se entrometían en su trabajo y ella no tenía la paciencia suficiente. Acabó por darles algunos cachetes que no merecían.

Estaba cansada de guardar cosas en cajas cuando oyó el teléfono. Profirió un juramento y se dirigió a contestarlo, pero dejó de sonar.
Volvió a su tarea sin dejar de maldecir.
Todavía estaba jurando entre dientes, cuando los mellizos entraron en la habitación.
-Era papá -dijo Lucas con el semblante muy serio.

No había olvidado la bronca que le echara Miley por tirar su zumo de naranja sobre el suelo de la cocina. Para Liam había sido una injusticia, porque lo había tirado cuando lo tomó para William, de modo que su intención había sido ayudar a su madre, pero Miley vio el pequeño accidente y perdió los nervios.


-Ha dicho que te diga que está volviendo de Manchester -dijo el pequeño con frialdad- Y que primero irá a la oficina, así que llegará tarde.
«Al cuerno con él», pensó Miley. Que se quedara en su oficina mientras ella se encargaba de la mudanza. «¿Haciendo el papel de mártir, Miley?», oyó que le decía la voz de Liam en el interior de su cabeza.
-Le dije que viniera a jugar con nosotros -intervino Marie.
-y supongo que él colgó enseguida, muerto de miedo-dijo Miley con sarcasmo.

Los mellizos no fueron ajenos a la crudeza de aquella expresión. Marie se puso roja de ira.
-¡No, no dijo eso! -exclamó- ¡Dijo que prefería jugar con nosotros a trabajar! ¡Y tú no eres una buena mamá! 


Miley vio que a Marie se le llenaban los ojos de lágrimas antes de salir corriendo de la habitación y bajar las escaleras como un rayo seguida de Lucas.
Suspirando, apoyó una mano sobre su vientre hinchado y la otra en la frente. Reconociendo que, probablemente, merecía las palabras de Marie, se dirigió al piso de abajo. Los mellizos la ignoraron, fingiendo estar concentrados en la televisión.

Levantó a William del suelo, donde había estado jugando alegremente con su juego de construcción y miró a Marie y a Lucas, con la esperanza de que le devolvieran la mirada para poder decirles que lo sentía. Pero pensó que, tal vez, aquello aumentaría su irritación y salió del salón con el pequeño.

Una hora más tarde estaba a punto de volverse loca.
Los buscó por todas partes, pero los mellizos habían desaparecido de la faz de la Tierra. Fue en coche hasta el parque, pensando que podrían estar en los columpios. Fue a la casa de la madre de Liam, sabiendo que Anne estaba fuera visitando a unos amigos, pero pensando que los mellizos no lo sabrían y que habrían podido dirigirse allí. 



Inspeccionó la casa de arriba abajo por dos veces, buscó en el jardín, y llegó a llamar a la nueva casa pensando que podrían haber ido hasta allí de alguna manera. Pero no había sido así. Se disponía a llamar a la policía cuando sonó el teléfono.
Contestó al instante. Estaba temblando de tal manera que le costaba apoyar el auricular en la oreja. -¿Señora Hemsworth?
-Sí -respondió con un susurro.
-Señora Hemsworth, soy la secretaria de su marido ...
Le dio un vuelco el corazón. -¿Está Liam ahí? -preguntó.
-No, todavía no ha llegado -respondió la mujer-
Pero sus hijos acaban de aparecer preguntando por él y he pensado que ...
-¿Están ahí?
-Sí -dijo la secretaria amablemente, dándose cuenta de la preocupación de Miley-. Sí, están aquí.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó Miley, tapándose la boca con la mano, conteniendo un torrente de lágrimas- ¿Están bien?
-Sí, están bien.



Miley se sentó en la escalera, invadida por una sensación de alivio. Pero se puso en pie casi al instante. -¿Puede decirles que se queden ahí, por favor?-dijo casi en un susurro- Voy enseguida, voy enseguida ...

Colgó el teléfono, profirió una pequeña risa nerviosa y se apresuró a preparar a William.
Miley llegó al edificio de Hemsworth Holdings justo cuando finalizaba la hora de descanso para comer. 



El moderno vestíbulo estaba repleto de gente que volvía a sus respectivas oficinas.
Tenía las mejillas sonrosadas por el sofoco de la prisa y, en su expresión, se veía que había sufrido un gran disgusto. Iba vestida con un pantalón blanco ajustado, que se ponía para estar en casa, y con una camisa vieja de Liam. Se detuvo en la entrada y miró con asombro a su alrededor.

No podía ver a los niños. Sintió una punzada en el corazón y avanzó hacia el mostrador de recepción que había al otro lado del amplio vestíbulo, donde una chica coqueteaba con un joven que estaba apoyado en su mesa.
-Perdóneme -dijo Miley sin aliento- Soy Miley Hemsworth. Mis hijos. Yo ...
-¡Señora Hemsworth! -exclamó la chica, poniéndose en pie y observando a Miley como si no pudiera creer lo que veía. 



Miley no la culpaba, sabía que su aspecto era horrible. Pero no la importaba, lo único que quería era ver a Lucas y a Marie, necesitaba verlos.
-Mis hijos -repitió--. ¿Dónde están? -preguntó sin darse cuenta de que la exclamación de la recepcionista se había oído en todo el vestíbulo y todo el mundo la estaba mirando.
-Oh, el señor Hemsworth ha llegado hace diez minutos -le dijo la chica- Los ha llevado a su despacho y ha dicho que usted ...
-La acompañaré a su despacho, si quiere -dijo el Joven.
Miley lo miró distraídamente y asintió.
,-Gracias -susurró y lo siguió a los ascensores, demasiado turbada para darse cuenta de las miradas curiosas.

El ascensor los llevó muchos pisos más arriba y los dejó en una planta cuyo suelo estaba cubierto por una gruesa moqueta gris que amortiguaba el sonido de sus pasos. Se acercaron a un par de puertas de color gris mate. Miley aminoró el paso, sintiéndose extraña, débil. El joven golpeó la puerta con los nudillos, esperó unos instantes y abrió. Luego se apartó para dejar paso a Miley.

Miley se detuvo en el umbral y miró a Liam con cautela. Estaba apoyado en una gran mesa de despacho, con los brazos cruzados. Los niños estaban sentados, muy juntos, en un gran sofá de cuero. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Dejó a William en el suelo, tragó saliva y exclamó:
-¡Oh, Lucas, Marie!
y se desmayó al instante.

Cuando volvió en sí, estaba echada en el sofá y tenía algo frío y húmedo sobre la frente. Cuatro rostros con reconocible parecido entre ellos la miraban con preocupación. Sonrió débilmente y recibió cuatro sonrisas en respuesta.

Liam estaba de rodillas a su lado y agarraba a William con un brazo. Con una mano, agarraba la de Miley. Lucas y Marie estaban a su lado, cada uno apoyado en uno de los hombros de su padre. Era una imagen muy dulce y deseó tener papel y lápiz para poder inmortalizada.
-¿Cómo estás? -le preguntó Liam.

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